—¿Una solución temporal?
Repetí aquellas palabras en voz baja.
Durante tres años, había convertido la mansión de la familia Gu en un hogar.
Había aprendido sus horarios.
Sus gustos.
Sus silencios.
Había memorizado qué medicina debía tomar cuando le dolía el estómago, qué temperatura debía tener su café y qué corbata prefería usar en las reuniones importantes.
Mientras él expandía su imperio empresarial, yo había enterrado mi propia vida entre las paredes de aquella casa.
Y al final, para él, solo había sido una solución temporal.
Miré el acuerdo de divorcio.
Diez millones de yuanes.
Una mansión.
Una cifra que parecía generosa para cualquiera que no supiera lo que yo había abandonado por aquel matrimonio.
Levanté el documento y lo rompí por la mitad.
Los ojos de Gu Chenzhou se oscurecieron.
—Lin Wan.
—No necesito tu dinero.
Tomé un bolígrafo, firmé la última página y empujé el acuerdo hacia él.
—Tampoco necesito tu casa.
—Me llevaré únicamente lo que traje cuando llegué.
Su expresión cambió por primera vez.
Quizá esperaba lágrimas.
Súplicas.
Amenazas.
No esperaba que aceptara con tanta rapidez.
—Piénsalo bien —dijo con frialdad—. Una vez que salgas de esta puerta, no podrás regresar.
Lo miré fijamente.
—Gu Chenzhou, aunque me lo suplicaras, jamás regresaría.
Aquella misma tarde abandoné la mansión con una sola maleta.
No toqué los diez millones.
No reclamé propiedades.
No pedí compensación.
Dos semanas después, recibí un correo electrónico del profesor William Carter.
La beca de Harvard a la que había renunciado tres años antes había vuelto a abrir una plaza excepcional.
El profesor recordaba mi investigación.
Todavía estaba dispuesto a recomendarme.
Compré un billete de avión esa misma noche.
Solo después de llegar a Boston descubrí que estaba embarazada.
El médico señaló dos pequeños puntos en la pantalla.
—Son gemelos.
Me quedé inmóvil.
No sabía si llorar o reír.
Durante horas sostuve el informe médico entre las manos.
Pensé en llamar a Gu Chenzhou.
Incluso marqué su número.
Pero antes de pulsar el botón, apareció una noticia en mi teléfono.
El presidente del Grupo Gu había sido fotografiado entrando en una clínica privada con Shen Yuxin.
El titular decía que estaban preparando su boda.
Apagué la pantalla.
Y nunca hice aquella llamada.
Seis años después, frente al Aeropuerto Internacional de Pudong, el mismo Rolls-Royce negro esperaba para llevarme ante él.
Miré a Zhang Heng.
—No subiré a ese coche.
—Doctora Lin, no depende de usted.
En cuanto terminó de hablar, los dos guardaespaldas avanzaron.
Lin An dio un paso al frente.
Su pequeño cuerpo se colocó delante de su hermana.
—No toquen a mi mamá.
Habló en mandarín con un ligero acento extranjero, pero su tono era sorprendentemente firme.
Uno de los guardaespaldas extendió la mano hacia mi maleta.
Antes de que pudiera tocarla, una voz masculina resonó detrás de nosotros.
—Inténtelo.
Todos se volvieron.
Un hombre alto, vestido con una gabardina gris, caminaba hacia nosotros acompañado por varios miembros de seguridad del aeropuerto.
Era el profesor Zhou Ming.
Director del Instituto Nacional de Investigación Biomédica.
También era la persona que había organizado mi regreso al país.
—Doctora Lin es una investigadora invitada por nuestro instituto —dijo con frialdad—. Su seguridad está bajo nuestra responsabilidad.
Zhang Heng entrecerró los ojos.
—Profesor Zhou, esto es un asunto privado de la familia Gu.
—La doctora Lin no pertenece a la familia Gu.
—Y estos niños tampoco.
La atmósfera se volvió tensa.
Zhang Heng sacó su teléfono.
—Entonces tendré que informar al presidente Gu.
—Hágalo.
El profesor Zhou no mostró miedo.
—Y dígale que, si vuelve a bloquear a una investigadora extranjera en un aeropuerto internacional, presentaré una denuncia formal.
Por primera vez, Zhang Heng vaciló.
Aproveché aquel instante para tomar a mis hijos y caminar hacia la salida.
Sin embargo, cuando pasamos junto al Rolls-Royce, la puerta trasera se abrió.
Un hombre descendió lentamente.
Traje negro.
Rostro frío.
Una presencia tan dominante que incluso el ruido del aeropuerto pareció apagarse a su alrededor.
Gu Chenzhou.
Seis años habían añadido dureza a sus facciones.
Pero sus ojos seguían siendo los mismos.
Profundos.
Inaccesibles.
Capaces de convertir una mirada en una orden.
Primero me miró a mí.
Después su atención cayó sobre Lin An.
Su rostro se tensó.
Lin An era casi una copia de él cuando era niño.
Las mismas cejas.
La misma nariz recta.
Incluso la misma forma de fruncir los labios cuando estaba molesto.
Gu Chenzhou dio un paso adelante.
—Lin Wan.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Una vieja herida se abrió en mi pecho.
Pero no retrocedí.
—Presidente Gu.
La distancia de aquel tratamiento hizo que sus ojos se oscurecieran.
—Sube al coche.
—No.
—Tenemos que hablar.
—No tenemos nada de qué hablar.
Su mirada se dirigió hacia los niños.
—¿Son míos?
Lin Yi se escondió detrás de mí.
Lin An mantuvo la cabeza alta.
—No le hable así a mi madre.
Gu Chenzhou lo observó durante varios segundos.
Por primera vez, vi algo parecido a una grieta en su expresión.
—¿Cómo te llamas?
—Lin An.
—¿Cuántos años tienes?
—Seis.
Los dedos de Gu Chenzhou se cerraron lentamente.
Hizo un cálculo silencioso.
Después me miró.
—Nacieron ocho meses después del divorcio.
No respondí.
No era necesario.
La verdad estaba escrita en el rostro de Lin An.
Gu Chenzhou avanzó otro paso.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Solté una risa amarga.
—¿Cuándo?
—¿Mientras acompañabas a Shen Yuxin en la clínica?
—¿Durante los preparativos de vuestra boda?
—¿O después de decirme que yo solo había sido una solución temporal?
Su mandíbula se endureció.
—Nunca me casé con ella.
Aquello me sorprendió.
Pero solo durante un instante.
—No me importa.
—Debería importarte.
—No.
Lo interrumpí.
—Lo que hiciste seis años atrás dejó de ser importante el día en que firmé el divorcio.
Gu Chenzhou me agarró de la muñeca.
—Los niños son de la familia Gu.
El profesor Zhou dio un paso adelante, pero levanté la mano para detenerlo.
Miré los dedos de Gu Chenzhou alrededor de mi piel.
—Suéltame.
—Primero respóndeme.
—No son propiedad de nadie.
Mi voz se volvió helada.
—Son mis hijos.
—Yo los llevé durante el embarazo.
—Yo los crié cuando tenían fiebre.
—Yo estuve con ellos cuando aprendieron a caminar, a hablar y a escribir sus nombres.
—Tú no estabas.
Su agarre se aflojó.
Pero no me soltó por completo.
—No sabía que existían.
—Porque nunca quisiste saber nada de mí después del divorcio.
Aquella frase lo dejó inmóvil.
Zhang Heng se acercó y le entregó una carpeta.
—Presidente Gu, ya hemos verificado las fechas.
Gu Chenzhou la abrió.
Dentro estaban los certificados de nacimiento de los niños, mis registros de entrada al extranjero y varios informes médicos.
Levantó lentamente la mirada.
—Ya lo sabías.
Miré a Zhang Heng.
—¿Desde cuándo me investigan?
El asistente guardó silencio.
Gu Chenzhou cerró la carpeta.
—Desde hace tres meses.
Sentí que la sangre me subía a la cabeza.
—¿Tres meses?
—Cuando aceptaste la invitación del Instituto Nacional, tu nombre apareció en un informe de cooperación.
—Entonces revisé tu vida en Estados Unidos.
—¿Y decidiste tenderme una trampa en el aeropuerto?
—Decidí recuperar lo que me pertenece.
Aquella frase destruyó la última calma que me quedaba.
Le di una bofetada.
El sonido seco resonó frente al vehículo.
Los guardaespaldas se quedaron paralizados.
Zhang Heng bajó la mirada.
Incluso el profesor Zhou pareció sorprendido.
Gu Chenzhou giró ligeramente el rostro.
Una marca roja apareció en su mejilla.
—Tus hijos no te pertenecen —dije—. Yo tampoco.
Él volvió lentamente la cabeza.
No había furia en sus ojos.
Había algo más peligroso.
Determinación.
—Eso lo decidirá un tribunal.
Mi corazón se contrajo.
—¿Quieres demandarme?
—Solicitaré una prueba de paternidad y la custodia.
Lin Yi empezó a llorar.
—Mamá, no quiero ir con él.
Me agaché de inmediato y la abracé.
Lin An rodeó los hombros de su hermana.
Gu Chenzhou observó la escena.
Por un instante, su rostro perdió toda frialdad.
—No voy a separarlos de ti.
Levanté la cabeza.
—Entonces deja de amenazarme.
—Quiero que vuelvan a la familia Gu.
—No existe ninguna familia Gu para nosotros.
Algo oscuro atravesó sus ojos.
—Puede volver a existir.
Entendí lo que quería decir.
Me incorporé lentamente.
—No sueñes.
—No regresaré contigo.
—Aunque utilizases todo el poder de Yuncheng, no volvería a convertirme en la mujer que abandonó su futuro para esperarte en casa.
Gu Chenzhou permaneció en silencio.
Después miró el equipaje que llevaba conmigo.
—El coche te llevará al instituto.
—No necesito tu ayuda.
—No es una ayuda.
Hizo una pausa.
—Tu alojamiento fue cancelado esta mañana.
Lo miré con incredulidad.
El profesor Zhou sacó inmediatamente su teléfono.
Después de unos segundos, su expresión cambió.
—La residencia temporal de la doctora Lin acaba de informar que hay una supuesta avería estructural.
Gu Chenzhou no apartó los ojos de mí.
—También se canceló el vehículo que debía recogerla.
Apreté los puños.
—¿Fuiste tú?
—Quería asegurarme de que tuvieras tiempo para escucharme.
—Esto es coacción.
—Llámalo como quieras.
Abrió la puerta del coche.
—Sube.
Miré a mis hijos.
Habían viajado durante más de catorce horas.
Lin Yi tenía el rostro pálido por el cansancio.
Lin An intentaba parecer fuerte, pero apenas podía mantener los ojos abiertos.
No podía arrastrarlos a una discusión interminable en medio del aeropuerto.
—Solo iremos a un hotel.
—De acuerdo.
—Tú no vendrás con nosotros.
—Eso no puedo prometerlo.
Lo miré con frialdad.
—Entonces buscaré otra solución.
Gu Chenzhou sostuvo mi mirada durante varios segundos.
Finalmente se apartó.
—Zhang Heng los llevará.
Subimos al vehículo.
Yo me senté entre los niños.
Antes de cerrar la puerta, Gu Chenzhou se inclinó hacia mí.
—Esta noche hablarás conmigo.
—No.
—Entonces mañana recibirás la notificación del tribunal.
La puerta se cerró.
Mientras el coche se alejaba, vi su figura inmóvil a través de la ventana.
Seis años atrás, él había sido quien se marchó sin mirar atrás.
Esta vez era yo.
Pero sabía que aquello no era una victoria.
Era el comienzo de una guerra.
El hotel al que nos llevaron pertenecía al Grupo Gu.
La suite ocupaba casi toda la planta superior.
Había ropa infantil preparada en los armarios.
Juguetes.
Libros.
Incluso dos habitaciones decoradas exactamente con los colores favoritos de Lin An y Lin Yi.
Sentí un escalofrío.
No había improvisado nada.
Gu Chenzhou llevaba meses preparando nuestro regreso.
Sobre la mesa encontré dos carpetas.
Una contenía información de las mejores escuelas privadas de Yuncheng.
La otra llevaba mi nombre.
Dentro había una oferta para crear un laboratorio biomédico financiado por el Grupo Gu.
Presupuesto ilimitado.
Equipo internacional.
Autonomía completa.
Y una condición.
Debía permanecer en Yuncheng durante al menos cinco años.
En la última página había una nota escrita a mano.
Esta vez no tendrás que renunciar a tu futuro.
Cerré la carpeta de golpe.
A las nueve de la noche llamaron a la puerta.
Gu Chenzhou entró sin esperar permiso.
Se había cambiado de ropa.
La marca de mi bofetada todavía era visible en su rostro.
Los niños ya dormían.
Me interpuse frente al pasillo.
—No te acerques a ellos.
—Solo quiero verlos.
—No tienes derecho.
—La prueba de ADN dirá lo contrario.
—La sangre no te convierte en padre.
Sus ojos se oscurecieron.
—Entonces dime qué debo hacer para convertirme en uno.
Aquella pregunta me dejó sin palabras.
Esperaba amenazas.
Órdenes.
No aquello.
—Es demasiado tarde.
—No para ellos.
—Sí para mí.
Gu Chenzhou apretó los labios.
—Lin Wan, durante seis años creí que habías desaparecido porque querías castigarme.
—Qué arrogante.
—No desaparecí por ti.
—Me fui para salvarme.
Su expresión se volvió rígida.
Continué:
—En Harvard trabajé embarazada hasta que no podía mantenerme en pie.
—Di a luz sin ningún familiar a mi lado.
—Cuidé a dos bebés mientras completaba mi investigación.
—Hubo noches en las que no tenía suficiente dinero para pagar una niñera y dormía sentada frente a sus cunas.
Cada palabra parecía golpearlo.
—Y aun así —dije—, jamás pensé en volver contigo.
Gu Chenzhou bajó la voz.
—Podrías haberme llamado.
—¿Para qué?
—Para que asumiera mi responsabilidad.
—Tú ya habías elegido a la persona que te necesitaba.
El silencio cayó entre nosotros.
Después de unos segundos, él dijo:
—Shen Yuxin nunca tuvo una recaída aquella noche.
Lo miré.
—¿Qué?
—Mintió.
—Cuando llegué al hospital, descubrí que solo había tenido una crisis de ansiedad.
—Entonces ¿por qué no regresaste?
Su garganta se movió.
Por primera vez, Gu Chenzhou pareció incapaz de encontrar una respuesta.
—Porque discutimos.
—Me dijo que, si volvía contigo, se haría daño.
Mi rostro se enfrió.
—Así que decidiste divorciarte de mí.
—Creí que ella estaba gravemente enferma.
—Y yo era prescindible.
—No.
Su voz se volvió más profunda.
—Fui un cobarde.
Aquella confesión llegó seis años demasiado tarde.
—Eso no cambia nada.
Gu Chenzhou sacó algo del bolsillo interior de su chaqueta.
Era un sobre amarillento.
Reconocí inmediatamente el sello de Harvard.
Mi antigua carta de beca.
La que creí haber perdido antes de nuestro matrimonio.
—¿Dónde encontraste eso?
—En la caja fuerte de mi madre.
Sentí que el aire desaparecía de la habitación.
—Ella la ocultó.
—¿Por qué?
—Porque pensaba que, si te marchabas al extranjero, yo no me casaría contigo.
Mis dedos comenzaron a temblar.
Durante años había creído que aquella beca simplemente había expirado porque yo no respondí a tiempo.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde hace cuatro meses.
—¿Y ahora esperas que crea que todo fue culpa de tu madre y de Shen Yuxin?
—No.
Dejó la carta sobre la mesa.
—Ellas manipularon algunas cosas.
—Pero fui yo quien eligió no escucharte.
—Fui yo quien firmó el divorcio.
—Y fui yo quien te dejó marchar.
Lo miré fijamente.
Aquel hombre jamás pedía perdón.
Ni siquiera cuando se equivocaba.
Pero ahora había algo roto en su mirada.
—Lin Wan.
Dijo mi nombre lentamente.
—Dame una oportunidad para compensarlo.
—No quiero compensación.
—Entonces dime qué quieres.
Pensé en mis hijos dormidos.
En mi laboratorio.
En los seis años que había construido lejos de él.
—Quiero libertad.
—La tendrás.
—Quiero que dejes de investigarnos, de bloquearme el camino y de utilizar tu poder para obligarme a verte.
Su rostro se tensó.
—Puedo aceptar todo excepto desaparecer de la vida de los niños.

—Eso no lo decides tú.
—Tampoco tú sola.
Sabía que tenía razón en un aspecto.
Si demostraba la paternidad, podía iniciar un proceso judicial.
Pero también sabía que aquel no era el único motivo por el que había preparado todo.
—¿Por qué ahora?
—¿Por qué tanto interés después de seis años?
Gu Chenzhou guardó silencio.
Después sacó un informe médico.
Lo dejó frente a mí.
El nombre de Lin An aparecía en la parte superior.
Debajo había una serie de resultados genéticos.
—¿Cómo conseguiste esto?
—El vaso que utilizó en el aeropuerto.
Sentí una furia inmediata.
—¿Hiciste una prueba sin mi consentimiento?
—Necesitaba estar seguro.
—Estás enfermo.
—Lee la última página.
No quería hacerlo.
Pero algo en su voz me obligó a mirar.
Había una anomalía genética señalada en rojo.
Una mutación hereditaria relacionada con una enfermedad cardíaca poco común.
—¿Qué significa esto?
Mi voz salió apenas como un susurro.
—Lin An heredó una condición de la familia Gu.
—Todavía no presenta síntomas graves, pero necesita tratamiento y seguimiento especializado.
El suelo pareció moverse bajo mis pies.
—Eso es imposible.
—En Harvard le hicieron revisiones completas.
—Esta mutación suele pasar desapercibida durante la infancia.
Gu Chenzhou sostuvo mi mirada.
—Mi padre murió por la misma enfermedad.
—Y yo también soy portador.
De repente comprendí la verdadera razón por la que había preparado médicos, escuelas y alojamiento.
No solo quería recuperar a sus hijos.
Estaba aterrorizado.
—El mejor especialista está en Yuncheng —continuó—. Ya revisó los resultados.
—Quiere examinar a Lin An mañana.
Apreté el informe.
Mi rabia seguía allí.
Pero ahora estaba mezclada con miedo.
—¿Y Lin Yi?
—Sus resultados preliminares son normales.
—¿También la analizaste?
—Sí.
Cerré los ojos.
Quería golpearlo otra vez.
Pero lo único que podía pensar era en mi hijo.
Gu Chenzhou dio un paso hacia mí.
—Puedes odiarme.
—Puedes negarte a volver conmigo.
—Pero no rechaces el tratamiento por orgullo.
Abrí los ojos.
—No confundas mi desconfianza con orgullo.
—Te permitiste tocar a mis hijos, obtener sus muestras y revisar sus vidas sin autorización.
—Lo hice porque tenía miedo de llegar demasiado tarde.
Su voz se quebró apenas.
Fue un cambio tan pequeño que cualquiera habría podido ignorarlo.
Yo no.
—¿Demasiado tarde para qué?
Me miró directamente.
—Para salvar a mi hijo.
En aquel instante, la puerta del pasillo se abrió.
Lin An apareció con el pijama arrugado.
Estaba pálido.
Una mano se aferraba a su pecho.
—Mamá…
Corrió hacia mí, pero antes de llegar sus piernas perdieron fuerza.
Gu Chenzhou fue más rápido.
Lo atrapó justo antes de que cayera al suelo.
—¡Lin An!
Me arrodillé junto a ellos.
Mi hijo respiraba con dificultad.
Gu Chenzhou lo sostuvo entre sus brazos.
Toda la frialdad desapareció de su rostro.
—Llama al médico —ordenó.
La puerta de la suite se abrió casi de inmediato.
Un equipo médico ya estaba esperando en la habitación contigua.
Entonces comprendí algo mucho más inquietante.
Gu Chenzhou no había llevado a los niños a aquel hotel únicamente para controlarnos.
Sabía que aquella crisis podía ocurrir.
Y llevaba horas esperando exactamente ese momento.