A las ocho y media de la mañana, el edificio principal de Zenith Pharmaceuticals ya estaba rodeado de vehículos de alta dirección.
Los empleados intercambiaban miradas de desconcierto.
Nunca se convocaban reuniones extraordinarias sin varios días de aviso.
Mucho menos un lunes.
Mateo llegó quince minutos antes de la hora.
Caminaba con la misma seguridad de siempre.
Valeria iba detrás de él, usando un traje blanco impecable y unas gafas oscuras que apenas conseguían ocultar la tensión de su rostro.
—No te preocupes —le dijo Mateo en voz baja—. Solo quiere llamar la atención.
Ella asintió.
—Después de hoy entenderá cuál es su lugar.
Subieron al piso ejecutivo.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, ambos se detuvieron.
El salón de juntas ya estaba lleno.
Los nueve miembros del consejo ocupaban sus asientos.
También estaban presentes el director jurídico, la auditora externa y dos representantes del fideicomiso fundador.
Todos guardaban un silencio absoluto.
Mateo sonrió con tranquilidad.
—¿Dónde está Elisa?
Nadie respondió.
En ese momento se abrió la puerta lateral.
Entré de la mano de Leo.
La marca de la bofetada seguía visible sobre su mejilla.
Toda la sala la vio.
Nadie apartó la mirada.
Mateo frunció el ceño.
—¿Trajiste al niño aquí?
Me senté en la cabecera de la mesa.
El asiento que llevaba cinco años vacío.
El asiento reservado para la presidenta del consejo.
—No.
Lo miré directamente.
—Lo traje para que vea que los adultos también responden por lo que hacen.
Valeria dio un paso adelante.
—Señora Fu, ya le dije ayer que fue un accidente…
La interrumpí levantando una carpeta.
—Informe médico del Hospital Central.
La dejé sobre la mesa.
—Contusión facial.
—Inflamación del pabellón auricular.
—Riesgo de lesión timpánica.
—Fotografías tomadas cuarenta minutos después de la agresión.
La sonrisa de Valeria desapareció.
Mateo golpeó la mesa.
—Esto no tiene nada que ver con Zenith.
—Te equivocas.
Saqué otra carpeta.
—El reglamento interno establece que cualquier alto directivo que incurra en conductas capaces de provocar un daño reputacional grave a la empresa puede ser suspendido inmediatamente.
—Eso no aplica aquí.
—¿No?
Proyecté una pantalla.
El video de seguridad del piso treinta y dos apareció frente a todos.
Se veía claramente a Leo entrando con su mochila.
Se veía a Valeria levantarse.
Y se escuchaba el sonido seco de la bofetada.
Después apareció Mateo.
No abrazó a su hijo.
No preguntó si estaba bien.
Solo tomó a Valeria del brazo y dijo:
—No conviertan esto en un problema.
La sala quedó completamente inmóvil.
El director jurídico cerró lentamente su carpeta.
—Señor Fu, ¿reconoce que esa grabación es auténtica?
Mateo no respondió.
Miré al secretario.
—Proceda con el siguiente punto.
Él abrió un sobre lacrado.
—Con fundamento en la cláusula décima séptima del fideicomiso fundador…
—La presidenta vitalicia, señora Elisa Suárez, ha ejercido el derecho de retorno de gestión.
Varias personas levantaron la vista hacia mí.
El secretario continuó leyendo.
—En consecuencia, el nombramiento del señor Mateo Fu como presidente ejecutivo queda suspendido con efecto inmediato.
Valeria dio un paso atrás.
—Eso es imposible.
El secretario colocó el documento frente a Mateo.
—Debe entregar inmediatamente su tarjeta de acceso, dispositivos corporativos y poderes de representación.
Mateo se puso de pie de un golpe.
—¡No pueden hacerme esto!

Lo miré con absoluta calma.
—Ayer me dijiste que una bofetada no era un escándalo.
Hice una breve pausa.
—Hoy descubrirás cuánto cuesta exactamente una sola bofetada.
Entonces el jefe de auditoría abrió una tercera carpeta y pronunció una frase que hizo palidecer a todo el consejo.
—Antes de finalizar la sesión… debemos informar que durante la revisión nocturna también encontramos irregularidades financieras por más de cuarenta millones de dólares bajo la administración del señor Mateo Fu.