Elena no hizo una sola pregunta durante el trayecto.
Mantenía una mano sobre el vientre y la otra aferrada a la mía, como si todavía no pudiera creer que hubiéramos salido de aquella casa.
La llevé directamente al hospital donde trabajaba el obstetra que había seguido todo el embarazo.
Después de revisarla, el médico me miró con expresión grave.
—El estrés le está provocando contracciones prematuras.
Sentí un nudo en el pecho.
Si hubiera regresado dos días más tarde…
Ni siquiera quise terminar ese pensamiento.
Cuando Elena se quedó dormida, saqué nuevamente la carpeta con los estados de cuenta.
Durante meses había atribuido aquellas transferencias a inversiones gestionadas por mi madre.
Confiaba en ella.
Después de la muerte de mi padre, insistió en seguir administrando parte del patrimonio familiar “para aliviarme responsabilidades”.
Nunca imaginé que aliviarme significaba vaciar nuestras cuentas.
Llamé a mi director financiero.
—Quiero acceso completo a todas las operaciones de los últimos tres años.
—¿Ocurrió algo?
—Solo quiero la verdad.
Dos horas después llegó con una memoria cifrada.
Los números eran peores de lo que imaginaba.
No eran seiscientos ochenta y cuatro mil dólares.
Esa era solo la parte reciente.
Durante tres años habían desaparecido más de nueve millones.
Las empresas receptoras tenían distintos nombres.
Pero todas terminaban en el mismo beneficiario.
Mi madre.
Y, como representante autorizado, Lucas.
Mi director financiero respiró hondo.
—Hay algo más.
Me entregó otro documento.
Era una solicitud de préstamo utilizando como garantía la casa donde Elena y yo vivíamos.
La firma aparecía a mi nombre.
Nunca había firmado ese documento.
—Es falsa.
—Lo sabemos.
—¿Quién la presentó?
Él bajó la mirada.
—Su madre acudió personalmente al banco.
Guardé silencio durante varios segundos.
Después llamé al departamento jurídico.
—Congelen todas las cuentas relacionadas con estas empresas.
—¿También las de la señora Margaret?
—Especialmente esas.
Media hora más tarde comenzó el caos.
Mi madre llamó once veces.
No contesté.
Después apareció Lucas.
—¿Te volviste loco?
—¿Por qué?
—¡Bloqueaste nuestras cuentas!
—No eran tuyas.
—Mamá solo administraba el dinero.
—No.
Abrí el altavoz.
—Lo estaba robando.
Del otro lado hubo un largo silencio.
Entonces escuché la voz de mi madre.
—Daniel, recuerda quién te dio todo lo que tienes.
Miré a través de la ventana de la habitación del hospital.
Elena dormía abrazando su vientre.
Nuestro hijo seguía luchando por llegar al mundo.
Respondí con absoluta calma.
—No, mamá.
—Quien me dio todo fue papá.
—Y tú llevas tres años intentando quedarte con lo que él dejó para mi familia.
Ella soltó una risa nerviosa.
—No podrás demostrar nada.
Miré la última hoja del expediente.
Había una autorización bancaria registrada esa misma mañana.
Firmada electrónicamente.
Con imágenes de las cámaras de seguridad.

Mi madre aparecía acompañada por Lucas retirando documentos de una caja de seguridad que legalmente ya no les pertenecía.
Cerré la carpeta.
—Dentro de una hora tendrás oportunidad de explicárselo.
—¿A quién?
Respiré profundamente antes de responder.
—A los auditores forenses…
…y a los detectives de la unidad de delitos financieros que ya van camino a tu casa.