Me detuve.
No porque Noah me hubiera llamado.
Sino porque aquella mujer seguía tomada de su brazo.
Él apartó lentamente su mano.
—Victoria, espera un momento.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué ocurre?
Noah guardó con cuidado mi vieja carta dentro del abrigo.
—Ella es Emma.
Victoria me observó unos segundos.
Su expresión cambió apenas.
Como si acabara de comprender algo que llevaba tiempo escuchando.
—¿La Emma? —preguntó en voz baja.
Noah asintió.
Mi corazón dio un vuelco.
Ella sonrió con una extraña mezcla de tristeza y alivio.
—Ahora entiendo por qué nunca aceptaste el compromiso.
El aire pareció desaparecer a mi alrededor.
—¿Compromiso? —pregunté sin querer.
Victoria suspiró.
—Nuestros padres llevan dos años intentando casarnos.
—Pero Noah siempre encontraba una excusa.
Miró directamente a Noah.
—Resulta que la excusa tenía nombre.
Noah no respondió.
Victoria dio un paso hacia mí.
—No se preocupe.
—Yo tampoco quería ese matrimonio.
Me entregó una tarjeta.
—Espero que algún día podamos conocernos en mejores circunstancias.
Después subió nuevamente al automóvil.
El vehículo desapareció entre el tráfico.
Yo seguía inmóvil.
—Noah…
Él me miró fijamente.
—Nunca estuvo prometido por elección.
Negué lentamente con la cabeza.
—Eso ya no importa.
—Importa para mí.
Respiré hondo.
—Han pasado ocho años.
—Mi madre murió.
—Vendimos nuestra casa.
—Abandoné la universidad.
—No puedes aparecer un día y fingir que el tiempo no existió.
Noah guardó silencio.
Después preguntó con una voz mucho más baja.
—¿Por qué nunca aceptaste el dinero que te envié?
Lo miré confundida.
—¿Qué dinero?
Él frunció el ceño.
—Todos los meses transfería dinero a la cuenta que me diste antes de irme.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—Nunca recibí un solo peso.
Noah quedó completamente inmóvil.
—Es imposible.
—Tengo todos los comprobantes.
Saqué una risa amarga.
—Mientras tú creías ayudarme…
—Yo trabajaba lavando platos durante las madrugadas para pagar los medicamentos de mi madre.
Su rostro perdió todo el color.
Sacó inmediatamente el teléfono.
Abrió una aplicación bancaria.
Me mostró una lista interminable de transferencias.
Todas aparecían como “completadas”.
Todas dirigidas a una cuenta cuyo titular solo figuraba con las iniciales E.W.
Mis iniciales.
Pero aquel número de cuenta no era mío.
—¿Quién abrió esa cuenta? —susurré.
Noah comenzó a respirar con dificultad.
—Solo una persona conocía los datos que te pedí antes de viajar.
—¿Quién?
Cerró lentamente los ojos.
—Mi padre.
Un silencio pesado cayó entre los dos.
Entonces recordé algo.
Años atrás, cuando mi madre enfermó gravemente, el señor Bennett apareció una tarde frente al restaurante donde yo trabajaba.
Me entregó un sobre con dinero.
Cuando me negué a aceptarlo, dijo unas palabras que jamás olvidé.
—Emma.
—Si realmente aprecias a Noah…
—Desaparece de su vida.
En ese momento pensé que solo era un padre orgulloso protegiendo el futuro de su hijo.
Ahora…

Por primera vez…
Comprendí que quizá no solo había separado a dos adolescentes enamorados.
Tal vez también había estado controlando, durante ocho años, todo lo que Noah creyó hacer por mí.
Y si eso era cierto…
Entonces la persona que destruyó nuestra historia nunca fue la distancia.
Había estado sentada todo ese tiempo en la cabecera de la mesa de la familia Bennett.