No dormí en toda la noche.
Camila se despertaba sobresaltada cada pocos minutos.
Cada vez que alguien caminaba por el pasillo del edificio, se aferraba a mi cuello con tanta fuerza que sentía sus pequeñas manos temblar.
A las seis y cuarenta y siete de la mañana escuché la puerta principal.
Ricardo había llegado.
Ni siquiera entró a nuestra habitación.
Lo primero que escuché fue la voz dramática de doña Carmen.
—¡Mira cómo me dejó tu mujer! Me humilló delante de Mateo. Me pegó como si fuera una delincuente.
Salí con Camila en brazos.
La mejilla seguía inflamada.
Tenía un pequeño moretón bajo el ojo izquierdo.
Ricardo nos miró apenas un segundo.
Luego caminó directamente hacia su madre.
—¿Estás bien?
Ella rompió a llorar.
—Casi me mata.
Esperé.
Esperé que mirara otra vez a nuestra hija.
Que preguntara qué había pasado.
Que viera la sangre seca todavía pegada junto a su nariz.
No lo hizo.
Solo volvió la cabeza hacia mí.
—¿Le pegaste a mi mamá?
—Sí.
No pensaba mentir.
—Después de que ella golpeó a Camila.
Ricardo frunció el ceño.
—Mamá jamás haría eso.
Sentí una punzada en el pecho.
—¿Ni siquiera vas a preguntarle a tu hija?
—Camila tiene dos años. No puede explicar nada.
Doña Carmen aprovechó el momento.
—Solo le di un manotazo porque estaba haciendo un berrinche.
—Mentira.
Mateo bajó inmediatamente la cabeza.
Yo lo observé.
—Mateo.
El niño empezó a mover nerviosamente los pies.
—Dime qué pasó.
Doña Carmen respondió antes que él.
—No lo metas en esto.
—Le pregunté a él.
Mateo respiró hondo.
Miró primero a su abuela.
Después a Ricardo.
Finalmente a Camila.
Su voz salió apenas como un susurro.
—La salchicha… yo se la di.
Toda la sala quedó en silencio.
Doña Carmen abrió los ojos.
—¡Mateo!
El niño comenzó a llorar.
—Camila me vio comiendo… tenía hambre… yo le di un pedacito…
Ricardo giró lentamente hacia su madre.
—¿Es verdad?
Ella tartamudeó.
—Ese niño está confundido…
—¿Le pegaste porque aceptó comida que su primo le ofreció?
—¡Tenía que aprender!
Su respuesta fue peor que cualquier confesión.
Ricardo observó la cara de Camila por primera vez.
Su expresión cambió.
Se acercó lentamente.
Al retirar el pequeño parche que yo había colocado durante la noche, descubrió el hematoma completo.
La marca de cinco dedos seguía perfectamente dibujada.
Su respiración se volvió pesada.
—Mamá…
Doña Carmen intentó tomarle la mano.
—Hijo…
Él retrocedió.
—¿Tú hiciste esto?
Ella ya no respondió con firmeza.
—Fue solo una cachetadita…
En ese momento sonó el timbre.
Abrí la puerta.
Dos personas esperaban afuera.
Una mujer con traje gris.
Y un hombre con portafolios.
—¿La señora Valeria Mendoza?
—Sí.
La mujer mostró una credencial.
—Somos del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia. Recibimos un reporte anoche desde el hospital infantil por lesiones compatibles con maltrato físico hacia una menor de edad.
Doña Carmen perdió el color.
La trabajadora social continuó.
—Necesitamos entrevistar a todos los adultos que estuvieron presentes.
Ricardo me miró sorprendido.
—¿La llevaste al hospital?
—Claro.
Después de que tu madre le rompió la nariz.
El hombre del portafolios abrió una carpeta.
—Además, el médico encontró algo que requiere una investigación inmediata.
Fruncí el ceño.
—¿Qué cosa?
Sacó varias fotografías.
Eran imágenes antiguas de otros moretones.
Uno en el brazo.
Otro detrás de la oreja.
Uno pequeño en la espalda.
Fechas diferentes.
Meses distintos.
Sentí que el aire desaparecía.
—Es imposible…
Yo nunca había visto esas lesiones.
Porque siempre aparecían…
…los días en que Camila se quedaba sola con doña Carmen mientras yo trabajaba.

La trabajadora social levantó lentamente la vista.
—Señora Mendoza…
—Creemos que la agresión de ayer no fue la primera.
—Y necesitamos saber desde cuándo su hija lleva siendo víctima de violencia dentro de esta casa.