La siguiente contracción me hizo perder el equilibrio.
Caí sobre las rodillas.
El frío del piso atravesó el vestido empapado mientras intentaba controlar la respiración.
—Mariana, escúchame.
La voz de Renata seguía firme al otro lado del teléfono.
—La ambulancia ya va en camino.
—No… pueden impedirle entrar…
—No.
Hubo una breve pausa.
—Porque no llegará sola.
Fruncí el ceño.
—¿Qué significa eso?
Renata respiró hondo.
—La orden de cateo acaba de activarse.
Sentí que el corazón se detenía.
Durante meses aquella investigación había permanecido sellada.
Solo podía ejecutarse cuando existiera riesgo de destrucción de pruebas o peligro para un funcionario.
Y yo acababa de convertirme en ambas cosas.
Afuera seguía sonando la música.
Escuché la voz del maestro de ceremonias.
—¡Un aplauso para los recién casados!
Los invitados comenzaron a vitorear.
Mientras tanto, otra contracción me arrancó un grito.
Golpeé la puerta.
—¡Ayuda!
Nadie respondió.
Solo escuché unos pasos.
Después la voz de Beatriz.
—¿Ya aprendiste a no arruinar fiestas?
Cerré los ojos.
—Voy a denunciarte.
Ella soltó una carcajada.
—¿Con qué pruebas?
Miré el pequeño teléfono que seguía grabando toda la conversación.
No respondí.
Beatriz continuó.
—Cuando salgas de ahí diremos que sufriste un ataque de ansiedad.
—Todos creerán a mi hijo.
—Y tú quedarás como una embarazada histérica.
Se alejó riéndose.
Un minuto después…
Escuché sirenas.
No una.
Varias.
Primero lejanas.
Después cada vez más cerca.
La música de la boda se interrumpió de golpe.
Se oyeron gritos.
Alguien corría por el pasillo.
Otra voz exclamó:
—¡Hay patrullas entrando al viñedo!
Me incorporé con dificultad.
La puerta seguía cerrada.
Pero el ruido afuera aumentaba.
Pasos.
Órdenes.
Radios.
Entonces una voz fuerte resonó al otro lado.
—¡Fiscalía del Estado!
—¡Nadie abandone el inmueble!
Sentí que las lágrimas comenzaban a caer.
Renata volvió a hablar por el teléfono.
—Ya estamos aquí.
Un segundo después…
Un golpe seco.
La puerta vibró.
Otro.
El seguro cedió.
La puerta se abrió de golpe.
Frente a mí estaban dos paramédicos y cuatro agentes de la Fiscalía.
Detrás apareció Renata.
Al verme en el suelo corrió inmediatamente.
—¿Puedes respirar?
Asentí apenas.
Los paramédicos comenzaron a revisarme.
—Treinta y cuatro semanas.
Ruptura de membranas.
Contracciones cada tres minutos.
Hay que trasladarla ya.
Mientras colocaban la camilla, un comandante se acercó a Renata.
—Licenciada…
Le entregó una carpeta amarilla.
—Todos los objetivos siguen dentro del salón.
Renata abrió la carpeta.
La primera página mostraba un organigrama.
En el centro aparecía un nombre.
Grupo Arriaga Holdings.
Debajo…
Diecisiete empresas fantasma.
Veintitrés cuentas bancarias.
Y las firmas de Andrés y Beatriz en la mayoría de los contratos.
Renata cerró la carpeta.
Miró directamente hacia el salón de bodas, donde todavía intentaban reanudar la música para calmar a los invitados.
Luego dio una sola orden.
—Procedan.
Los agentes avanzaron.
Yo era llevada hacia la ambulancia cuando escuché el micrófono principal del salón encenderse.
Todos pensaron que anunciarían un brindis.

Pero la voz que resonó bajo el enorme candelabro fue completamente distinta.
—Fiscalía General del Estado.
—Este evento queda oficialmente intervenido.
—Nadie abandone el lugar hasta concluir la ejecución de las órdenes judiciales por delincuencia organizada, fraude fiscal y lavado de dinero.