PARTE 2: La Firma Falsa

Ethan no respondió.

Bajó la vista hacia la hoja que acababa de dejar sobre la mesa.

Sus dedos temblaron apenas un instante.

Lo suficiente.

—Elena…

—Respóndeme.

Levantó lentamente la cabeza.

—Solo era un trámite.

Solté una risa breve.

Sin alegría.

—¿Falsificar la firma de tu esposa ahora es un trámite?

Las vecinas seguían observando desde el pasillo.

Nora permanecía inmóvil junto a la puerta, con los ojos enrojecidos.

Ethan dio un paso hacia mí.

—No quería hacerte daño.

—¿Ah, no?

Señalé el documento.

—Presentaste una renuncia falsa.

Intentaste quitarme el derecho a nuestra vivienda.

Y todavía tienes el valor de decir que no querías hacerme daño.

Él pasó una mano por su cabello.

—La situación era complicada.

—No.

Negué lentamente.

—La complicaste tú.

Tomé la última caja.

Dentro estaban mis documentos personales.

Mi pasaporte.

Mis certificados profesionales.

Y una carpeta azul que Ethan jamás había abierto.

Él observó la carpeta.

—¿Qué es eso?

—Mi trabajo.

Su expresión cambió.

—¿Qué tiene que ver tu trabajo con esto?

Respiré hondo.

—Todo.

Abrí la carpeta.

Saqué una credencial.

No era la de la farmacia.

Era otra.

Mucho más antigua.

Mucho más importante.

La coloqué frente a él.

Unidad Central de Auditoría del Sistema Militar.

Perito Documental.

Durante unos segundos nadie habló.

Nora frunció el ceño.

—¿Perito?

Asentí.

—Antes de trabajar en farmacia pasé nueve años analizando documentos falsificados para investigaciones internas.

Vi cómo el color abandonaba lentamente el rostro de Ethan.

Continué hablando con absoluta calma.

—Mi especialidad era comparar firmas, tintas, presiones, trazos y alteraciones documentales.

Tomé la copia de la renuncia.

Señalé la firma.

—Aquí utilizaste un bolígrafo de tinta en gel.

Yo siempre firmo con tinta líquida.

Aquí dudaste antes de terminar la “k” de Brooks.

Yo nunca levanto el bolígrafo en ese punto.

Y aquí…

Apoyé el dedo sobre la última curva.

—Intentaste imitar un movimiento que solo has visto desde lejos.

Nunca entendiste cómo firmo realmente.

Ethan tragó saliva.

—Elena…

—No he terminado.

Saqué otra hoja.

Era una ampliación fotográfica de ambas firmas.

La auténtica.

Y la falsificada.

Las diferencias eran evidentes.

Las vecinas comenzaron a murmurar.

Nora dio un paso atrás.

—Ethan…

Lo miró como si tampoco pudiera creer lo que veía.

Él levantó las manos.

—Yo…

Solo quería acelerar el proceso.

Nora no tenía dónde vivir.

La miré directamente.

—¿Sabías que había falsificado mi firma?

Ella tardó demasiado en responder.

Ese silencio bastó.

Entonces sonó mi teléfono.

Contesté.

Era el coronel Howard, director de Asuntos Internos.

—Señora Carter.

¿Recibió ya la copia certificada?

—Sí.

—Perfecto.

Quiero informarle que acabamos de revisar el expediente.

Miré a Ethan.

Su respiración se aceleró.

El coronel continuó.

—Y hemos encontrado algo muy extraño.

Fruncí el ceño.

—¿Qué ocurrió?

—La renuncia que usted tiene en la mano…

No fue el único documento presentado con una firma falsificada.

Sentí un escalofrío.

—¿Cómo dice?

—Hay otros cinco documentos archivados durante los últimos ocho meses con exactamente la misma firma.

Miré lentamente a Ethan.

Él ya no podía sostenerme la mirada.

Porque acababa de comprender que el problema ya no era solo la casa.

Alguien había estado utilizando mi identidad…

…mucho antes de entregársela a Nora.

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