PARTE 2: El Poder Notarial

No abrí la puerta.

Todavía no.

Miré a mi madre.

Sus dedos seguían aferrados a mi muñeca con una fuerza que no esperaba en una mujer de setenta y nueve años.

—Prométeme que no me vas a dejar.

—Te lo prometo.

Respiré hondo.

Luego abrí apenas unos centímetros.

Lorena estaba del otro lado con los brazos cruzados.

—¿Qué hacen encerradas?

Sonreí.

—Mamá se mareó un poco mientras la ayudaba a cambiarse.

Lorena intentó mirar por encima de mi hombro.

Mi madre ya había vuelto a cubrirse con el rebozo.

—Ya vamos a salir.

Ella nos observó durante varios segundos.

Después sonrió.

Una sonrisa demasiado tranquila.

—No la canses mucho.

Cuando se alejó por el pasillo, cerré nuevamente la puerta.

Mi madre rompió a llorar.

—No le digas nada.

—No voy a hacerlo.

Todavía no.

Guardé cuidadosamente el recibo de la notaría y la copia de la compraventa dentro de mi bolso.

Después envié las fotografías de las lesiones a la doctora Gabriela Soto.

Su respuesta llegó menos de un minuto después.

“No la dejes sola.”

“Esas marcas son compatibles con inmovilización repetida.”

Mi estómago se encogió.

No eran accidentes.

No eran caídas.

Alguien la sujetaba con frecuencia.

Esa noche fingí normalidad durante la cena.

Esteban hablaba de vender la casa.

Lorena calculaba cuánto costaría un departamento más pequeño.

Mi madre permanecía en silencio.

Solo levantaba la vista cuando alguno de los dos pronunciaba la palabra firma.

A las once de la noche esperé a que todos durmieran.

Entonces bajé al despacho de mi padre.

Seguía igual.

O casi.

Abrí lentamente el cajón donde él guardaba documentos importantes.

Estaba vacío.

Solo encontré una carpeta olvidada detrás del librero.

Dentro había estados de cuenta bancarios.

Y una copia del poder notarial que Esteban me había mostrado aquella mañana.

Lo abrí bajo la luz del escritorio.

Algo llamó inmediatamente mi atención.

La fecha.

Según aquel documento, mi madre había firmado el poder un martes a las diez y media de la mañana.

Fruncí el ceño.

Saqué el calendario médico que había encontrado junto a sus medicamentos.

Ese mismo martes…

Mi madre estaba hospitalizada en la clínica San José.

Ingresó a las ocho de la mañana.

Fue dada de alta hasta las seis de la tarde.

Era imposible que hubiera estado en una notaría.

Sentí un escalofrío.

Tomé fotografías.

Después llamé discretamente a mi abogada.

—Andrea…

—¿Qué pasa?

—Necesito que verifiques un poder notarial.

Le envié la imagen.

Cinco minutos después respondió.

Su voz había cambiado por completo.

—Clara…

—¿Sí?

—Hay algo muy grave.

—¿Qué encontraste?

—El sello pertenece realmente a una notaría de Uruapan…

Hizo una pausa.

—…pero el número de protocolo corresponde a otro cliente completamente distinto.

Me quedé inmóvil.

—¿Estás segura?

—Completamente.

Respiré despacio.

—Entonces falsificaron el poder.

—No solo eso.

Escuché cómo tecleaba rápidamente.

—Estoy revisando el Registro Público.

Pasaron unos segundos.

Después habló otra vez.

—Clara…

—¿Qué ocurre ahora?

—Desde que ese poder apareció…

—Se vendieron el local comercial…

Dos terrenos agrícolas…

Y retiraron dinero de tres cuentas distintas.

Sentí que el corazón se aceleraba.

—¿Cuánto?

Andrea tardó unos segundos en responder.

Cuando lo hizo, comprendí que aquello ya no era un abuso familiar.

Era un delito perfectamente organizado.

—Tres millones doscientos mil pesos.

Y ese dinero…

…había desaparecido en menos de seis meses.

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