La sangre seguía resbalando por mi antebrazo.
No era una herida profunda.
Pero bastó para romper el hechizo en el que había vivido durante cinco años.
Ethan dio otro paso hacia mí.
Su expresión cambió apenas vio la sangre.
—Nora…
Instintivamente extendió la mano.
Retrocedí.
—No me toques.
Aquellas tres palabras parecieron molestarlo más que cualquier insulto.
Frunció el ceño.
—Solo fue un accidente.
Solté una risa amarga.
—¿Como los cinco años anteriores?
El silencio cayó entre nosotros.
Apagué el grifo del fregadero, tomé una toalla limpia y envolví mi brazo sin dejar de mirarlo.
Por primera vez comprendí que no conocía al hombre que tenía delante.
Él respiró hondo.
—Está bien. Te contaré la verdad.
Se apoyó en la encimera y cruzó los brazos.
—Sí, al principio todo fue una apuesta.
Sentí que el pecho volvía a cerrarse.
Él continuó hablando con una tranquilidad insoportable.
—Celeste me pidió que saliera contigo durante tres meses. Quería demostrar que una chica como tú se enamoraría de cualquiera que le prestara atención.
—¿Y aceptaste?
—Acepté.
No intentó negarlo.
Ni siquiera bajó la cabeza.
—¿Sabes cuánto apostaron por mi vida? —pregunté con la voz quebrada.
—Cincuenta mil dólares.
Me quedé inmóvil.
Cincuenta mil.
Cinco años de mi vida habían empezado costando menos que un coche de lujo.
—Pero todo cambió después —añadió rápidamente—. Me enamoré de ti.
Lo miré sin parpadear.
—¿Cuándo?
No respondió.
—¿Después del primer mes? ¿Después del primer año? ¿Después de que me mudara contigo? ¿O después de que renunciara a mi trabajo para cuidar de ti cuando fingías estar enfermo?
Ethan abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
Porque no tenía respuesta.
Respiró profundamente antes de sacar su teléfono.
—Mira esto.
Abrió una carpeta llena de fotografías.
Vacaciones.
Cumpleaños.
Mi graduación.
La primera Navidad juntos.
Miles de imágenes.
—¿Ves? Todo esto es real.
Negué lentamente con la cabeza.
—Las fotos prueban que estuvimos juntos.
Lo miré directamente a los ojos.
—No prueban que me amaras.
Él golpeó el teléfono contra la mesa.
—¡¿Qué más quieres?!
—La verdad completa.
Su mandíbula se tensó.
Durante varios segundos permaneció completamente inmóvil.
Después habló con una voz mucho más baja.
—Hay algo que nunca escuchaste de esa llamada.
Mi respiración se detuvo.
Él abrió el historial de grabaciones del teléfono.
Había un archivo de audio.
Fecha: hacía exactamente cinco años.
Lo reprodujo.

La voz de Celeste sonó primero.
—Recuerda el trato. Tres meses. La enamoras, la dejas delante de todos y yo gano.
Luego apareció otra voz masculina.
Desconocida.
Fría.
Autoritaria.
—No olvides la segunda condición, Ethan. Si rompes el acuerdo antes de tiempo, perderás el derecho a toda la herencia de la familia.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Aquello ya no era una simple apuesta cruel.
Era un plan preparado desde mucho antes de que yo apareciera en la vida de Ethan.
Y, por la expresión de terror que vi en su rostro al detener la grabación, comprendí que todavía había una parte de la historia que jamás había querido que yo descubriera.