Parte 2: La carpeta que enterraba a los vivos

La luz de las patrullas parpadeaba sobre las paredes como relámpagos azules y rojos.

Alejandro permaneció inmóvil junto a la puerta.

Sus ojos iban de los fajos de billetes a las cajas repletas de documentos.

Luego a Doña Teresa.

Y de nuevo a las ventanas.

—¿Qué está pasando? —preguntó con la voz quebrada.

Teresa apretó la carpeta contra el pecho.

—Escúcheme bien, señor Valdés. No tenemos mucho tiempo.

Abajo se escuchó el golpe seco de una puerta de patrulla cerrándose.

Después otra.

Y otra más.

Alejandro sintió que el corazón se le hundía.

Durante meses había esperado aquel momento.

La policía.

Los fiscales.

Los embargos.

El final.

Pero Teresa no parecía asustada por las autoridades.

Parecía aterrada por alguien más.

—¿Quién llamó? —preguntó él.

Ella tragó saliva.

—No lo sé. Pero quien escondió esto aquí sabe que lo encontré.

Alejandro miró alrededor.

Aquella habitación llevaba años cerrada.

Era un cuarto de visitas que nadie usaba desde que sus hijos se fueron al extranjero.

—¿Cómo encontró todo esto?

Teresa señaló una esquina.

—La pared falsa.

Alejandro frunció el ceño.

Ella caminó hasta un enorme armario empotrado.

Empujó uno de los paneles.

Un compartimiento oculto apareció lentamente.

Vacío.

Pero claramente había sido usado durante mucho tiempo.

Alejandro sintió un escalofrío.

—No puede ser…

Teresa asintió.

—Llevaba semanas escuchando ruidos detrás de esta pared.

—¿Semanas?

—Sí.

—¿Y no me dijo nada?

—Porque quería estar segura.

Abajo sonó el timbre.

Tres veces.

Con fuerza.

Los dos se quedaron congelados.

Luego escucharon una voz.

—¡Señor Alejandro Valdés! ¡Abra la puerta!

Teresa se acercó rápidamente.

—No les abra todavía.

—¿Está loca?

—¿Confía en mí?

Alejandro la observó.

En los últimos meses había perdido socios.

Había perdido dinero.

Había perdido a su esposa.

Había perdido amigos.

Pero aquella mujer seguía allí.

Todos los días.

Sin cobrar.

Sin pedir nada.

—Sí —respondió finalmente—. Confío en usted.

Teresa abrió la carpeta.

Dentro había fotografías.

Estados bancarios.

Copias de transferencias.

Correos impresos.

Y una hoja marcada con varios nombres.

Alejandro sintió que el mundo se detenía.

Reconocía cada uno.

Sus tres socios desaparecidos.

Su abogado.

Dos funcionarios públicos.

Y…

Ernesto Barragán.

Su mejor amigo.

El mismo que la noche anterior lo había citado para burlarse de él.

—No… —susurró Alejandro.

Teresa le entregó otra hoja.

Era un estado de cuenta.

Más de doscientos millones de pesos transferidos a empresas fantasma.

Firmas.

Fechas.

Autorizaciones.

Todo perfectamente documentado.

—Esto demuestra que usted no robó nada —dijo Teresa.

Alejandro apenas podía respirar.

—¿Quién guardó esto aquí?

Teresa bajó la mirada.

—Creo que alguien estaba preparando una salida.

—¿Quién?

Ella levantó lentamente los ojos.

—Su esposa.

El silencio fue brutal.

Como un golpe directo al estómago.

—Renata no haría eso.

Pero incluso mientras lo decía, ya no sonaba convencido.

Recordó los viajes repentinos.

Las llamadas a escondidas.

Las discusiones que terminaban en cuanto él entraba.

Y la facilidad con que ella desapareció cuando todo explotó.

El timbre volvió a sonar.

Esta vez acompañado por golpes en la puerta principal.

—¡Abra inmediatamente!

Alejandro respiró hondo.

Teresa cerró la carpeta.

—Todavía hay algo peor.

—¿Qué?

Ella tomó una memoria USB de la cama.

Sus manos temblaban.

—Aquí está la grabación.

—¿Qué grabación?

Teresa lo miró fijamente.

—La reunión donde planearon destruirlo.

Alejandro sintió que la sangre se le helaba.

—¿Quiénes?

Teresa tardó unos segundos en responder.

Y cuando lo hizo, su voz fue apenas un susurro.

—Su esposa… Ernesto… y los tres socios.

Abajo se escuchó un estruendo.

La puerta principal acababa de ser derribada.

Pasos apresurados comenzaron a subir las escaleras.

Cada vez más cerca.

Cada vez más rápido.

Teresa colocó la memoria USB en la mano de Alejandro.

—Pase lo que pase, no deje que esto desaparezca.

Los pasos llegaron al pasillo.

Se detuvieron frente a la habitación.

La manija comenzó a girar lentamente.

Y Alejandro comprendió que la persona que estaba a punto de entrar no venía por el dinero.

Venía por la prueba que podía destruirlos a todos.

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