El pasillo quedó completamente en silencio.
Mauricio dejó de respirar por un instante.
Renata giró lentamente hacia él.
—¿Qué acaba de decir?
El contador colocó una carpeta sobre el banco de madera.
—Hace cuatro meses, la señora Cristina solicitó una auditoría preventiva de las cuentas corporativas vinculadas a prestaciones familiares.
Sacó varios estados de cuenta.
—Existía un fondo reservado para cubrir el embarazo, el parto y cualquier eventualidad médica del bebé.
Miró directamente al juez, que acababa de salir de la sala acompañado por el secretario.
—Durante los últimos seis meses se realizaron diecisiete transferencias desde ese fondo.
Señaló el destinatario.
Renata Beltrán.
El color desapareció del rostro de Mauricio.
Renata tomó uno de los documentos.
Leyó la primera transferencia.
Después la segunda.
La tercera.
Todas llevaban el mismo concepto.
“Bonificación especial.”
Levantó lentamente la vista.
—Mauricio…
Él tragó saliva.
—Puedo explicarlo.
—¿Con dinero destinado a tu hijo?
Nadie dijo una sola palabra.
El contador abrió otra carpeta.
—También encontramos pagos de hoteles, boletos de avión, joyería y el anticipo del salón donde pensaban celebrar su boda esta tarde.
Todas las facturas habían sido liquidadas desde la misma cuenta.
La destinada al nacimiento del bebé.
Renata dio un paso atrás.
—Me dijiste que esos bonos eran tuyos.
Mauricio no respondió.
Porque sabía que no podía hacerlo.
Uno de los agentes de investigación financiera habló por primera vez.
—Señor Mendoza, necesitamos que nos acompañe para aclarar varios movimientos bancarios.
Mauricio frunció el ceño.
—¿Me están acusando de un delito?
—No en este momento.
El agente mantuvo un tono sereno.
—Estamos verificando si hubo un uso indebido de fondos pertenecientes a la empresa o destinados a fines específicos.
Cristina permanecía en silencio.
No había pedido aquel espectáculo.
Solo había pedido que revisaran las cuentas.
Mauricio dio un paso hacia ella.
—Cristina…
Por primera vez en meses, su voz sonó insegura.
—Podemos arreglar esto.
Ella negó lentamente.
—Eso mismo pensé cuando encontré las primeras transferencias.
Hizo una breve pausa.
—Esperé que me dijeras la verdad.
—Cometí errores.
—No.
Lo miró fijamente.
—Tomaste decisiones.
Y cada una tuvo consecuencias.
Renata se quitó lentamente el anillo que llevaba en la mano derecha.
No era todavía una alianza.
Pero simbolizaba la boda que debía celebrarse en pocas horas.
Lo dejó sobre el banco.
—No voy a casarme contigo.
Mauricio intentó detenerla.
—Renata…
Ella retrocedió.
—Podías engañar a tu esposa.
Podías mentirte a ti mismo.
Pero utilizaste el dinero reservado para tu propio hijo.
Negó con tristeza.
—Eso dice mucho más de ti que cualquier infidelidad.
Se dio la vuelta y salió del juzgado sin volver a mirarlo.
El contador entregó la memoria USB al secretario judicial.
—Aquí están los respaldos de todas las operaciones bancarias, autorizaciones y registros contables.
El juez asintió.
—Serán incorporados al expediente correspondiente.
Después observó a Mauricio.
—Este tribunal continuará resolviendo el divorcio conforme a derecho.
Hizo una breve pausa.
—Las cuestiones relacionadas con el manejo de los recursos serán analizadas por las autoridades competentes.
Mientras los agentes hablaban con Mauricio, Cristina caminó lentamente hacia la salida.
Su madre la esperaba bajo el mismo paraguas con el que había llegado.
—¿Terminó?
Cristina apoyó una mano sobre su vientre.
Sintió una fuerte patadita.
Sonrió por primera vez en mucho tiempo.
—Todavía no.
—¿Entonces?
Miró el edificio del juzgado.
—Hoy solo terminó la mentira.
Lo demás apenas empieza.
En ese instante sonó el teléfono de su abogado.
Escuchó unos segundos.
Su expresión cambió por completo.
Colgó despacio.
—Cristina…
Ella se volvió.
—Acaba de llamarme el banco fiduciario.
—¿Qué ocurrió?
El abogado respiró hondo.
—Mientras revisaban la documentación del divorcio descubrieron algo que nadie había solicitado revisar.
—¿Qué cosa?
La respuesta hizo que incluso Mauricio, que aún estaba acompañado por los agentes, levantara la cabeza.
—Existe un segundo fideicomiso creado por tu padre hace diez años.
Cristina frunció el ceño.
—No sabía que había otro.
—Al parecer permanecía inactivo hasta el nacimiento de tu primer hijo.
El abogado sostuvo la carpeta con ambas manos.

—Y según la cláusula de activación…
Hizo una pausa.
—Desde el momento en que nazca ese bebé, la totalidad de las acciones que hoy controlas dejarán de estar bajo la administración de cualquier director general y pasarán automáticamente a un patrimonio protegido exclusivamente para ti y tu hijo.
Mauricio comprendió en ese instante que, incluso si conservaba su puesto de director por un tiempo, jamás volvería a tener el control real de aquello que siempre creyó suyo.