A las seis de la mañana ya estaba despierta.
No había dormido ni un minuto.
La ropa manchada de caldo seguía dentro de una bolsa de basura junto a la puerta. No quise lavarla.
Quería recordar exactamente cómo me había sentido.
Abrí el portátil.
En la pantalla apareció una carpeta que llevaba años sin tocar.
“Documentos personales”.
Dentro estaban los contratos, las escrituras, las inversiones y cada papel que había firmado junto a Adrian desde que nos casamos.
Durante cinco años, mientras él construía su empresa tecnológica, yo había abandonado un ascenso para ayudarle a levantar el negocio.
No figuraba en las entrevistas.
No aparecía en las fotografías.
Pero conocía cada cliente importante y cada inversor que había confiado en nosotros.
Respiré hondo.
Llamé al abogado de la familia.
—Buenos días, señora Lin.
—Buenos días, señor Zhao.
Hubo unos segundos de silencio.
—¿Ha ocurrido algo?
Miré la alianza en mi mano.
—Quiero iniciar el divorcio.
Al otro lado de la línea también hubo silencio.
Finalmente respondió con una sola pregunta.
—¿Está completamente segura?
Miré una última vez la fotografía de Adrian brindando con Vanessa.
—Nunca he estado tan segura de nada.
A las nueve de la mañana entré en la empresa.
Nadie sabía que era copropietaria del edificio donde trabajaban.
Yo siempre había preferido mantenerme lejos de la administración.
El ascensor se abrió en el piso treinta y dos.
La primera persona que encontré fue Vanessa.
Llevaba el mismo vestido negro de la noche anterior.
También el mismo perfume.
Sonrió al verme.
Una sonrisa llena de falsa amabilidad.
—Buenos días, señora Lin.
Asentí.
—Buenos días.
Sus ojos recorrieron mi ropa.
—¿Le gustó la cena de anoche?
No respondió por accidente.
Lo sabía.
Había visto la publicación.
Y quería comprobar cuánto daño había conseguido hacer.
La miré durante unos segundos.
—Muchísimo.
Por primera vez pareció desconcertada.
Esperaba lágrimas.
Esperaba reproches.
No encontró ninguno.
Entré directamente al despacho de Adrian.
Él levantó la vista del ordenador.
—¿Qué haces aquí?
Coloqué un sobre sobre su escritorio.
—Fírmalo cuando tengas tiempo.
Ni siquiera lo abrió.
—Estoy ocupado.
—Lo sé.
Me di la vuelta para marcharme.
—Espera.
Su voz sonó impaciente.
—¿Qué es?
—Los papeles del divorcio.
El despacho quedó completamente en silencio.
Adrian levantó lentamente la vista.
Como si no hubiera oído bien.
—¿Qué has dicho?
—Has oído perfectamente.
Se echó hacia atrás en la silla.
Y, contra toda lógica, soltó una risa.
—¿Todo esto por una discusión?
Negué con la cabeza.
—No.
Saqué el recibo arrugado de mi bolso y lo dejé junto al sobre.
—Todo esto por dos yuanes y medio.
Frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Significa que anoche descubrí exactamente cuánto vale mi dignidad para ti.
Adrian miró el recibo sin entender.
Entonces abrió el móvil.
Probablemente recordando el pedido que había hecho.
Su expresión cambió apenas un instante.
—Fue un error del restaurante.
Sonreí por primera vez en mucho tiempo.
—No.
Saqué otra hoja.
Era una captura de pantalla de la factura electrónica.
Pedido seleccionado personalmente por el usuario.
Sin sustituciones.
Sin cambios.
Sin errores.
Después coloqué una segunda fotografía.
La publicación de Vanessa.
Y una tercera.
El “Me gusta” que él había dejado bajo aquella frase.
“La comida deliciosa sabe todavía mejor cuando la compartes con la persona que te gusta.”
El color abandonó lentamente su rostro.
—Puedo explicarlo…
—Cinco años esperando una explicación ya son suficientes.
En ese momento llamaron a la puerta.
Vanessa asomó la cabeza.
—Señor Adrian, la reunión con los inversores comienza en cinco…
Se quedó inmóvil al ver los documentos sobre la mesa.
Luego me miró.
Y sonrió con superioridad.
—Si es un problema personal, puedo volver más tarde.
Adrian permanecía completamente callado.
Yo recogí mi bolso.
Antes de salir, me detuve junto a Vanessa.
—Disfruta de los restaurantes caros.
Ella arqueó una ceja.
—Lo haré.
Asentí lentamente.
—Porque cuando termine el proceso judicial, probablemente sea el único lujo que puedas permitirte.
Su sonrisa desapareció.
—¿Qué quiere decir?
La miré fijamente.
—Quiere decir que esta mañana mi abogado también solicitó una auditoría completa de la empresa.
Adrian levantó bruscamente la cabeza.
—¿Qué auditoría?
Saqué una última carpeta del bolso.
—La de todos los gastos corporativos aprobados durante los últimos tres años.
Miré directamente a Vanessa.
—Incluidas las cenas de lujo pagadas como supuestas “reuniones con clientes” en las que solo aparecían tú y mi esposo.
La secretaria perdió el color.
Adrian abrió la carpeta con manos temblorosas.

En la primera página había una cifra resaltada en rojo.
486.000 yuanes.
Gastados en restaurantes, hoteles, regalos y viajes cargados a las cuentas de la empresa.
Y cada factura llevaba exactamente la misma firma de autorización.