PARTE 2: LA HIJA DE ACERO

El hombre de la fotografía permanecía frente a nuestra casa, rodeado por agentes vestidos de negro.

Mi esposo.

Gabriel.

El mismo hombre al que había llorado durante cinco años.

El mismo cuyo coche apareció destrozado al fondo de un barranco, aunque jamás encontraron su cuerpo.

Lucía se acercó a la ventana.

—¿Ese es papá?

La marca negra de su palma comenzó a brillar.

—No toques nada —le pedí.

Demasiado tarde.

Sus dedos rozaron el cristal.

Una línea plateada se extendió por la ventana como una raíz congelada. En cuestión de segundos, el vidrio se transformó en una lámina metálica cubierta de bordes afilados.

Toda la casa crujió.

Las vigas se endurecieron, los muebles perdieron su forma y decenas de hojas de acero surgieron de las paredes.

Gabriel levantó una mano desde el jardín.

—¡Elena, escúchame! ¡Si Lucía pierde el control, no quedará nada en pie!

Sentí que la rabia desplazaba al miedo.

—¡Llevas cinco años muerto!

—No puedo explicarlo desde aquí.

—Entonces empieza por decirme quiénes son esos hombres.

Gabriel miró a los vehículos negros.

—No están conmigo.

Uno de los agentes se acercó a él y le apoyó un arma en la espalda.

—Abra la puerta —ordenó—. O entraremos por la fuerza.

Lucía me apretó la muñeca.

—Mamá, el señor malo quiere llevarme.

—Nadie va a llevarte.

El hombre que sujetaba a Gabriel sonrió.

—Eso mismo dijo su madre hace treinta años.

Mi respiración se detuvo.

—¿Conoció a mi madre?

—Todos conocimos a Isabel Vega.

Sacó una insignia metálica del interior de su chaqueta. Tenía grabado el mismo símbolo que aparecía en la caja negra: un círculo atravesado por tres espadas.

—Su familia nos pertenece desde hace generaciones.

—Mi hija no pertenece a nadie.

—La niña no es solo su hija.

Gabriel intentó girarse, pero el agente aumentó la presión del arma contra su espalda.

—No les creas, Elena —gritó—. Si abres esa puerta, no volverás a verla.

Lucía retrocedió.

El suelo respondió a su miedo.

Las baldosas se levantaron y se fundieron en una barrera de acero que bloqueó la entrada.

En el exterior, los agentes comenzaron a desplegar cables y extraños dispositivos.

Uno de ellos colocó una máquina junto a la pared. Emitía una vibración tan intensa que las hojas metálicas de la casa temblaron.

Lucía se llevó las manos a los oídos.

—Me duele.

—¿Qué están haciendo? —grité.

Gabriel forcejeó.

—Utilizan una frecuencia que debilita el metal creado por ella.

La barrera de la puerta comenzó a agrietarse.

Tomé la caja negra.

En cuanto mis dedos tocaron su superficie, una voz susurró detrás de mí.

—No permitas que la despierten.

Me giré.

Mi madre estaba de pie en medio de la habitación.

No era un reflejo ni una sombra.

Llevaba el mismo vestido azul con el que fue enterrada.

Su rostro era pálido, casi transparente, y una marca negra cubría su mano derecha.

—Mamá…

Lucía la miró sin sorpresa.

—Te dije que había salido de la caja.

Quise acercarme, pero mi madre levantó una mano.

—Solo queda una parte de mí. La caja conserva recuerdos, no personas.

—¿Quiénes son esos hombres?

—Los custodios del Círculo.

—¿Por qué quieren a Lucía?

Mi madre observó a su nieta.

—Porque creen que ella puede crear el arma que llevan siglos buscando.

Un golpe sacudió la entrada.

Las hojas de acero comenzaron a romperse.

—No tenemos mucho tiempo —dijo mi madre—. Debes encontrar la habitación de la fotografía.

—¿Dónde está?

—Debajo de esta casa.

Sentí un escalofrío.

—Vivimos aquí desde hace siete años. No hay ningún sótano.

—Esta no es la primera casa construida en este lugar.

Señaló la vieja chimenea.

—Presiona la piedra con forma de media luna.

Corrí hacia ella.

La pared estaba cubierta de acero, pero entre las placas metálicas distinguí una piedra oscura. La presioné.

Se escuchó un mecanismo bajo el suelo.

La estantería se desplazó lentamente y reveló una escalera descendente.

Un olor a humedad y hierro subió desde la oscuridad.

—Baja con Lucía —ordenó mi madre.

—¿Y Gabriel?

Su expresión cambió.

—No confíes en él hasta que te muestre la cicatriz.

—¿Qué cicatriz?

La figura de mi madre comenzó a desvanecerse.

—La que recibió la noche en que intentó matarte.

Después desapareció.


Lucía y yo descendimos por la escalera.

La entrada se cerró sobre nuestras cabezas justo cuando los agentes derribaron la puerta principal.

Oí botas recorriendo la casa.

—¡Registrad todas las habitaciones!

—¡La niña debe permanecer viva!

Encendí la linterna del teléfono que había evitado tocar con la mano marcada. Lucía caminaba delante de mí, respirando con dificultad.

—Mamá, ¿papá intentó hacerte daño?

—No lo sé.

—La abuela dijo que sí.

—La abuela guardó demasiados secretos.

La escalera terminaba en un pasillo de piedra.

En las paredes había nombres grabados junto a fechas.

Reconocí el de mi madre.

ISABEL VEGA — 1968

Debajo aparecía el mío.

ELENA VEGA — 1993

Y más adelante:

LUCÍA VEGA — 2021

Me detuve.

—Tu nombre estaba aquí antes de que compráramos la casa.

Lucía señaló una inscripción casi borrada.

—Hay otro.

Limpié el polvo.

SOFÍA VEGA — 2021

La misma fecha que Lucía.

—¿Quién es Sofía? —preguntó mi hija.

No pude responder.

Al final del pasillo encontramos una puerta metálica.

Lucía apoyó la palma sobre ella.

La marca brilló y la puerta se abrió como si reconociera su sangre.

La habitación era exactamente la de la fotografía.

Había cientos de espadas clavadas en las paredes, pero ninguna había sido fabricada de manera normal. Algunas conservaban restos de objetos cotidianos: una cuchara deformada, el marco de una ventana, una muñeca de porcelana cubierta de metal.

En el centro había dos cunas.

Una llevaba el nombre de Lucía.

La otra, el de Sofía.

Me acerqué con las piernas temblorosas.

Dentro de la segunda cuna encontré una pulsera hospitalaria.

BEBÉ 2 — ELENA VEGA

—Yo solo tuve una hija —susurré.

Lucía tomó la pulsera.

—¿Tuve una hermana?

Antes de que pudiera contestar, una pantalla antigua se encendió al fondo de la habitación.

Apareció mi madre.

Esta vez no era una aparición, sino una grabación.

—Elena, si has llegado hasta aquí, significa que Lucía tocó la caja y que el Círculo ha regresado.

La imagen tembló.

—Te mentí durante años. No heredaste el poder porque no eras mi hija menor. Tu hermana Clara nació siete minutos después que tú.

Recordé un nombre que no escuchaba desde la infancia.

Clara.

Mi madre siempre dijo que había sido una prima que murió siendo niña.

—El poder pasó a ella —continuó la grabación—. El Círculo se la llevó cuando tenía seis años. Prometieron enseñarle a controlarlo. En realidad, la utilizaron para crear armas.

En la pantalla aparecieron imágenes de una niña encerrada en una habitación blanca, obligada a tocar objetos mientras varios científicos observaban.

Cada objeto se convertía en acero.

—Clara escapó a los diecisiete años. Para impedir que la encontraran, fingimos su muerte y cambiamos su identidad.

Apareció una fotografía de Clara adulta.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

Era Victoria Salcedo.

La mujer que había trabajado como enfermera durante mi embarazo.

La mujer que estuvo conmigo cuando di a luz.

—Victoria era mi tía —murmuró Lucía.

La grabación continuó.

—Clara regresó cuando supo que estabas embarazada. Temía que tu hija heredara el poder. Pero en la ecografía descubrió algo que nadie esperaba.

La pantalla mostró dos siluetas diminutas.

Gemelas.

Me aferré a la mesa.

—Eso es imposible. Todos mis controles mostraban un solo bebé.

—Porque Clara manipuló los informes —dijo mi madre en la grabación—. Una de las niñas presentaba la marca antes de nacer. El Círculo habría venido por ambas.

Lucía miró la cuna vacía.

—Sofía sí existió.

—El día del parto, Clara sacó a una de las niñas del hospital. Yo la ayudé.

—¿Dónde está? —pregunté, aunque sabía que la grabación no podía responderme.

La imagen de mi madre pareció mirarme directamente.

—Gabriel se llevó a Sofía.

El suelo tembló bajo nuestros pies.

Los agentes habían encontrado la entrada.

—Tu esposo no murió —continuó mi madre—. Pertenecía al Círculo antes de conocerte. Su misión era vigilar tu embarazo.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

Cada recuerdo con Gabriel se volvió sospechoso.

Nuestra primera cita.

Nuestra boda.

La noche en que sostuvo a Lucía y prometió que nunca permitiría que nada le ocurriera.

—Pero se enamoró de ti —añadió mi madre—. Y cuando recibió la orden de entregar a las niñas, intentó escapar.

La pantalla mostró una grabación de seguridad del hospital.

Gabriel salía por una puerta trasera con un bebé envuelto en una manta. Clara corría detrás de él.

Después apareció otro hombre.

El mismo que ahora dirigía a los agentes en nuestra casa.

Disparó contra Gabriel.

La imagen se interrumpió.

—Gabriel sobrevivió y logró ocultar a Sofía. El Círculo lo persiguió durante cinco años. Si ha regresado, existen dos posibilidades: viene a proteger a Lucía… o finalmente lo han obligado a entregarla.

La pantalla se apagó.

En el exterior de la habitación, alguien comenzó a golpear la puerta.

—¡Elena! —gritó Gabriel—. ¡Abre! ¡Soy yo!

Lucía me miró.

—La abuela dijo que debía enseñarte una cicatriz.

—Retrocede.

Tomé una de las espadas de la pared utilizando un trozo de tela. Era pesada, pero conseguí levantarla.

—¡Enséñame la cicatriz! —grité.

Hubo silencio.

Después escuché el sonido de una cremallera.

Una pequeña cámara se deslizó por debajo de la puerta.

En la pantalla apareció Gabriel levantándose la camisa.

Una cicatriz larga atravesaba su pecho desde el hombro hasta las costillas.

Pero no parecía una herida de bala.

Parecía el corte de una hoja.

—Tu hermana Clara me atacó aquella noche —dijo—. Pensó que iba a entregar a las niñas.

—Mi madre dijo que intentaste matarme.

Gabriel cerró los ojos.

—No fui yo.

—Ella dijo que recibiste la cicatriz cuando intentaste hacerlo.

—La noche del parto te administraron un sedante. Empezaste a despertar mientras Clara sacaba a Sofía de la habitación. Ella quiso eliminarte para proteger el secreto.

Me faltó el aire.

—¿Mi propia hermana intentó matarme?

—Yo me interpuse. Su mano tocó mi pecho y convirtió parte de mi ropa en una hoja. Por eso tengo la cicatriz.

—¿Dónde está Sofía?

Gabriel no respondió.

—¡Dime dónde está mi hija!

—A salvo.

—Eso no es una respuesta.

—No puedo revelar su ubicación mientras los agentes sigan aquí.

El hombre del exterior habló detrás de Gabriel.

—Se acabó el tiempo.

Escuché un golpe.

Gabriel cayó frente a la cámara.

El líder de los agentes apareció en la pantalla.

—Mi nombre es Adrián Salcedo.

Me quedé inmóvil.

Salcedo.

El apellido que utilizaba mi hermana Clara.

—¿Qué relación tiene con Victoria?

—Era mi esposa.

Lucía se aferró a mí.

—¿Mi tía estaba casada con él?

Adrián sonrió.

—Clara no solo escapó del Círculo. Regresó años después y se convirtió en una de nuestras mejores investigadoras.

—Mi madre dijo que la obligaban.

—Su madre prefería historias sencillas. Clara comprendió que aquel poder podía cambiar el mundo.

—Creaban armas.

—Creamos defensas.

Se acercó a la cámara.

—Su hermana murió intentando controlar una energía que Lucía posee de forma natural. La niña es la evolución que llevamos décadas esperando.

—No se la entregaré.

—Entonces saldré con la otra.

Sentí un frío intenso.

—¿Qué otra?

Adrián hizo una señal.

Dos agentes arrastraron a una niña frente a la cámara.

Tenía cinco años.

El cabello oscuro.

Los ojos de Gabriel.

Y mi rostro.

Llevaba una pulsera metálica alrededor del cuello.

—Mamá… —susurró.

Las piernas dejaron de sostenerme.

Era Sofía.

Mi segunda hija.

Estaba viva.

Lucía se acercó a la pantalla.

Las dos niñas se observaron.

Eran idénticas, salvo por un detalle.

La marca de Sofía estaba en la mano izquierda.

La de Lucía, en la derecha.

—Suéltenla —dije.

—Abra la puerta.

—Si lo hago, se llevará a las dos.

—Solo necesitamos a Lucía.

Sofía negó rápidamente con la cabeza.

—No le creas, mamá. Quiere juntarnos.

Adrián tiró de la cadena unida al collar.

La niña cayó de rodillas.

—¡No la toque!

Las paredes de la habitación vibraron.

Lucía levantó ambas manos.

—Voy a abrir.

La sujeté.

—No.

—Es mi hermana.

—Precisamente por eso debemos pensar.

Lucía me miró con lágrimas en los ojos.

—Ella ha estado sola durante cinco años.

Aquellas palabras destruyeron cualquier argumento.

Presioné el mecanismo de la puerta.

El metal se retiró lentamente.

Adrián entró sujetando a Sofía.

Detrás de él, dos agentes arrastraban a Gabriel inconsciente.

—Una decisión razonable —dijo.

Sofía intentó correr hacia mí, pero el collar se tensó.

—Quíteselo.

—Cuando terminemos.

—¿Qué quiere que hagan?

Adrián colocó la caja negra sobre una mesa.

—Las gemelas deben tocarla al mismo tiempo.

Gabriel abrió los ojos.

—¡No lo hagáis!

Uno de los agentes lo golpeó en el estómago.

—¿Qué ocurrirá? —pregunté.

Adrián observó las espadas de la habitación.

—Hasta ahora, cada mujer de su familia solo podía transferir el poder a su hija menor. Pero sus niñas nacieron con siete minutos de diferencia y comparten la misma carga.

—Lucía transforma lo que toca.

—Sofía hace lo contrario.

Miré a la niña.

—¿Qué significa eso?

Sofía alzó la mano izquierda.

Uno de los agentes le acercó un cuchillo.

Cuando ella lo tocó, el metal perdió su dureza y se convirtió en polvo gris.

—Ella destruye el acero —explicó Adrián—. Lucía lo crea. Juntas pueden reconstruir cualquier material a voluntad.

—Por eso las separaron.

—Porque su madre y Clara temían lo que podían llegar a ser.

Gabriel consiguió levantarse.

—No quieren estudiar su poder. Quieren utilizarlo para despertar la Cámara.

Adrián lo miró con desprecio.

—Sigues sin comprender nada.

—¿Qué Cámara? —pregunté.

Señaló el suelo.

—La que se encuentra debajo de esta habitación.

Los agentes retiraron una alfombra metálica.

Debajo apareció un círculo grabado con nombres de mujeres.

En el centro había dos huecos con forma de manos infantiles.

—Esta casa se construyó sobre una estructura mucho más antigua —continuó Adrián—. El poder de su familia no comenzó con una caja. Comenzó con algo enterrado aquí hace siglos.

Lucía miró el círculo.

—Está llamándonos.

Sofía asintió.

—Yo también lo escucho.

Un sonido grave recorrió la habitación.

No provenía de ninguna máquina.

Venía de las profundidades.

Adrián empujó a Sofía hacia el círculo.

—Colocad las manos.

—No —dije.

Uno de los agentes apuntó a Gabriel.

—Si se niegan, su padre morirá por segunda vez.

Lucía tomó mi mano.

La marca de su palma se extendió por mis dedos, pero esta vez no me produjo dolor.

Escuché su voz dentro de mi cabeza.

Confía en nosotras.

Miré a Sofía.

Ella también me escuchó.

Mamá, cuando toquemos el suelo, corre hacia papá.

No sabía cómo podían hablarme sin mover los labios.

Pero asentí.

Las niñas ocuparon sus posiciones.

Lucía colocó la mano derecha en uno de los huecos.

Sofía apoyó la izquierda en el otro.

El círculo se iluminó.

Toda la habitación comenzó a transformarse.

Las espadas se derritieron.

Las paredes se cubrieron de placas negras.

Los agentes perdieron sus armas cuando el metal se convirtió en polvo.

Corrí hacia Gabriel.

Adrián intentó sujetar a Sofía, pero una columna de acero surgió del suelo y lo lanzó contra la pared.

—¡Detenedlas! —gritó.

Era demasiado tarde.

El círculo se abrió.

Una corriente de aire helado ascendió desde una cámara oculta.

En el fondo había una figura encerrada dentro de un bloque de cristal negro.

Era una mujer.

Llevaba décadas allí, pero su rostro no mostraba señales de envejecimiento.

Lucía y Sofía retiraron las manos.

—¿Quién es? —pregunté.

Adrián comenzó a reír.

—La primera portadora.

El cristal se agrietó.

Gabriel se puso de pie con dificultad.

—Tenemos que salir.

—¿Por qué?

—Porque el Círculo nunca quiso que las niñas fabricaran armas.

La mujer dentro del cristal abrió los ojos.

Eran completamente plateados.

—Querían que la liberaran.

Una explosión sacudió la cámara.

El cristal se rompió y una onda metálica atravesó la habitación.

Todo lo que tocó se convirtió en hojas de acero: las máquinas, la ropa de los agentes, incluso el polvo suspendido en el aire.

Adrián cayó de rodillas.

—Madre —susurró.

La mujer salió del bloque.

Miró a Lucía.

Después a Sofía.

—Por fin habéis regresado.

Me interpuse frente a mis hijas.

—No se acerque.

La mujer inclinó la cabeza.

—Tienes los ojos de Isabel, pero no su poder.

—¿Quién es usted?

—Mi nombre dejó de importar hace siglos.

Extendió una mano hacia las gemelas.

—Ellas me conocen.

Lucía negó.

—Nunca te hemos visto.

—No con esos cuerpos.

Sofía retrocedió.

—Mamá, hay algo dentro de ella.

La mujer sonrió.

—Muy inteligente.

Su piel comenzó a agrietarse.

Debajo no había carne.

Había miles de finísimas hojas metálicas moviéndose como escamas.

—Durante generaciones —dijo—, mi conciencia pasó de madre a hija. Cada niña menor recibía una parte de mí.

Recordé la advertencia escrita en la fotografía.

El poder no pertenece a la madre. Siempre pasa a la hija menor.

No hablaba de una herencia.

Hablaba de una presencia.

—Usted estaba dentro de mi madre.

—Solo un fragmento.

—¿Y ahora está dentro de Lucía?

—Dentro de ambas.

Sofía comenzó a temblar.

La marca de su mano se movía bajo la piel.

Lucía gritó.

La suya también se extendió por el brazo.

La mujer abrió los brazos.

—Separadas, las niñas podían resistirme. Juntas, han completado el vínculo.

Adrián se arrastró hacia ella.

—Prometiste que el Círculo gobernaría a tu lado.

La mujer lo miró sin emoción.

Adrián se transformó en una estatua de acero antes de terminar la frase.

Cayó al suelo y se deshizo en cientos de piezas metálicas.

Los demás agentes huyeron.

Gabriel tomó a Sofía en brazos y yo sujeté a Lucía.

—¡Corred!

Subimos por el pasillo mientras la casa entera rugía.

Detrás de nosotros, la mujer avanzaba sin prisa.

No necesitaba perseguirnos.

Cada pared que tocaba se convertía en una extensión de su cuerpo.

Cuando alcanzamos el salón, el techo comenzó a derrumbarse.

Gabriel golpeó una ventana con una silla, pero el cristal ya era acero.

—Estamos atrapados.

Sofía apoyó la mano sobre la pared.

El metal se convirtió en polvo y abrió un agujero hacia el jardín.

Salimos segundos antes de que la casa colapsara.

Los vehículos negros estaban abandonados.

Gabriel nos condujo hasta uno de ellos.

—Subid.

—¿Dónde iremos? —pregunté.

—A un lugar donde las marcas no puedan comunicarse con ella.

Lucía cayó de rodillas.

Sus venas brillaban bajo la piel.

—Está hablando.

—¿Qué dice? —pregunté.

Mi hija levantó el rostro.

Cuando respondió, su voz no era únicamente la suya.

—Dice que una de nosotras debe desaparecer para que la otra sea libre.

Sofía se aferró a Gabriel.

—No voy a hacerle daño.

Lucía comenzó a llorar.

—No soy yo quien quiere hacerlo.

Su brazo derecho se transformó lentamente en una hoja plateada.

La punta quedó dirigida hacia el pecho de su hermana.

La sujeté con todas mis fuerzas.

—¡Lucía, mírame!

—No puedo detenerla.

—Sí puedes.

—Mamá, aléjate.

—No voy a perderte después de encontrarte.

—A mí nunca me perdiste —susurró.

La hoja continuó avanzando.

Sofía levantó la mano para destruirla, pero Gabriel la detuvo.

—Si utilizas tu poder contra ella, puedes destruir también su brazo.

—Entonces ¿qué hacemos?

La caja negra apareció entre los restos de la casa.

Flotaba sobre el suelo.

Se abrió.

La voz de mi madre salió de su interior.

—El poder siempre pasa a la hija menor.

Miré a las gemelas.

Sofía había nacido siete minutos después.

Ella era la menor.

La verdadera heredera.

—Lucía nunca debía tener la marca —comprendí.

Gabriel palideció.

—Clara transfirió una parte a Lucía para ocultar cuál de las niñas era la menor.

—Por eso ambas están conectadas.

Mi madre apareció una última vez junto a la caja.

—Solo existe una forma de romper el vínculo.

—Dímela.

—La madre debe recuperar lo que entregó.

—Yo nunca tuve el poder.

—Lo tuviste durante unos minutos al nacer. Antes de que Clara llegara al mundo y la herencia pasara a ella.

Extendí las manos.

—¿Cómo lo recupero?

Mi madre miró a las niñas.

—Tocándolas al mismo tiempo.

Gabriel negó.

—Eso puede matarla.

—También puede salvarlas.

No dudé.

Tomé la mano de Lucía con la derecha y la de Sofía con la izquierda.

El frío atravesó todo mi cuerpo.

Sentí acero creándose en un lado y desintegrándose en el otro.

Vi recuerdos que no eran míos.

Mi madre huyendo con Clara.

Gabriel sacando a Sofía del hospital.

Clara escondiendo la caja bajo nuestra casa.

Sofía creciendo en instalaciones subterráneas, obligada a destruir armas.

Lucía durmiendo junto a mí mientras una sombra plateada susurraba dentro de sus sueños.

Las marcas abandonaron las palmas de mis hijas.

Avanzaron por mis brazos y se encontraron en mi pecho.

Grité.

Durante un instante, todo quedó en silencio.

Después desperté sobre la hierba.

Gabriel estaba inclinado sobre mí.

—Elena.

Abrí los ojos.

Lucía y Sofía estaban abrazadas a pocos metros.

Sus manos ya no tenían marcas.

—¿Se terminó? —pregunté.

Gabriel miró mi palma.

La marca negra ahora estaba sobre mi piel.

—No.

La mujer de acero apareció entre los restos de la casa.

Se detuvo al verme.

Por primera vez, parecía sorprendida.

—Tú no eras la hija menor.

Me puse de pie.

La marca ardía, pero ya no sentía miedo.

—No.

Toqué uno de los vehículos.

El metal no se convirtió en una hoja.

Se dobló hasta formar un enorme escudo alrededor de mis hijas.

Sofía sonrió.

—Mamá puede elegir la forma.

La mujer retrocedió.

—Eso no debería ser posible.

—Quizá porque ninguna de las mujeres anteriores recuperó el poder por voluntad propia.

Gabriel se colocó junto a las niñas.

—Elena, no intentes enfrentarte sola.

—No estoy sola.

Lucía y Sofía apoyaron las manos en el escudo.

Aunque sus marcas habían desaparecido, el metal respondió a ellas.

La mujer lanzó una lluvia de hojas.

Levanté los brazos.

El escudo resistió.

Las hojas quedaron atrapadas en su superficie y comenzaron a deshacerse.

La figura de acero gritó.

Su cuerpo se fragmentó en miles de partículas que fueron absorbidas por la caja negra.

La tapa se cerró de golpe.

Todo terminó.

O eso creímos.

Gabriel recogió la caja utilizando una manta.

—Tenemos que destruirla.

—¿Cómo?

—El Círculo tenía una instalación en el norte. Allí existe un horno capaz de fundir metales que no pertenecen a este mundo.

Sofía se acercó a mí con timidez.

—¿Voy a vivir con vosotros?

Me arrodillé frente a ella.

Durante cinco años, aquella niña había crecido sin saber si volvería a vernos.

—Esta es tu familia.

Miró a Lucía.

—¿Compartiremos habitación?

—Solo si no roncas —respondió su hermana.

Sofía sonrió por primera vez.

Gabriel nos observó desde cierta distancia.

—Sé que no puedo regresar y fingir que nada ocurrió.

Me puse de pie.

—Me mentiste desde el día en que nos conocimos.

—Sí.

—Me ocultaste a mi hija.

—Si te hubiera contado dónde estaba, el Círculo habría leído tus recuerdos al tocarte.

—Podías haber encontrado otra forma.

—Lo intenté durante cinco años.

—Cinco años en los que Lucía creyó que su padre estaba muerto.

Él bajó la mirada.

—Aceptaré cualquier decisión que tomes. Pero primero debo ayudaros a destruir la caja.

Antes de que pudiera responder, un teléfono comenzó a sonar dentro de uno de los vehículos.

Gabriel contestó.

No dijo nada durante varios segundos.

—¿Quién es? —pregunté.

Me mostró la pantalla.

La llamada provenía de mi número.

Mi teléfono se encontraba dentro de la casa destruida.

Gabriel activó el altavoz.

Escuchamos la voz de mi madre.

—Elena, no llevéis la caja al horno.

Miré los escombros.

—Mamá, ¿dónde estás?

—La criatura no quedó atrapada. Solo abandonó su cuerpo.

La caja comenzó a vibrar bajo la manta.

—¿Dónde está entonces?

Hubo una interferencia.

Después, mi madre pronunció una frase que me hizo mirar inmediatamente a las gemelas.

—Cuando recuperaste el poder, abriste un lugar para ella dentro de ti.

Sentí un movimiento bajo la marca de mi palma.

Mis dedos se cerraron sin que yo lo ordenara.

La piel comenzó a adquirir un brillo plateado.

Lucía se acercó.

—Mamá…

Retrocedí.

—No me toques.

Una voz desconocida habló dentro de mi cabeza.

Tus hijas ya no me sirven.

Mi brazo se levantó lentamente.

La punta de mis dedos se transformó en cinco hojas afiladas.

Gabriel se colocó frente a las niñas.

—Elena, lucha contra ella.

Intenté detenerme.

No pude.

La voz volvió a susurrar:

Ahora tengo algo mucho mejor que dos niñas.

Mis piernas avanzaron hacia mi familia.

Tengo una madre dispuesta a destruir el mundo para protegerlas.

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