PARTE 2: LA FACTURA QUE NUNCA DEBIÓ EXISTIR

Alejandro dejó de intentar tomarle la mano.

—Mariana… eso no significa lo que piensas.

Ella guardó el teléfono con absoluta tranquilidad.

—Curioso.

Es exactamente la misma frase que me dijiste cuando pregunté por Camila hace seis meses.


Algunos pasajeros comenzaron a observar la escena.

La sobrecargo se acercó con discreción.

—¿Todo está bien?

Mariana sonrió con educación.

—Sí.

Es un asunto familiar.

No habrá ningún problema durante el vuelo.

La sobrecargo asintió y se retiró.


Camila intentó hablar.

—Licenciada Solís, yo puedo explicar…

Mariana la interrumpió.

—No.

Prefiero escuchar primero los documentos.

Las personas olvidan.

Los registros contables, normalmente, no.


El teléfono volvió a vibrar.

Era Lucía.

Mariana activó el altavoz.

—Encontramos la empresa.

Se constituyó hace once meses.

Camila Ríos aparece como administradora única.

Hasta ahora existen varias transferencias provenientes de proveedores vinculados con TransNorte.

Todo está siendo documentado.


Alejandro respiró hondo.

—Eso pertenece a la empresa.

No a mí.

Lucía respondió con calma.

—No estamos afirmando responsabilidades.

Solo verificando operaciones.

Pero hay algo más.


Mariana permaneció en silencio.

—¿Qué encontraron?

—La firma electrónica utilizada para autorizar varios documentos coincide con la tuya.

Sin embargo, los registros de acceso muestran que fue utilizada desde una dirección IP distinta a la de tu oficina.

Necesitamos revisar si existía autorización o si hubo un uso indebido de credenciales.


Alejandro cerró los ojos durante un instante.

Camila dejó de hablar por completo.


Mariana terminó la llamada.

Miró a su esposo.

—Anoche me preguntaste por qué cambié la contraseña del correo.

Ahora ya sabes.


Faltaban cuarenta minutos para aterrizar.

El avión continuaba avanzando entre las nubes mientras el silencio ocupaba los tres asientos de primera clase.


Veinte minutos después, otro mensaje llegó al teléfono de Mariana.

Lucía había enviado una copia de una factura.

Concepto:

“Servicios de consultoría estratégica.”

Monto:

4,850,000 pesos.

Proveedor:

La empresa administrada por Camila.


Mariana observó el documento.

—¿Reconoces esta factura?

Alejandro apenas la miró.

—No recuerdo todas las operaciones comerciales.

—Yo sí recuerdo una.

Ese mismo día tú me dijiste que TransNorte había perdido una licitación y necesitaba reducir gastos.


Él no respondió.


El comandante anunció el inicio del descenso hacia Monterrey.

Los pasajeros comenzaron a guardar computadoras y mesas plegables.

Mariana hizo lo mismo.

No volvió a discutir.

Eso inquietó todavía más a Alejandro.


Cuando el avión tocó pista, nadie podía levantarse todavía.

Los teléfonos comenzaron a recuperar señal.

En menos de un minuto entraron varios correos nuevos.

Lucía había seguido trabajando.

El último mensaje era mucho más breve.

“La revisión interna encontró otra coincidencia importante.”

Mariana abrió el archivo adjunto.

No era una factura.

Era el registro de acceso al sistema corporativo.

La noche anterior alguien había iniciado sesión utilizando su certificado digital.

Hora:

22:43.

Equipo utilizado:

Computadora registrada en la oficina regional de Monterrey.

Pero lo verdaderamente inesperado aparecía en la última columna.

Las cámaras de acceso del edificio registraban quién había utilizado ese equipo.

No figuraba Alejandro.

Tampoco Camila.

La tarjeta de ingreso pertenecía a otra persona.

Javier Mendoza.

El director financiero de TransNorte.

Mariana levantó lentamente la vista.

Durante todo el vuelo creyó haber descubierto una infidelidad y un posible fraude cometido por su esposo.

Ahora aparecía un tercer nombre.

Y si los registros eran correctos, significaba que alguien con un cargo mucho más alto también había participado en las operaciones que utilizaron indebidamente su firma electrónica.

La investigación acababa de volverse mucho más grande que un matrimonio roto.

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