PARTE 2: EL CONTRATO QUE ELLOS MISMOS IBAN A FIRMAR

Elena permaneció en silencio durante unos segundos.

—¿Vas a dejar que sigan sacando dinero?

Valeria negó lentamente.

—No.

Voy a dejar que crean que todavía pueden hacerlo.

Hay una diferencia.


La agente tomó algunas notas.

—¿Quiere presentar la denuncia hoy mismo?

—Sí.

Pero también quiero solicitar medidas de protección y preservar toda la evidencia digital antes de que alguien entre a la casa.

La agente asintió.

—Las grabaciones serán incorporadas conforme al procedimiento correspondiente.


Horas después, un médico documentó oficialmente las lesiones.

Labio lacerado.

Hematomas en el brazo.

Contusión en la espalda.

Todo quedó fotografiado e integrado al expediente.


Mientras tanto, Mauricio llegó a la constructora como si nada hubiera ocurrido.

Los inversionistas extranjeros ya estaban reunidos en la sala principal.

Ofelia repartía sonrisas.

—Mi nuera está indispuesta.

Yo me encargaré de representarla.


El director financiero se acercó con expresión preocupada.

—Licenciado…

Tenemos un inconveniente.

Algunas operaciones bancarias aparecen temporalmente suspendidas para verificación.

Mauricio frunció el ceño.

—¿Qué operaciones?

—Las cuentas principales de la empresa.


Él intentó minimizarlo.

—Seguramente es una revisión automática.

Continuemos con la reunión.


A las once de la mañana, Elena llegó al juzgado mercantil.

Presentó una solicitud urgente para proteger determinados activos societarios mientras se resolvía la controversia sobre la administración de la empresa.

No pidió transferir la propiedad.

Solo evitar que siguieran disponiendo libremente del patrimonio.


Ese mismo mediodía, Valeria recibió una llamada desde la clínica.

—Los documentos que solicitó ya están listos.

Era una copia certificada del expediente sucesorio de su padre.

Dentro aparecía un detalle que nadie había revisado durante años.

Una cláusula incorporada al fideicomiso familiar.


Valeria leyó lentamente.

Su padre había previsto que, si alguna vez existían indicios razonables de fraude contra el patrimonio familiar, el administrador independiente del fideicomiso podía suspender temporalmente las facultades de representación otorgadas a cualquier directivo hasta concluir una auditoría.

Ni Mauricio.

Ni Ofelia.

Parecían haber recordado aquella disposición.


Esa tarde, Mauricio recibió otra noticia.

El notario encargado de formalizar un importante contrato de compraventa llamó personalmente.

—Licenciado, antes de firmar necesitamos aclarar un asunto sobre sus facultades de representación.

Mauricio sonrió con seguridad.

—No habrá problema.

Tengo todos los poderes.

El notario respondió con calma.

—Precisamente sobre eso necesitamos hablar.

Acabamos de recibir una notificación del fideicomiso.

Hasta que concluya la revisión solicitada, ninguna operación extraordinaria podrá firmarse únicamente con su autorización.


Por primera vez en mucho tiempo, Mauricio dejó de sonreír.


En el hospital, Elena observó a Valeria.

—Ya no pueden mover fácilmente el dinero.

¿Ahora qué?

Valeria miró la carpeta donde descansaban las grabaciones de las cámaras.

—Ahora esperamos.

—¿A qué?

—A que crean que todavía tienen tiempo.

Las personas que falsifican documentos rara vez se detienen cuando aparece el primer obstáculo.

Intentan arreglarlo.

Fabrican nuevas firmas.

Mueven más dinero.

Cometen errores.


Al caer la noche sonó el teléfono de Ofelia.

—Valeria…

Hija.

Tenemos que hablar.

Todo esto debe ser un malentendido.

Valeria escuchó sin responder.

Del otro lado, Ofelia añadió con una voz sorprendentemente amable:

—Mañana ven a la casa.

Podemos resolver esto en familia.

Valeria terminó la llamada.

Después abrió el correo electrónico que acababa de llegar.

No provenía de Mauricio.

Ni de Ofelia.

Era del administrador independiente del fideicomiso de su padre.

El asunto decía únicamente:

“Hemos revisado el material audiovisual remitido por su abogada. Además de las agresiones, encontramos algo que usted probablemente aún no ha visto.”

Valeria abrió el archivo adjunto.

No era la grabación de las tres de la madrugada.

Era un video captado por otra de las cámaras de la casa, varias horas antes.

En él aparecían Mauricio y Ofelia entrando al despacho privado de don Ernesto.

Y lo que colocaban sobre el escritorio no era dinero ni documentos de la empresa.

Era un testamento original que, según los archivos oficiales, llevaba dos años desaparecido.

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