Parte 2: “La esposa equivocada”


El mármol del vestíbulo reflejaba la tensión como un espejo cruel.

Lucas Sterling no era un hombre que llegara tarde.

Nunca.

Y, sin embargo, ahí estaba, de pie frente a Damian Blackwood, respirando como si hubiera corrido kilómetros para alcanzar algo que ya no le pertenecía.

—Quítate del medio —dijo Lucas, con la voz baja, peligrosa—. Voy a hablar con Valeria.

Damian no se movió.

Ni un centímetro.

—Ya lo estás haciendo —respondió con calma—. Todo lo que tengas que decirle, puedes decírmelo a mí.

Lucas apretó la mandíbula.

—No eres nada en esta historia.

Damian sonrió apenas.

—Curioso. Porque hace unas horas, según un documento legal, me convertí exactamente en lo contrario.

Lucas dio un paso adelante.

—Ese matrimonio no significa nada.

—Significa todo lo que tú decidiste ignorar durante siete años.

El silencio se tensó entre ambos como una cuerda a punto de romperse.


Arriba, en la suite, yo estaba despierta.

No había dormido.

No después de la llamada.

No después de escuchar cómo mi pasado se desmoronaba frente a cientos de invitados… mientras yo, por primera vez, no sentía ganas de volver atrás.

Miré la ciudad desde el ventanal.

—Está aquí, ¿verdad? —pregunté sin girarme.

Damian, apoyado contra la pared, no se sorprendió.

—Sí.

—Sabía que vendría.

—No por amor —añadió él—. Por orgullo.

Sonreí con amargura.

—Siempre fue así.

Damian se acercó.

Sentí su presencia antes de verlo.

—Aún puedes decidir —dijo—. Si quieres hablar con él, lo traeré aquí.

Negué con la cabeza.

—No.

Me giré por fin.

—Siete años, Damian.

Mi voz no tembló.

—Siete años en los que nunca dudó en cambiarme por alguien “más conveniente”.

Él no respondió.

Solo me observó.

—No quiero explicaciones —continué—. Quiero consecuencias.

Algo en sus ojos cambió.

—Entonces estás lista.

—¿Para qué?

Damian sacó su teléfono.

—Para terminar lo que empezaste al entrar a mi casa.

Marcó un número.

—Activen el paquete Foster.


Abajo, en el vestíbulo, el teléfono de Lucas vibró.

Luego otro.

Y otro más.

Frunció el ceño al leer los mensajes.

—¿Qué demonios…?

Damian lo observaba en silencio.

—¿Problemas? —preguntó con suavidad.

Lucas levantó la vista.

—¿Qué hiciste?

—Nada que no fuera inevitable.

Lucas desbloqueó una de las notificaciones.

Su rostro cambió.

Color.

Expresión.

Todo.

—Las acciones… —murmuró—. Eso es imposible.

—No lo es —respondió Damian—. Cuando expulsaste a Valeria, también la liberaste.

Otro mensaje.

Esta vez, una llamada.

Lucas contestó.

—¿Qué pasa?

Del otro lado, una voz nerviosa:

—Señor Sterling, las acciones que creíamos aseguradas… han sido transferidas. Alguien tiene el control mayoritario.

Lucas apretó el teléfono.

—¿Quién?

El silencio al otro lado duró un segundo.

—Valeria Foster.


El mundo no se detuvo.

Pero para Lucas, lo hizo.

—Eso es mentira.

—No —intervine.

Mi voz llegó desde las escaleras.

Ambos levantaron la mirada.

Bajé despacio.

Sin prisa.

Sin miedo.

Por primera vez en mucho tiempo.

—Es la primera verdad que escuchas en años.

Lucas me miró como si estuviera viendo a otra persona.

Quizá lo estaba.

—Valeria… yo…

—No —lo corté—. No empieces ahora.

Llegué al último escalón.

—No quiero disculpas.

—Entonces dime qué quieres —dijo, desesperado—. Puedo arreglar esto.

Lo miré.

Realmente lo miré.

Y entendí algo con absoluta claridad.

Nunca lo había amado como creía.

Había amado la idea de estabilidad.

De pertenecer.

—Ya lo arreglé —respondí.

Tomé la mano de Damian.

—Elegí.

Lucas retrocedió un paso.

—No puedes estar hablando en serio.

Damian entrelazó sus dedos con los míos.

Firme.

Sin dudar.

—Llega tarde otra vez, Sterling.


Elena llamó esa misma tarde.

Llorando.

Suplicando.

Diciendo que todo había sido un malentendido.

No contesté.

Mis padres enviaron mensajes.

Luego amenazas.

Luego silencio.

Tampoco respondí.


Esa noche, en la misma suite donde todo había cambiado, me senté frente a Damian.

—Seis meses —le recordé.

Él negó suavemente.

—Eso dijiste.

—¿Y tú?

Se acercó.

Demasiado.

—Yo nunca hago tratos temporales.

Mi corazón dio un golpe.

—Damian…

Él levantó mi mano.

Besó la alianza.

—Te esperé siete años.

Sus ojos no tenían rastro de duda.

—No voy a perderte en seis meses.

Y por primera vez…

No quise escapar.

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