Parte 2:La Llamada Que Derrumbó Su Imperio

El teléfono de Darío no dejaba de sonar.

Una llamada.

Dos.

Cinco.

Diez.

Las notificaciones aparecían una tras otra.

Su sonrisa desapareció lentamente.

—¿Qué demonios…?

Ximena dejó de sonreír.

Por primera vez desde que comenzó aquella pesadilla.

Mariana seguía en el suelo.

Con la espalda ardiendo.

Con lágrimas mezcladas con sangre en los labios.

Pero también con algo que no había sentido en años.

Paz.

Porque sabía exactamente quién acababa de contestar aquella llamada.

Su padre.

El hombre al que Darío siempre llamó “el viejo retirado”.

El hombre que fingía vivir discretamente en una hacienda cerca de Querétaro.

El hombre al que jamás se molestó en conocer realmente.

Y el error más grande de toda su vida.

El teléfono volvió a sonar.

Darío respondió irritado.

—¿Qué pasa?

Escuchó.

Y el color abandonó su rostro.

—¿Cómo que cancelaron la operación?

Silencio.

—Eso es imposible.

Escuchó nuevamente.

—No. Mañana mismo lo soluciono.

Colgó.

Inmediatamente volvió a sonar.

Otro director.

Otro socio.

Otra emergencia.

La misma historia.

Otro proyecto detenido.

Otra inversión congelada.

Otro banco retirando respaldo financiero.

Ximena comenzó a inquietarse.

—Darío…

Él no respondió.

Porque ahora estaba revisando los correos que entraban uno tras otro.

Notificaciones.

Cancelaciones.

Suspensiones.

Auditorías.

Bloqueos.

La pantalla parecía una cascada de malas noticias.

Mariana observó en silencio.

Tal como su padre le había pedido durante años.

Porque aquella conversación la habían tenido muchas veces.

—¿Por qué sigues con él? —le preguntaba siempre.

—Porque lo amo.

—El día que deje de merecer ese amor, llámame.

Y esa noche había llegado.

Darío abrió uno de los correos.

Lo leyó.

Luego volvió a leerlo.

Y sintió que las piernas le fallaban.

—No…

La voz apenas le salió.

Ximena se acercó.

—¿Qué ocurre?

Darío levantó lentamente la vista.

—Nos sacaron del proyecto Santa Fe.

El silencio cayó sobre la mansión.

Aquello era imposible.

Aquel proyecto representaba más de la mitad de sus ingresos futuros.

La obra que presumía en cada entrevista.

La joya de su imperio.

Y acababa de desaparecer.

Pero eso solo era el principio.

Porque segundos después llegó otro mensaje.

Luego otro.

Y otro más.

Cada uno peor que el anterior.

Un banco canceló una línea de crédito.

Después otro.

Luego un fondo internacional retiró capital.

Y finalmente llegó la noticia que terminó de destruirlo.

La empresa matriz suspendía todas las operaciones hasta nueva revisión.

Darío dejó caer el teléfono.

—¿Qué está pasando?

Mariana levantó lentamente la mirada.

Y respondió por primera vez.

—Mi padre está dejando de protegerte.

El silencio fue absoluto.

Ximena soltó una risa nerviosa.

—¿Tu padre?

Darío también quiso reír.

Pero no pudo.

Porque acababa de recordar algo.

Algo que siempre ignoró.

Todos los contratos importantes.

Todos los contactos políticos.

Todas las reuniones imposibles de conseguir.

Todas las puertas que se abrían misteriosamente.

Todo comenzó después de casarse con Mariana.

Nunca antes.

Nunca.

Su respiración se aceleró.

—No…

Mariana lo observó.

—¿Sabes cuál fue tu problema?

Darío no respondió.

—Creíste que construiste todo esto solo.

La puerta principal se abrió.

Y varios hombres de traje entraron acompañados por una mujer elegante de cabello plateado.

Ximena retrocedió.

Darío sintió un escalofrío.

Porque reconoció inmediatamente a aquella mujer.

Era la presidenta del consejo que controlaba buena parte de los proyectos inmobiliarios del país.

La misma mujer que jamás aceptaba reuniones privadas.

La misma que había rechazado verlo durante años.

Y que ahora caminaba directamente hacia Mariana.

Al llegar frente a ella, inclinó ligeramente la cabeza.

Un gesto de respeto.

No hacia Darío.

Hacia Mariana.

—Señorita Solís.

Hemos recibido instrucciones de su padre.

La sangre desapareció del rostro de Darío.

Porque en ese instante comprendió algo aterrador.

No estaba casado con una mujer afortunada.

No estaba casado con una esposa común.

Había estado casado durante cuatro años con la heredera de la familia que sostenía silenciosamente gran parte de los negocios que él presumía como propios.

Y acababa de perderla para siempre.

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