Mateo se quedó inmóvil.
El teléfono seguía en su mano.
La pantalla mostraba el nombre de Fernanda una y otra vez.
Firmas.
Transferencias.
Autorizaciones.
Registros modificados.
Todo apuntaba hacia ella.
Y ahora estaba allí.
Parada en la puerta.
Sonriendo.
Como si acabara de entrar a una cena y no a una escena que podía destruir varias vidas.
—¿Qué significa esto? —preguntó Mateo.
Fernanda cerró la puerta detrás de ella.
Despacio.
Tranquila.
Demasiado tranquila.
—Significa que Samuel cobra demasiado por información incompleta.
Mateo sintió un escalofrío.
—¿Incompleta?
—Sí.
Porque estás viendo una parte de la historia.
Ella avanzó hacia el escritorio.
Tomó el expediente.
Lo hojeó.
Y después levantó la mirada.
—¿De verdad crees que Renata es una santa?
Mateo no respondió.
Porque por primera vez ya no sabía qué creer.
Durante un año había estado completamente seguro.
Ahora no estaba seguro de nada.
Fernanda suspiró.
—Todo esto empezó mucho antes de que aparecieran esos niños.
—No cambies de tema.
—No lo estoy cambiando.
Lo estoy explicando.
Mateo golpeó el escritorio.
—¡Responde!
¿Pagaste para bloquear las llamadas del hospital?
Por primera vez la sonrisa desapareció.
Solo un segundo.
Pero Mateo lo vio.
Y eso fue suficiente.
—Sí.
La palabra cayó como una bomba.
El silencio se volvió insoportable.
—¿Qué?
—Escuchaste bien.
Sí.
Mateo sintió que la sangre abandonaba su rostro.
—¿Por qué?
Fernanda cruzó los brazos.
—Porque tú estabas reconstruyendo tu vida.
—Ella estaba embarazada.
—Según ella.
Mateo dio un paso hacia atrás.
Aquella respuesta sonó horrible incluso para quien la decía.
—¿Según ella?
—Nunca hubo prueba de que esos niños fueran tuyos.
—¡Claro que la hubo!
—No.
La interrumpió.
Porque en realidad nunca la hubo.
Nadie hizo pruebas.
Nadie investigó.
Nadie escuchó.
Simplemente asumieron.
Y ese pensamiento empezó a destruirlo por dentro.
Fernanda lo observó durante unos segundos.
Luego dijo algo que terminó de cambiarlo todo.
—Además, yo no fui la primera persona que quiso mantenerla lejos de ti.
Mateo levantó la cabeza.
—¿Qué significa eso?
Fernanda tardó unos segundos en responder.
—Significa que cuando Renata llegó al hospital, alguien ya había dado instrucciones para no contactarte.
El corazón de Mateo comenzó a golpear con fuerza.
—¿Quién?
Fernanda bajó la mirada.
Y sonrió.
Pero esta vez no fue una sonrisa de victoria.
Fue una sonrisa amarga.
Como la de alguien que llevaba demasiado tiempo guardando un secreto.
—Tu madre.
El mundo pareció detenerse.
—No.
—Sí.
—Estás mintiendo.

—Ojalá.
Mateo recordó de inmediato las visitas constantes de doña Teresa.
Sus comentarios.
Sus acusaciones.
Su odio inexplicable hacia Renata.
Las veces que insistió en que aquella mujer había destruido la familia.
Las veces que celebró el divorcio.
Las veces que empujó a Fernanda hacia él.
Y por primera vez empezó a unir piezas.
Demasiadas piezas.
—No…
Fernanda dejó el expediente sobre el escritorio.
—Tu madre fue quien consiguió las fotografías del hotel.
—Las pruebas.
—Las supuestas pruebas.
Mateo sintió que las piernas le fallaban.
Porque recordaba perfectamente aquellas imágenes.
Renata entrando a un hotel de Zapopan.
Renata junto a otro hombre.
Renata desapareciendo durante horas.
Aquellas fotografías habían destruido su matrimonio.
—El hombre de las fotos era un médico.
La voz de Fernanda apenas era un susurro.
—¿Qué?
—El especialista que llevaba su tratamiento.
Mateo dejó caer una carpeta al suelo.
No.
No podía ser.
Simplemente no podía ser.
—Tu madre lo sabía.
—No.
—Sí lo sabía.
Y decidió usar esas imágenes para convencerte de que Renata te engañaba.
Mateo se apoyó en el escritorio.
Sentía que no podía respirar.
Porque si aquello era cierto…
Entonces no solo había perdido a Renata.
Había destruido a la madre de sus hijos.
Y lo había hecho con sus propias manos.
Justo en ese momento sonó su teléfono.
Era Samuel.
Mateo respondió de inmediato.
—Dime.
La voz del investigador sonaba más tensa que nunca.
—Mateo, encontré algo nuevo.
—¿Qué pasó?
—No hables por teléfono.
Ve a ver a Renata.
Ahora mismo.
Mateo frunció el ceño.
—¿Por qué?
Hubo un silencio.
Un silencio terrible.
Y después llegaron las palabras que hicieron que el corazón se le detuviera.
—Porque alguien acaba de sacar a los gemelos del lugar donde estaban viviendo.
Mateo sintió que el mundo desaparecía.
—¿Quién?
Samuel respiró profundamente.
—No lo sabemos.
Pero la última persona que preguntó por ellos fue tu madre.
Y ahora nadie sabe dónde están Renata ni los niños.