…un recordatorio permanente de todo lo que había perdido.
La silla era elegante.
Impecable.
Costosa.
Pero seguía siendo una prisión.
Santiago Velasco tenía cuarenta y nueve años.
Y dieciocho meses atrás había sobrevivido a un accidente automovilístico que le destrozó la columna, acabó con su movilidad parcial y destruyó mucho más que sus piernas.
Destruyó su confianza.
Su orgullo.
Y la familia que decía amarlo.
Elena observó la escena durante unos segundos.
Vidrios rotos.
Una botella caída.
Una fotografía familiar boca abajo sobre el piso.
Y en medio de todo aquello, un hombre que parecía estar peleando contra fantasmas invisibles.
Santiago levantó la vista.
Sus ojos eran más duros de lo que ella esperaba.
—¿Tú eres la nueva?
—Eso parece.
—Entonces ya puedes irte.
Elena dejó la maleta junto a la pared.
—Acabo de llegar.
—Y ya te estoy despidiendo.
—Qué eficiencia.
Santiago frunció el ceño.
Teresa le había advertido que el hombre era difícil.
Pero nadie le había dicho que también estaba acostumbrado a que todos obedecieran sin discutir.
—No estoy bromeando.
—Yo tampoco.
Elena caminó hasta una mesa lateral.
Tomó una escoba.
Y empezó a recoger los cristales rotos.
Santiago la observó incrédulo.
—¿Qué haces?
—Evitar que alguien se corte.
—Te dije que te fueras.
—Y yo decidí no hacerlo.
El silencio que siguió fue tan extraño que incluso Teresa, observando desde la puerta, abrió los ojos.
Porque durante dieciocho meses nadie había contradicho a Santiago Velasco.
Nadie.
Sus abogados le daban la razón.
Los médicos asentían.
Los empleados bajaban la cabeza.
Sus propios hijos evitaban discutir con él.
Era más fácil dejarlo ganar.
Más cómodo.
Más seguro.
Pero aquella mujer desconocida acababa de ignorar una orden directa como si no valiera nada.
—No sabes quién soy.
Elena levantó una ceja.
—Claro que lo sé.
—Entonces deberías entender que no tolero la desobediencia.
Ella terminó de recoger los últimos vidrios.
—¿Y tú entiendes que yo no tolero los berrinches?
Teresa casi dejó caer una bandeja.
Santiago quedó inmóvil.
Nadie.
Absolutamente nadie.
Le había hablado así en años.
—¿Me acabas de llamar berrinchudo?
—Lanzar vasos contra una pared porque estás enojado suele encajar bastante bien en la definición.
Por primera vez en mucho tiempo, algo parecido a la sorpresa apareció en el rostro del empresario.
Y después llegó la furia.
—Fuera.
—No.
—Fuera de mi casa.
—No.
—¿Por qué?
La respuesta llegó sin titubeos.
—Porque todos los demás ya te abandonaron.
Y alguien tiene que quedarse para decirte la verdad.
El golpe fue brutal.
Más brutal que cualquier insulto.
Porque era cierto.
Su esposa se había marchado seis meses después del accidente.
Sus dos hijos vivían en departamentos pagados por él y apenas llamaban una vez por semana.
Los socios que antes lo invitaban a todas las reuniones ahora tomaban decisiones sin consultarlo.
Incluso algunos familiares empezaban a hablar de sucesiones y herencias mientras él seguía vivo.
Santiago giró la cabeza hacia el ventanal.
La lluvia seguía cayendo.
Pesada.
Oscura.
Como cada día desde el accidente.
—No sabes nada de mi vida.
La voz salió más baja.
Más cansada.
Elena se acercó lentamente.
—Sé que llevas dieciocho meses castigándote.

Él no respondió.
—Sé que todos los que te rodean tienen miedo de decirte algo que no quieras escuchar.
Silencio.
—Y sé que si sigues así, dentro de un año no necesitarás una silla de ruedas para perderlo todo.
Aquellas palabras lograron algo inesperado.
No hicieron que Santiago gritara.
No hicieron que discutiera.
Lo hicieron pensar.
Porque en el fondo sabía que ella tenía razón.
La rehabilitación estaba estancada.
Había dejado ejercicios sin terminar.
Había rechazado tratamientos.
Había convertido cada avance en una pelea.
Y mientras tanto, el mundo seguía avanzando sin él.
Elena sacó una carpeta de su maleta.
La abrió.
Y la colocó sobre una mesa.
—¿Qué es eso?
—Tu plan de rehabilitación.
—No pienso hacerlo.
—Perfecto.
Santiago parpadeó.
—¿Qué?
—No tienes que hacerlo.
—¿Entonces?
—Solo tienes que decidir algo.
—¿Qué cosa?
Ella lo miró directamente a los ojos.
—Si quieres seguir siendo una víctima.
O si quieres volver a ser Santiago Velasco.
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Pesada.
Incómoda.
Imposible de ignorar.
Y justo cuando él iba a responder, un automóvil negro entró al jardín principal.
Teresa observó por la ventana.
Y palideció.
—No puede ser…
—¿Qué ocurre? —preguntó Elena.
La ama de llaves tragó saliva.
—Llegó el señor Álvaro.
Santiago se puso rígido.
Porque Álvaro Velasco no era un visitante cualquiera.
Era su hermano menor.
El mismo hombre que, según los rumores de toda la familia, llevaba meses intentando quedarse con el control definitivo del imperio Velasco.
Y aquella visita inesperada solo podía significar una cosa.
La verdadera batalla estaba a punto de comenzar.