Valeria apenas había colgado su saco en el perchero cuando notó el silencio.
Algo estaba mal.
Demasiado mal.
Fernanda estaba apoyada contra el mostrador principal con una sonrisa que parecía preparada desde hacía horas.
El gerente, Mauricio, evitaba mirarla directamente.
Y varios compañeros fingían acomodar vitrinas mientras escuchaban.
—Llegas tarde —dijo Fernanda.
Valeria miró el reloj.
—Son las nueve en punto.
—No hablo de hoy.
Valeria frunció el ceño.
Mauricio aclaró la garganta.
—Necesitamos hablar en la oficina.
Cinco minutos después, estaba sentada frente al escritorio del gerente.
Fernanda también estaba allí.
Sonriendo.
Disfrutando cada segundo.
—Valeria —empezó Mauricio—, recibimos una queja.
—¿De quién?
—De varios clientes.
Valeria sintió que algo no cuadraba.
—¿Qué tipo de queja?
Fernanda intervino antes que el gerente.
—Que abandonaste tu puesto de trabajo para pasear por Masaryk con un desconocido.
Valeria la miró incrédula.
—Fui a ayudar a un cliente.
—¿Ayudarlo o coquetear con él?
El comentario cayó como una bofetada.
—¿Perdón?
—Todo el mundo lo vio.
—Lo que todo el mundo vio fue a una empleada intentando ayudar a una persona.
Mauricio levantó una mano.
—Basta.
Abrió una carpeta.
—La empresa considera que abandonar el piso de ventas sin autorización es una falta grave.
Valeria sintió un vacío en el estómago.
—Usted mismo me dio permiso.
El hombre tragó saliva.
No respondió.
Y ese silencio le dio la respuesta.
Fernanda ya había ganado.
—Lo siento —dijo finalmente el gerente—. La decisión ya está tomada.
Valeria lo observó unos segundos.
No discutió.
No lloró.
No suplicó.
Simplemente asintió.
Porque la vida ya la había golpeado demasiadas veces como para sorprenderse.
Tomó su gafete.
Lo colocó sobre el escritorio.
Y se puso de pie.
—Gracias por la oportunidad.
Fernanda soltó una pequeña carcajada.
—Qué elegante para perder el empleo.
Valeria la ignoró.
Salió de la oficina con la espalda recta.
Y mientras recogía sus cosas del casillero, varios compañeros bajaron la mirada.
Nadie dijo nada.
Nadie la defendió.
Como siempre.
Media hora después, Valeria abandonó la relojería con una caja de cartón bajo el brazo.
Y justo cuando cruzaba la puerta, una camioneta negra se detuvo frente al local.
De ella bajó un hombre con traje oscuro.
Luego otro.
Y otro más.
No parecían clientes.
Parecían ejecutivos.
Los empleados comenzaron a mirarse entre sí.
Fernanda dejó de sonreír.
El gerente se acomodó la corbata.
Entonces apareció el último hombre.
Cabello ligeramente despeinado.
Playera gris.
Jeans gastados.
Los mismos tenis viejos del día anterior.
Valeria abrió los ojos.
—¿Usted?
Santiago caminó directamente hacia ella.
—Necesito hablar contigo.
Fernanda soltó una risa nerviosa.
—Señor, la tienda abre en unos minutos. Si quiere comprar algo…
Santiago ni siquiera la miró.
Entró al local.
Todos guardaron silencio.
El gerente avanzó rápidamente.
—Buenos días, señor. ¿En qué puedo ayudarlo?
Santiago sacó una tarjeta negra del bolsillo.
La colocó sobre el mostrador.
Mauricio la tomó.
La leyó.
Y palideció.
Porque aquella tarjeta no era una tarjeta cualquiera.
Era una identificación corporativa.
En la parte superior aparecía el logotipo de la empresa.
Y debajo, en letras plateadas, podía leerse:
DIRECTOR GENERAL
SANTIAGO ARANDA
El gerente casi dejó caer la credencial.
Fernanda sintió que las piernas le temblaban.
Nadie habló.
Nadie respiró.
Santiago observó lentamente toda la tienda.
Las vitrinas.
Los empleados.
El gerente.
Y finalmente a Fernanda.
—Ayer vine buscando una respuesta.
Su voz era tranquila.
Pero cada palabra pesaba toneladas.

—Quería saber cómo trataban aquí a una persona que parecía no tener dinero.
El silencio se volvió insoportable.
—Y encontré algo que me avergonzó profundamente.
Mauricio empezó a sudar.
Fernanda intentó sonreír.
—Señor Aranda, creo que hubo un malentendido…
—No.
La interrumpió sin levantar la voz.
—Lo entendí perfectamente.
Luego señaló hacia la puerta.
Donde Valeria seguía sosteniendo la caja con sus pertenencias.
—La única persona que representó los valores de esta empresa ya no trabaja aquí.
Y eso es un fracaso que lleva mi apellido.
Nadie pudo responder.
Porque todos comprendieron que lo peor todavía no había llegado.
Y que la siguiente decisión de Santiago iba a cambiar para siempre el destino de aquella sucursal.