…el estómago.
Aquellas noches se convirtieron en nuestra verdadera vida.
La otra, la que mostrábamos al mundo, era solo una actuación.
Durante el día éramos dos personas divorciadas que compartían una casa por conveniencia.
Por la noche éramos socios.
Aliados.
Cómplices en una guerra que nadie sabía que estábamos librando.
Y cada día descubríamos algo peor.
Los contratos falsificados aumentaban.
Las fechas coincidían con viajes familiares.
Las transferencias pasaban por cuentas distintas antes de desaparecer.
Y siempre aparecía el mismo nombre.
Esteban.
Pero también aparecía una sombra.
Alguien que nunca firmaba nada.
Alguien que siempre permanecía oculto.
La persona que realmente dirigía todo.
—No es tan inteligente —dije una madrugada mientras revisaba unos movimientos bancarios.
Clara levantó la vista.
—¿Quién?
—Tu hermano.
Señalé los documentos.
—Alguien le está diciendo exactamente qué hacer.
Ella permaneció en silencio.
Porque sabía que tenía razón.
Esteban era impulsivo.
Mentiroso.
Manipulador.
Pero no era un estratega.
No alguien capaz de construir durante años una red tan compleja.
Había otra persona.
Y estaba cerca.
Demasiado cerca.
Dos semanas después tuvimos la primera prueba.
Ocurrió un domingo.
Mi padre organizó una comida familiar.
Esteban apareció sonriendo.
Como siempre.
Trajo vino.
Contó chistes.
Abrazó a todo el mundo.
Y fingió estar preocupado por nuestro divorcio.
—Todavía me duele verlos así.
Aquella frase me produjo náuseas.
Pero sonreí.
Seguí interpretando mi papel.
Entonces ocurrió algo interesante.
Mientras todos estaban distraídos, dejé sobre la mesa una carpeta roja.
Dentro no había nada importante.
Solo papeles sin valor.
Pero en la portada escribí algo muy específico:
“Prueba definitiva contra los responsables.”
Nada más.
La dejé allí durante exactamente tres minutos.
Tres minutos en los que Esteban creyó que nadie lo observaba.
Pero Clara y yo sí lo observábamos.
Vimos cómo miraba la carpeta.
Cómo intentaba disimular.
Cómo le sacaba una fotografía con el teléfono cuando pensó que nadie estaba mirando.
Y aquella misma noche recibimos una llamada.
Un número oculto.
Una voz distorsionada.
—Dejen de investigar.
Clara y yo nos miramos en silencio.
Habíamos tendido una trampa.
Y alguien acababa de caer.
Porque la carpeta era falsa.
Nadie fuera de aquella comida podía saber que existía.
Nadie excepto las personas sentadas en aquella mesa.
La lista se redujo de golpe.
Mi padre.
Mi madrastra.
Esteban.
Y dos primos.
Cinco personas.
Solo cinco.
Pero lo que descubrimos después fue aún peor.
Dos días más tarde, Clara encontró algo extraño.
Un pequeño dispositivo pegado bajo la estantería del estudio.
Lo sostuvo entre los dedos.
Y ambos nos quedamos helados.
Era un micrófono.
Alguien había estado escuchando nuestras conversaciones dentro de la casa.
Durante semanas.
Quizás meses.
Sentí una rabia tan intensa que tuve que sentarme.
Porque aquello significaba una sola cosa.
El enemigo no solo conocía nuestros movimientos.
Había entrado en nuestro hogar.
En nuestra intimidad.
En nuestras vidas.
Y de repente comprendí algo que me hizo sentir frío.
Muy frío.
—Clara…
Ella levantó la vista.
—¿Qué pasa?
Tragué saliva.
—Solo tres personas tienen llave de esta casa.
El silencio cayó entre nosotros.
Yo.
Ella.
Y una tercera persona.
La misma persona que llevaba años entrando y saliendo sin levantar sospechas.

La misma persona que había insistido más que nadie en que nos divorciáramos.
La misma persona que siempre aparecía cuando ocurría algo extraño.
La misma persona que acababa de llamarme esa mañana para preguntarme si necesitaba ayuda con los trámites de la separación.
Mi padre.
Clara se quedó blanca.
Yo también.
Pero antes de que pudiéramos reaccionar, sonó el timbre.
Eran casi las once de la noche.
Nadie nos esperaba.
Nadie debía saber que seguíamos trabajando juntos.
Abrí la puerta.
Y sentí que el corazón dejaba de latir.
Porque al otro lado estaba una mujer desconocida.
Llevaba una carpeta gris.
Y una fotografía en la mano.
Una fotografía de mi difunta madre.
La mujer me miró directamente a los ojos.
Y pronunció una frase que cambió por completo todo lo que creíamos saber.
—Tu padre no empezó esto con Esteban.
Lo empezó hace veintisiete años, el día que tu madre descubrió quién era realmente.
Escribe “SÍ” para leer la Parte 3.