PARTE 2: LA DUEÑA DEL HOTEL… ERA LA MUJER QUE INTENTARON HUMILLAR

El silencio en el lobby fue absoluto.

De esos que no se compran ni con todo el lujo del lugar.

Ramona no parpadeó.

No porque no quisiera…

Sino porque su cuerpo simplemente no reaccionó.

—¿…Licenciada? —repitió, apenas audible.

El gerente, el señor Valdés, ignoró por completo a la familia.

Toda su atención estaba en Mariana.

—Su villa frente al mar está preparada como usted indicó. También se hicieron los ajustes en el menú para su estancia.

Mariana asintió con serenidad.

Como si nada de eso fuera nuevo.

Como si ese lugar…

Le perteneciera desde siempre.

Ernesto dio un paso hacia ella.

—Mariana… ¿qué está pasando?

Ella lo miró.

Por primera vez en años…

Sin buscar su aprobación.

—Lo que está pasando —respondió tranquila— es que ya no voy a encogerme para caber en tu familia.

Ramona recuperó la voz.

Pero no la compostura.

—Esto es ridículo. ¿Qué tipo de espectáculo estás armando?

Mariana giró ligeramente hacia el gerente.

—Señor Valdés, ¿podría explicarle a la señora quién soy?

Valdés no dudó.

—La licenciada Mariana Salcedo es socia mayoritaria del grupo que adquirió el Hotel Brisa Azul hace ocho meses.

El golpe fue seco.

Invisible.

Pero devastador.

Paulina abrió la boca.

Don Arturo dejó caer las llaves.

Ernesto… simplemente dejó de entender el mundo.

—Eso… eso no puede ser —balbuceó Ramona—. Este hotel es de inversionistas extranjeros…

Mariana sonrió apenas.

—Lo era.

Dio un paso adelante.

Elegante.

Firme.

Irreversible.

—Hace ocho meses compré la participación principal a través de Salcedo Hospitality Group. —La miró directo a los ojos—. Lo mencioné en varias cenas… pero estabas muy ocupada corrigiendo cómo agarro los cubiertos.

Un murmullo leve recorrió el lobby.

Ramona intentó recomponerse.

—Bueno, si eres “socia”, eso no te da derecho a…

—A qué —interrumpió Mariana—. ¿A estar aquí?

Silencio.

Mariana respiró hondo.

No por nervios.

Por cierre.

—Durante cinco años me hiciste sentir menos. En tu casa, en tu mesa, frente a tu familia.

Miró a Ernesto.

—Y tú lo permitiste.

Él bajó la mirada.

—Hoy no vine a pelear —continuó Mariana—. Vine a descansar.

Hizo una pausa.

—Pero no voy a permitir que me vuelvan a humillar. Ni aquí… ni en ningún lado.

Valdés intervino con voz respetuosa.

—Licenciada, ¿desea que el personal acompañe a su familia a sus habitaciones?

Mariana lo pensó un segundo.

Miró a Ramona.

Luego negó suavemente.

—No.

Se hizo un silencio extraño.

—Quiero que se respete exactamente la reservación que hicieron.

Ramona alzó la barbilla, aferrándose a lo poco que le quedaba.

—Pero —añadió Mariana con calma— bajo las políticas actuales del hotel.

Valdés entendió de inmediato.

—Por supuesto.

Giró hacia recepción.

—A partir de este momento, todos los cargos adicionales deberán ser cubiertos al momento. Spa, restaurante, bebidas… todo.

Paulina susurró:

—Mamá…

Ramona apretó los labios.

Porque por primera vez…

No tenía control.

Ernesto dio un paso hacia Mariana.

—¿Por qué nunca me dijiste?

Ella lo miró.

Y en esa mirada ya no había amor.

—Porque quería ver si me querías sin eso.

Él no supo qué responder.

Mariana tomó su bolso.

Valentina, una pequeña maleta que nadie había notado, ya estaba junto a ella.

—Licenciada —dijo Valdés—, ¿la acompaño a su villa?

Ella asintió.

Pero antes de caminar…

Se detuvo.

—Ah, y señor Valdés…

—¿Sí?

Mariana volteó por última vez hacia Ramona.

—Asegúrese de que el desayuno esté a tiempo mañana.

Una pausa.

—Aquí sí cumplen lo que prometen.

Y sin decir nada más…

Caminó hacia el elevador privado.

Las puertas se cerraron.

Y con ellas…

Cinco años de silencio.

Pero lo que Mariana aún no sabía…

Era que Ernesto no pensaba quedarse atrás.

Porque mientras el elevador subía…

Él sacó su celular.

Marcó un número.

—Necesito que investigues todo sobre Salcedo Hospitality Group.

Pausa.

—Y encuentra la forma de quitarle ese hotel.

El juego apenas comenzaba.

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