PARTE 3: EL TRAIDOR SE DELATÓ SOLO

Las sirenas de la ambulancia rompieron el silencio de la mansión.

Dos paramédicos entraron corriendo con una camilla.

Lucía no soltaba la mano de su madre.

—Mamá… ya estoy aquí… ya estoy aquí…

Marisol apenas podía mantener los ojos abiertos.

Tenía los labios resecos, hematomas en los brazos y marcas profundas de las cuerdas en las muñecas.

Mientras los médicos la revisaban, Joaquín permanecía inmóvil.

No apartaba la vista de ella.

Tampoco de Esteban.

Su mano derecha seguía allí, con el gesto exacto de un hombre indignado.

Demasiado exacto.

—¿Quién hizo esto? —preguntó uno de los escoltas.

Nadie respondió.

Hasta que Esteban dio un paso al frente.

—Lo importante ahora es llevarla al hospital. Después averiguaremos todo.

Joaquín giró lentamente la cabeza.

—¿Todo?

—Claro.

—Curioso.

Esteban frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Joaquín señaló el candado roto.

—Acabas de decir “averiguaremos”.

Hizo una pausa.

—Pero hace cinco minutos asegurabas que Marisol estaba en Puebla.

El silencio cayó sobre el sótano.

Esteban sonrió con calma.

—Porque eso fue lo que Renata me dijo.

—¿Y le creíste sin comprobarlo?

—No tenía motivos para desconfiar.

Joaquín no respondió.

Solo observó el suelo.

Había una botella de vino rota.

Un vaso.

Y algo diminuto brillando entre los cristales.

Se agachó.

Lo recogió con dos dedos.

Era un botón dorado.

Lo sostuvo frente a la luz.

Uno de los escoltas habló enseguida.

—Ese botón…

Miró a Esteban.

—Es igual al de su camisa.

Todos bajaron la vista.

La camisa blanca de Esteban tenía un botón menos en el puño izquierdo.

Esteban reaccionó de inmediato.

—Eso no significa nada.

Joaquín guardó el botón en el bolsillo.

—Tienes razón.

Se volvió hacia los paramédicos.

—Llévenla al hospital.

Cuando la camilla comenzó a subir las escaleras, Marisol hizo un esfuerzo enorme por levantar la mano.

—Señor…

Joaquín se acercó.

Ella apenas podía hablar.

—No…

Respiró con dificultad.

—No fue…

Todos guardaron silencio para escucharla.

—…la señorita Renata.

Joaquín sintió que algo se detenía dentro de él.

—¿Qué dijiste?

Marisol volvió a intentarlo.

—Ella…

Tosió.

—Quiso ayudarme.

Las palabras dejaron a todos inmóviles.

Esteban dio un paso atrás casi sin darse cuenta.

Marisol señaló con el dedo tembloroso.

No hacia Renata.

Sino hacia él.

—Fue…

Otra respiración entrecortada.

—…don Esteban.

El aire pareció desaparecer.

Lucía abrazó con más fuerza a su madre.

Los escoltas giraron lentamente hacia Esteban.

Él permanecía inmóvil.

Después empezó a reír.

Muy despacio.

—¿De verdad van a creerle?

Miró a Joaquín.

—Lleva tres días encerrada. Está deshidratada. No sabe lo que dice.

Joaquín no contestó.

Solo preguntó:

—¿Dónde está Renata?

Esteban respondió demasiado rápido.

—En la ciudad. Fue al salón de bodas.

Joaquín sacó el teléfono.

Marcó el número de su prometida.

El móvil sonó.

Una vez.

Dos.

Tres.

Hasta que una voz contestó llorando.

—¿Joaquín?

No era una voz libre.

Se escuchaba un eco metálico.

Y respiraciones agitadas.

—¿Dónde estás?

Renata tardó unos segundos.

Como si tuviera miedo de responder.

—No…

De pronto alguien gritó al fondo.

La llamada se cortó.

Joaquín bajó lentamente el teléfono.

Miró a Esteban.

—Acabas de decir que estaba en un salón de bodas.

Esteban no respondió.

—Pero acaba de contestarme.

Otro silencio.

Joaquín dio un paso hacia él.

—Y no estaba en ningún salón.

Esteban comprendió que la mentira acababa de romperse.

Retrocedió instintivamente.

Fue un movimiento pequeño.

Pero suficiente.

Los cuatro escoltas levantaron las armas al mismo tiempo.

Él sonrió con amargura.

—Después de quince años…

Miró a Joaquín directamente a los ojos.

—¿De verdad vas a apuntarme con tus hombres?

Joaquín respondió sin cambiar la expresión.

—No.

Hizo un gesto con la mano.

—Voy a hacer algo peor.

Todos esperaron su siguiente orden.

Entonces Joaquín pronunció una frase que dejó helada a toda la casa.

—Que nadie toque a Esteban.

Los escoltas se miraron confundidos.

Joaquín continuó:

—Quiero que se siente esta noche… exactamente en el mismo lugar donde ha cenado conmigo durante quince años.

Esteban parpadeó.

No entendía.

Joaquín sonrió por primera vez.

Una sonrisa fría.

—Porque delante de toda la mesa… voy a preguntarle quién le pagó para traicionarme.

Y esta vez…

No tendrá dónde esconderse.

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