PARTE 2: La transferencia que Madison creyó que nadie encontraría

Madison tardó varios segundos en levantarse.

Daniel se inclinó hacia su abogado y susurró algo con urgencia.

Clare lo vio.

Y sonrió.

Madison tomó asiento en el estrado.

Después de las preguntas formales, Clare abrió la carpeta azul.

—Señora Blake, ¿trabaja actualmente para Whitmore Financial?

—Sí.

—¿En qué departamento?

—Administración ejecutiva.

—¿Tenía acceso a documentos financieros del señor Daniel Whitmore?

Madison vaciló.

—Algunos.

Clare levantó una hoja.

—¿Incluidos los relacionados con esta propiedad?

La pantalla de la sala mostró la dirección de nuestra casa.

Sentí que Daniel se tensaba.

Madison negó.

—No recuerdo ese documento.

—Curioso.

Clare cambió de página.

—Porque la solicitud fue enviada desde su ordenador corporativo a las 22:43 del 14 de abril.

El rostro de Madison perdió color.

Daniel se puso de pie.

—¡Yo autoricé esa operación!

Su abogado tiró inmediatamente de su manga.

El juez lo miró.

—Señor Whitmore, siéntese.

Clare permaneció tranquila.

—Entonces acabamos de aclarar una parte.

Daniel comprendió demasiado tarde lo que había hecho.

Acababa de admitir que conocía una operación que, en sus documentos del divorcio, había declarado desconocer.

Clare continuó.

—¿Para qué necesitaban el dinero?

Silencio.

Entonces apareció una segunda transferencia.

Ochenta y cuatro mil dólares.

Habían salido pocos días después de aprobarse aquella financiación.

Destino:

MB Consulting LLC.

Clare miró a Madison.

—¿Sabe quién controla esta empresa?

—No.

—¿Está segura?

Madison bajó la mirada.

Clare entregó un documento al juez.

—MB Consulting fue constituida hace once meses. Su única administradora registrada es Madison Blake.

Daniel se quedó completamente inmóvil.

Yo también.

Aquello era nuevo incluso para mí.

Clare se acercó a nuestra mesa.

—Raquel, respira.

Apreté suavemente la manta de mi hija.

Clare volvió al frente.

—Señora Blake, recibió ochenta y cuatro mil dólares procedentes de una operación realizada sobre la vivienda matrimonial de mi clienta mientras ella estaba embarazada.

—Daniel dijo que ese dinero era suyo.

—¿Y usted decidió creerle?

—Él iba a divorciarse.

Clare hizo una pausa.

—¿Cuándo se lo dijo?

Madison abrió la boca.

No respondió.

—¿Antes o después del nacimiento de su hija?

—Antes.

Sentí que algo dentro de mí se apagaba.

Daniel había estado planeándolo mientras yo preparaba la habitación del bebé.

Mientras doblábamos juntos aquella ropa diminuta.

Mientras me prometía que todo iba bien.

Pero Clare todavía no había terminado.

—¿Para qué utilizó los ochenta y cuatro mil dólares?

—Fue una inversión.

—¿En qué?

Madison miró a Daniel.

Él negó apenas con la cabeza.

Clare lo vio.

—Su Señoría, solicito incorporar el siguiente documento.

Apareció una reserva de compraventa.

Un apartamento.

Dos dormitorios.

Terraza.

Dirección distinta a la nuestra.

Comprador previsto:

Madison Blake.

Daniel había financiado una nueva vida mientras yo esperaba a nuestra hija.

Pero entonces Clare mostró la última página.

—Hay algo extraño —dijo—. El apartamento nunca llegó a comprarse.

Madison frunció el ceño.

—¿Qué?

Ahora fue ella quien pareció sorprendida.

—El dinero salió de MB Consulting tres días después.

—Eso es imposible.

—No lo es.

Clare mostró otra transferencia.

Los ochenta y cuatro mil dólares habían terminado en una segunda sociedad.

Madison miró a Daniel.

—¿Qué hiciste?

Él evitó sus ojos.

Por primera vez comprendí que Madison quizá tampoco conocía toda la historia.

El juez ordenó conservar los registros y suspendió temporalmente cualquier intento de vender nuestra vivienda hasta revisar la documentación.

Al salir de la sala, Madison alcanzó a Daniel.

—¡Me dijiste que ese dinero seguía en mi empresa!

Daniel intentó apartarla.

—Ahora no.

—¿Dónde está?

Clare y yo pasamos junto a ellos.

Entonces mi teléfono vibró.

Era un mensaje de mi contable.

Había investigado la segunda sociedad.

Leí dos veces el nombre de la persona vinculada a ella.

Me detuve.

Clare vio mi expresión.

—¿Qué ocurre?

Le enseñé la pantalla.

Ella dejó de caminar.

La empresa que había recibido el dinero no pertenecía a Daniel.

Tampoco a Madison.

Estaba vinculada a alguien que había visitado mi casa casi todos los días durante las últimas semanas de mi embarazo.

Alguien que había sostenido a mi hija apenas horas después de nacer.

Levanté lentamente la mirada hacia Daniel.

—¿Tu madre sabe que acabamos de encontrar su empresa?

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