PARTE 2: YO ERA EL SECRETO

No salí al balcón.

No quería escuchar más.

Me levanté despacio, fui al baño y cerré la puerta.

Solo entonces permití que me temblaran las manos.

“No puedo verla todavía. Si la veo… no sé si podré seguir fingiendo.”

¿Qué había estado fingiendo?

¿Nuestro matrimonio?

¿Las noches en que apoyaba la mano sobre mi vientre?

¿Los tres años conmigo?

Cuando Adrian volvió al dormitorio, yo ya estaba vestida.

—Tengo una cita —dije.

—¿Con el obstetra?

—No.

Me miró durante unos segundos.

—Clara…

—Llegaré tarde.

Por primera vez desde que nos casamos, salí sin explicarle adónde iba.

Fui a casa de mi madre.

Allí todavía guardaba cajas de Saint James.

Anuarios.

Fotografías.

Cartas.

Necesitaba recordar algo que durante años había aceptado sin cuestionar.

¿Por qué Adrian e Isabella habían terminado?

Todos conocíamos el romance.

Nadie conocía la ruptura.

Encontré el anuario del último curso.

Entre sus páginas cayó una fotografía.

Isabella y Adrian en el baile de invierno.

Detrás había una frase escrita:

“Cuando todo termine, pregúntale a Clara.”

Me quedé inmóvil.

La letra era de Isabella.

Mi teléfono sonó.

Número desconocido.

—Clara Bennett.

—Soy Isabella Moore.

Sentí que el corazón se me detenía.

—Tenemos que hablar.

Nos encontramos una hora después.

Isabella seguía siendo hermosa.

Pero no parecía una mujer que hubiera regresado para recuperar al amor de su vida.

Parecía asustada.

Colocó un sobre sobre la mesa.

—Antes de que me odies, necesito decirte algo. Adrian nunca te contó por qué terminamos.

—Parece que Adrian nunca me contó muchas cosas.

Isabella bajó la mirada.

—Nosotros no terminamos porque dejamos de amarnos.

Aquello dolió más de lo que esperaba.

—Entonces ¿por qué?

—Por ti.

Me reí, incrédula.

—Adrian apenas sabía que yo existía.

—Yo sí sabía que existías.

Sacó una carta.

Tenía diecisiete años cuando la había escrito.

Reconocí mi nombre inmediatamente.

Isabella explicó que, durante nuestro último año, había descubierto que su padre y el padre de Adrian estaban negociando una alianza empresarial.

Su relación adolescente estaba siendo utilizada para acercar a ambas familias.

Entonces encontró documentos que hablaban de una futura fusión.

Y otro apellido aparecía repetidamente.

Bennett.

El mío.

—¿Qué tenía que ver mi familia?

—Tu padre era socio silencioso en una empresa que podía impedir aquella operación.

Fruncí el ceño.

Mi padre había muerto cuando yo tenía diecinueve años.

Siempre pensé que había dejado poco más que algunas inversiones modestas.

—Eso no tiene sentido.

—Lo tendrá.

Isabella empujó el sobre hacia mí.

Dentro había una copia de un acuerdo antiguo.

No decía que yo fuera multimillonaria.

No decía que poseyera Sterling Global ni ninguna fantasía semejante.

Decía algo mucho más extraño.

Mi padre había diseñado una tecnología patentada que después terminó siendo esencial para una de las primeras empresas de la familia Whitmore.

Los Bennett conservaban ciertos derechos económicos y de aprobación.

—¿Adrian lo sabía?

—No entonces.

—¿Y tú?

—Descubrí una parte.

Isabella respiró profundamente.

—Intenté contárselo. Mi padre me obligó a elegir: guardar silencio o destruir profesionalmente al tuyo con una demanda que podía arruinarlo.

—¿Y por qué rompiste con Adrian?

—Porque era la única manera de detener la alianza entre nuestras familias.

Entonces comprendí la fotografía.

“Pregúntale a Clara.”

—¿Por qué escribiste eso?

Los ojos de Isabella se llenaron de lágrimas.

—Porque pensé que algún día todo saldría a la luz.

Mi teléfono vibró.

Adrian.

Lo ignoré.

Isabella hizo algo inesperado.

—Clara, no regresé por él.

—Anoche escribiste su nombre delante de todo nuestro curso.

—Sí.

—Y después le escribiste “Adri, ya volví”.

—Porque necesitaba que respondiera.

Sacó su propio teléfono.

—Estoy preparando una demanda contra mi padre.

Me mostró mensajes recientes.

Adrian aparecía en ellos.

No había declaraciones de amor.

Había preguntas sobre documentos.

Fechas.

Empresas.

Mi padre.

—¿Desde cuándo habla contigo?

—Desde ayer.

—Entonces ¿qué significa que yo “no sé nada”?

Isabella tardó demasiado en responder.

—Eso tienes que preguntárselo a él.

Lo hice esa noche.

Adrian estaba esperándome en casa.

—Escuché tu llamada.

No intentó negarlo.

—¿Qué estabas fingiendo?

Su rostro cambió.

—Clara…

—Una respuesta.

Adrian se sentó.

—Que no sabía por qué Isabella había regresado.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Reconocí el número inmediatamente. Cuando dijo que había encontrado los documentos Bennett, entendí.

—¿Y “si la veo no podré seguir fingiendo”?

—Fingiendo que esto no me afecta.

—¿Ella?

Adrian negó.

—Lo que ocurrió.

Entonces me contó su parte.

Dos años después de nuestra boda había encontrado documentación antigua entre los archivos de su padre.

Había descubierto que mi padre no había sido simplemente un pequeño inversionista.

Había sido uno de los hombres que ayudaron a salvar la primera empresa Whitmore.

Después, mediante una serie de acuerdos cuestionables que Adrian llevaba tiempo intentando reconstruir, los derechos de mi familia habían quedado reducidos.

—¿Y no me dijiste nada?

—Quería tener pruebas.

—Llevas tres años casado conmigo.

—Lo sé.

—¿Te casaste conmigo por eso?

Adrian levantó la cabeza.

—No.

—¿Entonces por qué?

Por primera vez, su voz perdió aquella calma insoportable.

—Porque te quería.

Sentí una punzada.

—¿Querías?

—Te quiero.

—No me amas como la amabas a ella.

Adrian guardó silencio.

Aquello casi respondió por él.

Pero después dijo:

—No.

Se me llenaron los ojos de lágrimas.

—Gracias por admitirlo.

—Clara, escucha.

Se acercó, pero levanté una mano.

—Desde los dieciocho años llevo escuchando historias sobre cómo amabas a Isabella.

—Precisamente.

Adrian respiró profundamente.

—A los dieciocho años creía que amar era incendiarse por alguien. Celos, peleas, reconciliaciones, pensar que el mundo terminaba si ella no respondía.

Me miró.

—Contigo aprendí algo menos espectacular.

Señaló nuestra casa.

—Querer volver. Saber dónde estás. Recordar qué comida te da náuseas. Despertarme a las tres para comprobar si estás bien. Tener miedo desde que supe que vamos a ser padres.

—Eso no justifica tus secretos.

—No.

Su respuesta fue inmediata.

—Y si quieres marcharte por ellos, lo entenderé.

Eso sí me sorprendió.

No me pidió que confiara.

No culpó a Isabella.

No utilizó mi embarazo.

Me entregó una carpeta.

Había contratado meses atrás a un despacho independiente para reconstruir los derechos de los Bennett.

Mi nombre figuraba como única beneficiaria potencial.

Adrian había dejado por escrito que él no participaría económicamente en cualquier recuperación.

Entonces entendí algo.

Mi matrimonio quizá sí contenía una mentira.

Pero no era la que había imaginado.

Adrian no llevaba tres años fingiendo amarme mientras esperaba a Isabella.

Llevaba meses fingiendo no saber que su propia familia podía haber construido parte de su fortuna sobre algo que pertenecía a la mía.

No lo perdoné aquella noche.

Tampoco olvidé lo que había ocultado.

Fuimos a terapia.

Separé mis asuntos legales de los suyos.

Isabella declaró contra su propio padre cuando llegó el momento.

Y meses después, una revisión independiente reconoció parte de los derechos económicos que habían quedado enterrados durante años.

Pero la pregunta más difícil nunca apareció en ningún tribunal.

Una noche, ya cerca del nacimiento de nuestra hija, le pregunté a Adrian:

—Si Isabella te dijera mañana que todavía te ama, ¿qué harías?

Él me miró.

—Desearle que encuentre a alguien capaz de amarla como necesita.

—¿Y tú?

Adrian apoyó la mano sobre la cuna todavía vacía.

—Yo ya encontré dónde quiero estar.

A medianoche, un grupo de exalumnos me había convencido de que yo era la pausa entre Adrian e Isabella.

Resultó que todos conocían perfectamente la historia de amor más famosa de Saint James.

Lo que nadie sabía era cómo había terminado.

Y mucho menos qué había comenzado después.

Isabella había sido el gran amor de los dieciocho años de Adrian.

Yo dejé de competir con eso cuando entendí algo mucho más importante:

no necesitaba ser el amor más intenso de su pasado.

Necesitaba decidir si él era digno de formar parte de mi futuro.

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