Ricardo intentó quitarme la carpeta.
Retrocedí.
—No me toques.
Los golpes volvieron a sonar.
—Señora Martínez, abra, por favor.
Ricardo susurró:
—No sabes quién es Salgado.
—Pero tu madre sí.
Abrí.
El licenciado Salgado entró acompañado de una mujer con un maletín.
Al ver a Ricardo, suspiró.
—Llegamos tarde.
—Esta es una propiedad familiar —dijo Ricardo—. Váyanse.
Salgado sacó un documento.
—Ya no.
Lo puso frente a mí.
Teresa había transferido el departamento seis meses atrás.
A mi nombre.
Ricardo soltó una carcajada.
—Mi madre estaba enferma. Eso puede impugnarse.
—Por eso existen tres evaluaciones médicas que acreditan su capacidad cuando firmó —respondió Salgado.
La sonrisa desapareció.
Abrí finalmente la carpeta roja.
Había estados bancarios.
Durante cuatro años, Ricardo había retirado millones de las cuentas de Teresa.
Pero el dinero no había terminado en nuestra casa.
Había ido a una empresa llamada RM Caribe Holdings.
—¿Cancún? —pregunté.
Ricardo guardó silencio.
Salgado asintió.
—Dos departamentos, un local comercial y una participación en un hotel.
Pasé otra página.
Apareció un nombre.
Mariana Flores.
La mujer que había contestado mi llamada.
Sentí náuseas.
—¿Compraste propiedades con el dinero de tu madre para ella?
—Laura, puedo explicarlo.
—Hazlo.
—Mariana administraba las inversiones.
Salgado intervino.
—Entonces será interesante saber por qué también figura como beneficiaria de su seguro de vida.
Ricardo se volvió hacia él.
—¡Cállese!
Aquella reacción confirmó demasiado.
Pero todavía faltaba la última hoja.
Era el nuevo testamento de Teresa.
La mayor parte de sus bienes no pasaría a Ricardo.
Había creado un fideicomiso.
Beneficiaria principal:
Laura Martínez.
Me quedé inmóvil.
—Esto debe ser un error.
—No —dijo Salgado—. Doña Teresa fue muy específica.
Ricardo empezó a reír, pero ya no parecía divertido.
—Claro. Ahora entiendo.
Me miró con un desprecio que nunca había visto.
—Por eso la cuidaste tantos años.
Antes de que pudiera responder, Salgado cerró la carpeta.
—Señor Ricardo, su madre también anticipó que diría eso.
Sacó un sobre sellado.
—Por eso dejó una grabación.
Ricardo palideció.
—No.
Salgado me entregó el sobre.
En el frente, Teresa había escrito:

“Laura: escúchala únicamente cuando Ricardo esté presente. Él necesita saber que descubrí quién es Mariana en realidad.”
Miré a mi exmarido.
Por primera vez, no parecía preocupado por perder dinero.
Parecía aterrorizado de que yo descubriera quién era realmente la mujer con la que había estado en Cancún.