PARTE 2: YA NO TE ESPERO

Ethan regresó cerca de medianoche.

Lo primero que vio fue la caja junto a la puerta.

—¿Qué es esto?

Me encontró sentada en el sofá leyendo.

—Tus cosas.

Frunció el ceño.

—¿Mis cosas?

Abrió la caja.

Su taza.

Sus pantuflas.

El paraguas.

Y finalmente el casco.

Ethan lo sostuvo varios segundos.

—¿Por qué guardaste esto?

—Porque ya no lo necesito.

Entonces vio por la ventana la motocicleta blanca estacionada abajo.

Su expresión cambió.

—¿Compraste una motocicleta?

—Sí.

—¿Con esta lluvia?

—Sí.

Dejó el casco sobre la mesa.

—Grace, ¿estás haciendo todo esto porque hoy no pude recogerte?

Cerré el libro.

—No.

—Entonces explícame.

—Hoy fue la novena vez.

Ethan se quedó callado.

—¿Qué?

—La novena vez que prometiste recogerme y terminaste haciendo otra cosa.

—No llevo la cuenta de esas cosas.

—Yo tampoco quería hacerlo.

Me levanté.

—Pero cuando alguien te deja esperando suficientes veces, terminas recordándolo.

Ethan suspiró.

—Wendy necesitaba ayuda.

—Lo sé.

—Vive sola.

—También lo sé.

—Entonces ¿por qué haces un problema de esto?

Lo miré.

—Porque yo también estaba sola.

No respondió.

—Solo que conmigo estabas tan acostumbrado a que esperara que dejaste de considerarlo una emergencia.

Ethan abrió la boca.

En ese instante su teléfono sonó.

Wendy.

Los dos vimos el nombre.

Ethan rechazó la llamada inmediatamente.

—No voy a responder.

—Puedes hacerlo.

—Grace…

—De verdad.

Sonreí ligeramente.

—Ya no necesito que me demuestres nada esta noche.

Aquello pareció asustarlo.

Era más sencillo enfrentarse a mis celos que a mi indiferencia.

Se acercó.

—Mañana venderemos esa motocicleta. Volveré a recogerte como antes.

Negué.

—No.

—Es peligroso conducir sola.

—Aprenderé.

—Grace, no seas testaruda.

—No estoy siendo testaruda.

Tomé las llaves de la motocicleta.

—Estoy aprendiendo a no organizar mi vida alrededor de tus promesas.

Ethan me miró fijamente.

Por primera vez pareció comprender que aquello no era una pelea que pudiera arreglar con un abrazo y un “mañana iré por ti”.


A la mañana siguiente salí temprano.

Ethan ya estaba junto a su automóvil.

—Sube.

—Voy en mi moto.

—Está haciendo frío.

—Llevo abrigo.

—Puede llover.

Levanté el impermeable guardado bajo el asiento.

—Estoy preparada.

Su mandíbula se tensó.

—¿Cuánto tiempo vas a seguir castigándome?

Me puse el casco.

—No te estoy castigando.

Encendí la motocicleta.

—Simplemente dejé de esperarte.

Pasé junto a él.

Por el espejo vi a Ethan permanecer inmóvil al lado de su automóvil.

Aquella tarde ocurrió algo todavía más extraño.

A las seis en punto recibí su mensaje:

“Estoy abajo.”

Durante tres años aquellas palabras habían conseguido hacerme sonreír.

Esta vez guardé el teléfono.

Bajé al estacionamiento.

Ethan esperaba apoyado contra su coche.

Cuando me vio acercarme a la motocicleta, levantó las llaves.

—Vine por ti.

—Ya tengo transporte.

—Grace, hice lo que querías.

Me detuve.

—Ese es exactamente el problema.

Frunció el ceño.

—¿Qué?

—Crees que yo quería que me recogieras.

Me puse los guantes.

—Lo que quería era poder confiar en que, cuando dijeras que vendrías, realmente vendrías.

Ethan se quedó inmóvil.

Entonces su teléfono vibró.

Miró la pantalla.

No necesitaba verla.

Su expresión me dijo quién era.

—Wendy tiene un problema —murmuró.

Casi me reí.

—Entonces ve.

—No.

—¿Por qué?

—Porque hoy te elegí a ti.

Negué lentamente.

—Ethan, el amor no debería sentirse como ganar una competencia diaria contra los problemas de otra mujer.

Subí a mi motocicleta.

—Ve con Wendy si quieres.

—Pero esta vez no tienes que preocuparte por dejarme esperando.

Arranqué.

Y mientras salía del estacionamiento, vi por el espejo que Ethan seguía allí.

Solo.

Con dos caminos frente a él.

Por primera vez, ninguno dependía de mí.

Pero aquella noche, al llegar a casa, encontré algo colgado del manillar de mi motocicleta.

Una pequeña bolsa.

Dentro había una llave.

Y una nota escrita por Wendy:

“Grace, creo que deberías saber por qué Ethan siempre viene cuando lo llamo.”

Debajo había una dirección.

La reconocí.

Era la dirección del apartamento de Wendy.

Pero junto a ella había una segunda dirección.

La de una clínica de fertilidad.

Y una fecha.

Tres años atrás.

Exactamente dos semanas antes de que Ethan me pidiera ser su novia.

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