PARTE 2: EL HOMBRE DEL MAYBACH NO ERA SU NOVIO

Valeria salió lentamente del coche.

—Señor Bennett…

Mi padre arqueó una ceja.

—¿Nos conocemos?

Aquella pregunta me dejó helada.

Valeria también.

—Papá —dije—, ella lleva cuatro años diciendo que tú eres su novio.

Richard dejó de sonreír.

—Eso es imposible.

Valeria reaccionó enseguida.

—¡Sofía entendió mal! Nunca dije que fuera él.

Saqué el teléfono.

Durante cuatro años habíamos recibido cientos de fotografías en nuestro grupo.

El Maybach.

Restaurantes.

Hoteles.

Regalos.

Incluso fotografías tomadas desde el jardín de nuestra casa.

Mi padre observó la pantalla.

Su expresión cambió al llegar a una imagen.

—Ese es mi despacho privado.

Valeria palideció.

—¿Cómo conseguiste esta fotografía?

No respondió.

Entonces apareció el señor Harris desde el asiento delantero.

Miró a Valeria durante varios segundos.

—Señor Bennett, yo conozco a esta joven.

Todos giramos.

—¿De dónde?

—Durante años ha venido algunas veces a recoger paquetes que usted enviaba a la señorita Sofía.

Sentí un vacío en el estómago.

Mi padre me enviaba regalos ocasionalmente.

Yo casi nunca los recibía personalmente porque Valeria se ofrecía a recogerlos cuando estaba ocupada.

—¿Qué paquetes? —pregunté.

Harris empezó a enumerarlos.

Un bolso.

Un reloj.

Zapatos.

Vales para hoteles propiedad de socios de mi padre.

Invitaciones para restaurantes.

Cada pieza encajó.

Los regalos de su supuesto novio.

No provenían de mi padre para Valeria.

Eran míos.

Valeria llevaba años interceptándolos.

—¿Y las fotografías? —pregunté.

Entonces recordé algo peor.

Yo había invitado a Valeria varias veces a casa durante vacaciones.

Conocía el garaje.

El jardín.

El despacho.

Incluso había conocido a mi padre brevemente.

Para ella habían sido suficientes fragmentos para fabricar cuatro años de una vida falsa.

Megan, que acababa de alcanzarnos, abrió la boca.

—Espera… ¿entonces el novio nunca existió?

Valeria empezó a llorar.

—¡Solo quería que dejaran de mirarme como la chica pobre!

La miré incrédula.

—Yo nunca te miré así.

—¡Tú no tenías que hacerlo! —gritó—. Siempre tenías dinero. Siempre podías ayudarme. Incluso fingiendo ser normal, seguías teniendo todo lo que yo quería.

Aquello dolió más que los regalos.

—Cuando tu madre necesitó aquella operación, te conseguí veinte mil.

Valeria bajó la mirada.

Mi padre preguntó:

—¿Qué operación?

Silencio.

Lo comprendí antes de que nadie hablara.

—Valeria…

Ella empezó a retroceder.

—¿Tu madre estuvo realmente enferma?

No respondió.

Mi padre sacó el teléfono.

—Voy a pedir que revisen cada transferencia, paquete y beneficio que haya salido de mis cuentas destinado a Sofía durante estos cuatro años.

Valeria levantó la cabeza aterrorizada.

—¡No puede hacer eso!

—Claro que puedo.

Entonces dijo algo todavía peor:

—Y quiero saber cómo obtuvo fotografías de espacios privados de mi residencia.

Valeria dejó de llorar.

Eso fue lo que confirmó que había más.

La investigación posterior descubrió que no solo había tomado mis regalos.

Había utilizado fotografías, recibos y reservas vinculadas a mi familia para convencer a otras personas de que mantenía una relación con Richard Bennett.

Incluso había conseguido préstamos privados utilizando aquella mentira como garantía informal de que “su pareja multimillonaria” respondería por ella.

Cuatro años de fantasía comenzaron a derrumbarse en una sola semana.

Yo no celebré.

Simplemente corté todo contacto.

Meses después recibí un mensaje suyo.

“¿Después de todo lo que vivimos, de verdad puedes borrarme así?”

Lo leí una vez.

Después escribí:

“Yo compartí contigo lo que tenía porque creía que eras mi amiga. Tú utilizaste lo que te di para convertir mi vida en tu disfraz.”

La bloqueé.

Mi padre, sentado frente a mí, dejó una pequeña caja sobre la mesa.

Dentro estaba el reloj que había intentado regalarme dos años antes.

Finalmente recuperado.

—Parece que te debía algunos regalos —dijo.

Negué y cerré la caja.

—No los necesito.

Mi padre sonrió.

—Entonces, ¿qué quieres por graduarte?

Pensé unos segundos.

—Conducir yo.

Richard miró hacia el Maybach.

—¿Ese monstruo?

Me reí.

—Ese monstruo.

Durante cuatro años Valeria había utilizado aquel coche como símbolo de una vida que quería robar.

Aquella tarde tomé las llaves.

No para demostrar que era rica.

Sino porque finalmente entendí algo que mi padre llevaba toda mi vida intentando enseñarme:

No importa cuánto lujo alguien consiga aparentar.

Si necesita robar la vida de otra persona para sentirse importante, sigue sin saber quién es.

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