PARTE 2: YA NO LO AMABA

Gabriel permaneció inmóvil con la maleta de Elena frente a él.

—Dime qué quieres —murmuró—. Lo que sea.

Lo miré.

Tres años atrás habría dado cualquier cosa por escuchar aquello.

Ahora no quería nada.

—Quiero dormir. Mañana trabajo temprano.

Pasé junto a él.

Gabriel me sujetó del brazo por reflejo y me soltó inmediatamente.

—Antes peleabas conmigo.

—Sí.

—Gritabas cuando ayudaba a Elena.

—También.

—Entonces hazlo otra vez.

Lo observé confundida.

—¿Para qué?

Su voz se quebró.

—Porque significaba que todavía te importaba.

Nadie respondió.

Ni siquiera Elena.

A la mañana siguiente preparé el desayuno como siempre.

Gabriel no comió.

Mis hijos tampoco.

Finalmente Víctor dejó los cubiertos.

—Mamá, lo de la fábrica era mentira.

Levanté la vista.

Rosa empezó a llorar.

—La abuela dijo que si te contábamos que dejaríamos la escuela, volverías a ser como antes. Pensamos que te enfadarías y nos obligarías a estudiar.

—Entiendo.

—¿Eso es todo? —preguntó Víctor.

—Es vuestra vida.

El niño comenzó a llorar también.

Gabriel cerró los ojos.

Por fin comprendían lo que habían conseguido.

Durante años llamaron control a mi preocupación.

Celos a mi dolor.

Mal carácter a cualquier límite que intentara poner.

Así que había dejado de ponerlos.

Aquella tarde llegaron mis suegros.

Mi suegra comenzó:

—Lucía, ya hemos entendido la lección. Puedes dejar esta tontería.

Saqué una carpeta.

—No es una lección.

La puse sobre la mesa.

Gabriel la abrió.

Dentro estaba mi solicitud de divorcio.

Su rostro perdió el color.

—No.

—Todo está preparado.

—¡No puedes decidirlo así!

Lo miré serenamente.

—Tú decidiste enviarme lejos durante tres años sin preguntarme.

Elena bajó la cabeza.

—Yo me marcharé —susurró—. Nunca debí aceptar todo lo que Gabriel hacía por mí.

Negué.

—Esto ya no tiene que ver contigo.

Y esa era la verdad que más le dolió a Gabriel.

Se acercó.

—Lucía, puedo cambiar.

—Lo sé.

—No volveré a permitir que nadie te trate así.

—Bien.

—Entonces dame otra oportunidad.

Sonreí tristemente.

—Gabriel, sigues pensando que mi problema es que todavía estoy enfadada.

Guardó silencio.

—No lo estoy.

Me quité el anillo.

—Ese es precisamente el problema.

Dos meses después me marché.

Mis hijos continuaron estudiando. Gabriel empezó a hacerse cargo de ellos sin esperar que yo resolviera cada problema.

Nunca intenté impedir que me vieran.

Pero tampoco regresé.

La última vez que Gabriel me pidió otra oportunidad, dijo:

—Ojalá volvieras a odiarme.

Finalmente entendí por qué.

El odio todavía habría significado que quedaba algo entre nosotros.

Pero aquellos tres años habían conseguido algo mucho más definitivo.

Me enseñaron exactamente lo que todos querían que aprendiera:

a vivir sin necesitar a mi marido.

Y cuando regresé convertida en la esposa perfecta, ya era demasiado tarde.

Porque la mujer que todavía lo amaba nunca volvió del campo.

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