Fui al campeonato aunque Ethan y yo apenas nos habíamos hablado desde la discusión.
Llegué con las manos todavía manchadas de aceite. Había salido del taller directamente al estadio y ni siquiera me había quitado la chaqueta de trabajo. Busqué un asiento en la grada alta, donde Ethan no tendría que verme si seguía enfadado.
Entonces lo vi a él.
David estaba junto a la primera fila, vestido con un abrigo oscuro. Cuando nuestras miradas se cruzaron, hizo un pequeño gesto con la cabeza, como si dos días antes no hubiera intentado comprar con unos zapatos y una matrícula los catorce años que se había perdido.
El partido empezó. Ethan jugó como siempre: rápido, concentrado, capaz de encontrar un espacio donde nadie más lo veía. A diez minutos del final, marcó el gol que nos dio el campeonato. Me levanté de un salto y grité su nombre hasta quedarme sin voz.
Cuando le entregaron el micrófono, yo seguía de pie.
—Quiero dar las gracias a alguien —dijo Ethan.
Miró hacia la primera fila.
—Mi padre biológico está aquí esta noche.
David se enderezó. Las cámaras giraron hacia él. Por un segundo, sentí que había vuelto a ser aquel hombre de veintiocho años llegando con dos cafés a una casa donde habían dejado solo a un niño.
Ethan esperó a que el ruido bajara.
—Lo invité porque necesitaba decirle esto mirándolo a la cara. Durante años me pregunté por qué se fue. Ya no voy a seguir intentando ganarme una respuesta.
David dejó de sonreír.
—También necesito pedirle perdón a mi papá —continuó Ethan—. Le dije cosas crueles porque tenía miedo de no poder pagar la universidad. Él me ha dado una casa, me ha cuidado cuando estaba enfermo y ha venido a cada partido, incluso después de lo que le dije esta semana.
Mi hijo buscó entre las gradas hasta encontrarme.
—Papá, ¿puedes bajar?
No recuerdo haber recorrido las escaleras. Recuerdo a alguien haciéndose a un lado y a Ethan esperándome junto al podio, todavía con la medalla colgada del cuello.
—Siento lo que dije del taller —me susurró cuando estuve cerca—. Sé lo que hiciste por mí. Estaba asustado y te hice daño.
Quise responder, pero la voz no me salió. Lo abracé. Era mucho más alto que yo; aun así, por un instante sentí el peso del niño que había llevado en brazos cuando se quedó dormido la primera noche en mi casa.
—Vamos a hablar de la universidad —conseguí decirle—. Hay opciones. Las buscaremos juntos.
Ethan asintió contra mi hombro.
Después del partido hablamos también con David, en una sala lejos de las cámaras. Ethan le devolvió los zapatos. Le dijo que podía escribirle si quería conocerlo, pero que no aceptaría regalos a cambio de fingir que los últimos catorce años no habían ocurrido. David miró la caja durante un rato. No intentó discutir.
En casa, Ethan puso la medalla sobre la mesa de la cocina. Yo saqué los folletos que había reunido de universidades, becas y programas deportivos. Había esperado para enseñárselos porque temía que interpretara mis preguntas como presión; él había esperado porque no quería preocuparme. Pasamos dos horas comparándolos.
Meses después eligió una universidad que le ofreció una beca deportiva y un programa que de verdad le interesaba. El día de la mudanza llenamos mi viejo coche con cajas, una lámpara y más ropa de la que yo creía que tenía.
Al cerrar el maletero, Ethan miró el taller al otro lado de la calle.
—Aprendí allí a cambiar una rueda —dijo—. Y a perder las llaves de diez milímetros.
—Todavía debes de tener tres escondidas.
Se rio. Luego me entregó una caja que había apartado para llevar en el asiento delantero. Dentro estaba el dibujo que hizo a los seis años: dos figuras junto a un coche rojo, con la palabra papá escrita encima de la más pequeña.
—Ese se queda contigo —dijo.
Lo puse con cuidado en el asiento. Ethan subió al coche y me pidió que condujera; quería dormir un poco antes de llegar. Mientras salíamos de la ciudad, apoyó la cabeza contra la ventana, como hacía cuando era niño. Bajé la velocidad en el primer bache para no despertarlo.