PARTE 2: YA ERA TARDE

—¿Mi madre solo quiere lo mejor para nosotros?

Repetí lentamente aquella frase.

Shen Nian Ci evitó mi mirada.

—Qing Tang, intenta entenderla. Mi hermana todavía está estudiando y mis padres tampoco son jóvenes. No pueden gastar todos sus ahorros en nuestra boda.

—Entonces tampoco deberían intentar sacar dinero de mi familia.

Su expresión se volvió rígida.

—Nadie está intentando sacar dinero de nadie.

Solté una risa.

—Tu familia ofrece cien mil yuanes y exige un coche de doscientos mil.

—Si eso no es hacer cuentas, ¿qué es?

Shen Nian Ci se pasó una mano por el cabello.

—¿De verdad tenemos que discutir por dinero cuando ya estás embarazada?

Aquella frase terminó de enfriarme el corazón.

—Precisamente porque estoy embarazada tengo que pensarlo bien.

Levantó la vista de golpe.

—¿Qué quieres decir?

Me llevé una mano al abdomen todavía plano.

—Quiero decir que no voy a casarme con una familia que cree que mi embarazo me hace valer menos.

—Qing Tang…

—Vete.

—Escúchame primero.

—He dicho que te vayas.

Por primera vez desde que lo conocía, no intenté convencerlo.

No lloré.

No le pedí que eligiera entre su madre y yo.

Simplemente abrí la puerta.

Shen Nian Ci se quedó mirándome durante varios segundos.

Al final, apretó los labios.

—Cuando te tranquilices, hablamos.

Se marchó.

Y durante los ocho meses siguientes…

Nunca volvimos a hablar.


Al principio todavía lo esperaba.

El primer día pensé que aparecería por la noche.

El tercero, que quizá necesitaba tiempo.

Una semana después, me dije que estaba esperando a que su madre se calmara.

Un mes más tarde…

Dejé de inventarle excusas.

Mis mensajes quedaron sin respuesta.

Mis llamadas no fueron contestadas.

Su cuenta de WeChat seguía activa, pero jamás abrió mis conversaciones.

Era como si, desde el momento en que me negué a aceptar las condiciones de su familia, él hubiera decidido que yo ya no existía.

Mi madre fue quien me acompañó a cada revisión.

También fue ella quien se sentó conmigo cuando el médico me dio una noticia que jamás olvidaré.

El embarazo presentaba complicaciones graves.

El médico habló durante mucho tiempo.

Yo apenas conseguía escuchar.

Solo recuerdo la mano de mi madre apretando la mía.

Y después…

El silencio.

Un silencio tan grande que parecía tragarse toda la habitación.


Cuando salí del hospital días más tarde, tenía un informe doblado dentro del bolso.

Nunca se lo envié a Shen Nian Ci.

Tampoco llamé a su familia.

Pensé en hacerlo muchas veces.

Pero al final siempre me detenía.

Si durante tantos meses no les había importado saber cómo estaba…

¿Por qué debía ser yo quien corriera detrás de ellos para contarles lo sucedido?

Guardé aquel informe en el último cajón de mi escritorio.

Y empecé de nuevo.

Volví al trabajo.

Acepté proyectos freelance.

Cambié de apartamento.

Me corté el cabello.

Poco a poco, dejé de despertarme esperando ver un mensaje suyo.

Hasta aquel día.

Ocho meses después.


Zhou Ming Wei seguía de pie frente a mi puerta.

El documento temblaba ligeramente entre sus dedos.

Leyó la primera página.

Después la segunda.

Su rostro perdió todo el color.

Shen Nian Ci dio un paso al frente.

—¿Qué es eso?

Su madre no respondió.

Él le arrebató el informe.

Bajó la vista.

Las primeras líneas fueron suficientes.

Su cuerpo quedó completamente rígido.

—Qing Tang…

Su voz cambió.

—Esto…

—¿Cuándo ocurrió?

Me crucé de brazos.

—Hace varios meses.

—¿Por qué no me dijiste nada?

Lo miré fijamente.

—¿Cómo?

—¿Llamando a un teléfono que nunca contestabas?

—¿O enviando mensajes a una persona que decidió desaparecer?

Sus labios se quedaron blancos.

—Yo…

—Pensé que estabas enfadada.

—Pensé que necesitabas tiempo.

Solté una risa breve.

—Ocho meses.

—¿Pensabas que necesitaba ocho meses de silencio?

Su padre, Shen Guo Dong, finalmente habló.

—Qing Tang, todos cometimos errores.

—Pero Nian Ci también estaba bajo mucha presión.

—Su madre y yo…

Lo interrumpí.

—No hace falta.

—Ya pasó.

Zhou Ming Wei seguía mirando el informe.

Su arrogancia de meses atrás había desaparecido por completo.

—Entonces…

Le costó varios segundos terminar la frase.

—Entonces nuestro nieto…

No respondí.

No era necesario.

El documento ya decía todo lo que necesitaba saber.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Qing Tang, aquella vez fui demasiado dura.

—Si hubiera sabido que las cosas terminarían así…

La miré con calma.

—Ese era precisamente el problema.

—Solo empezó a arrepentirse cuando vio el resultado.

Zhou Ming Wei se quedó sin palabras.


Shen Nian Ci dio otro paso hacia mí.

—Qing Tang, volvamos a empezar.

Lo miré como si acabara de decir algo incomprensible.

—¿Empezar qué?

—Nosotros.

—Ya hablé con mis padres.

—El dinero del compromiso ya no importa.

—La casa tampoco.

—Podemos casarnos primero. Luego…

—Shen Nian Ci.

Lo interrumpí.

—¿Sabes qué fue lo peor de todo?

Su rostro se tensó.

—No fue el dinero.

—Ni siquiera fue tu madre.

Hice una breve pausa.

—Fuiste tú.

Él quedó inmóvil.

—Cuando tu madre dijo que, como estaba embarazada, ya no hacía falta respetarme igual…

—Tú no me defendiste.

—Cuando redujo una y otra vez el compromiso…

—Tú me pediste comprensión.

—Cuando intentó exigir a mi familia un coche más caro que todo lo que ustedes ofrecían…

—También dijiste que ella solo quería lo mejor para nosotros.

Mi voz se volvió cada vez más tranquila.

—Y cuando finalmente dije que no…

—Desapareciste.

Shen Nian Ci bajó la cabeza.

—Estaba enfadado.

—Yo también.

—Pero no desaparecí de tu vida.

Levantó la vista.

Sus ojos estaban rojos.

—Lo siento.

—De verdad.

—Durante estos meses pensé muchas veces en buscarte.

—Entonces, ¿por qué no lo hiciste?

Volvió el silencio.

La respuesta era evidente.

Porque pensaba que yo terminaría cediendo.

Porque creía que una mujer embarazada no tendría otra opción.

Porque estaba convencido de que tarde o temprano regresaría sola.

Solo cuando pasaron ocho meses y comprendieron que el niño probablemente ya había nacido…

La familia Shen apareció de nuevo.

Con regalos.

Con trescientos mil yuanes.

Con una casa.

Y con sonrisas ensayadas.


Zhou Ming Wei comenzó a llorar.

—Qing Tang, dame una oportunidad para compensarte.

—Puedo tratarte como a mi propia hija.

La miré.

—Eso también me lo dijo cuando nos conocimos.

Su rostro se congeló.

—Después descubrí lo que significaba ser su hija.

—Significaba que yo debía ceder.

—Que mi familia debía pagar.

—Que mi embarazo podía utilizarse para rebajar mi valor.

Negué lentamente.

—No, gracias.

Shen Guo Dong intentó intervenir.

—Pero ustedes se querían.

—Nos quisimos.

Lo corregí.

—En pasado.


Shen Nian Ci apretó el informe entre las manos.

—¿Hay alguien más?

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—¿Estás saliendo con otra persona?

Me quedé mirándolo durante unos segundos.

Después sonreí.

—Curioso.

—Desapareces ocho meses y lo primero que necesitas saber es si otro hombre ocupó tu lugar.

—No quise decir…

—No importa.

Me apoyé de nuevo en el marco de la puerta.

—No hay nadie.

—Pero tampoco te necesito.

Aquella frase pareció dolerle más que cualquier insulto.

—Qing Tang…

—Cuando desapareciste, pensé que no podría soportarlo.

—Después descubrí que sí podía.

—Cuando tuve que ir sola al hospital, pensé que me derrumbaría.

—También sobreviví.

—Cuando tuve que volver a casa con mi madre y reconstruir mi vida…

Respiré profundamente.

—También pude hacerlo.

Lo miré directamente.

—Así que gracias.

Él pareció confundido.

—¿Por qué?

—Porque me enseñaste que podía vivir perfectamente sin ti.


Zhou Ming Wei abrió la boca.

—Pero si más adelante quieres tener hijos…

La expresión de mi rostro cambió.

Mi madre, que había estado escuchando desde el interior, salió en ese momento.

—Ya es suficiente.

Era la primera vez que intervenía.

Se colocó a mi lado.

—Mi hija pasó por todo aquello sin recibir una sola llamada de ustedes.

—Ahora vienen porque creen que existe un nieto de la familia Shen esperando en esta casa.

—Y cuando descubren que ya no está, de repente quieren hablar de sentimientos.

La mirada de mi madre se volvió fría.

—No vuelvan.

Zhou Ming Wei bajó la cabeza.

Shen Guo Dong suspiró.

Solo Shen Nian Ci permaneció inmóvil.

—Qing Tang.

Me llamó una última vez.

—¿De verdad no queda ninguna posibilidad?

Miré al hombre del que una vez creí que dependería toda mi vida.

Tres años de recuerdos pasaron rápidamente por mi mente.

Las flores.

Los cafés.

Las noches en que me esperaba después del trabajo.

El día que me dijo que quería formar una familia conmigo.

Todo había sido real.

Pero también era real lo que ocurrió después.

Y algunas cosas, una vez rotas, no necesitan ser reparadas.

Necesitan terminar.

—No.

Mi respuesta fue clara.

—Llegaste ocho meses tarde.

Cerré lentamente la puerta.

Antes de que terminara de cerrarse, escuché a Zhou Ming Wei llorar detrás.

No sentí satisfacción.

Tampoco odio.

Solo paz.

La cerradura hizo un pequeño clic.

Mi madre me tomó de la mano.

—¿Estás bien?

Miré la puerta cerrada.

Después miré el informe del hospital que ellos habían dejado caer en el suelo.

Lo recogí.

Lo doblé otra vez.

Y lo guardé.

—Sí.

Esta vez era verdad.

Porque aquel documento no representaba únicamente lo que había perdido.

También me recordaba el momento exacto en que dejé de esperar que una familia que nunca me respetó decidiera finalmente aceptarme.

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