PARTE 2: YA ERA HORA DE QUE LO SUPIERAS

Gabriel sostuvo el sobre entre los dedos durante varios segundos.

La sopa seguía humeando.

Las luces del comedor estaban encendidas.

Todo parecía exactamente igual que cualquier otra noche de los últimos diez años.

Y, sin embargo, la casa se sentía vacía.

—¿Elena? —llamó.

Nadie respondió.

Subió las escaleras de dos en dos.

El dormitorio estaba impecable. El armario de Elena seguía cerrado, pero faltaban varias maletas. En el tocador solo quedaba el marco de una fotografía donde aparecían los dos el día de su boda. La imagen había desaparecido.

Debajo del marco había una pequeña llave.

La reconoció de inmediato.

Era la llave de la caja fuerte privada que ambos tenían en el estudio.

Gabriel bajó corriendo.

Introdujo la llave, marcó la combinación y abrió la puerta metálica.

No encontró joyas.

Ni dinero.

Solo una carpeta azul perfectamente ordenada.

En la primera página había una fecha.

Cinco años atrás.

Su respiración comenzó a acelerarse.

Abrió la carpeta.

El primer documento era un informe de fertilidad.

Su propio informe.

Con el membrete del mismo centro médico donde aquella mañana había escuchado al doctor Walsh.

Fecha: cinco años antes.

Diagnóstico:

Azoospermia congénita irreversible.

Gabriel sintió un escalofrío.

¿Cómo era posible?

Siguió leyendo.

En la siguiente hoja encontró una autorización con su firma para que los resultados médicos pudieran entregarse también a su esposa.

Su firma era auténtica.

La recordó de inmediato.

Había firmado decenas de documentos aquel día sin leerlos, antes de entrar a una reunión de adquisición.

Jamás imaginó que entre ellos estaba aquella autorización.

Debajo del informe había una carta escrita a mano.

La letra era de Elena.

“Gabriel: el médico quiso darte la noticia personalmente, pero cancelaste la cita por una reunión. Me pidió que esperáramos un momento adecuado para hablar contigo. Nunca encontré ese momento.”

Las palabras comenzaron a volverse borrosas.

“Esa misma semana apareció Clara diciendo que estaba embarazada.”

Gabriel cerró los ojos.

Recordó perfectamente aquella tarde.

Clara llorando.

La prueba de embarazo.

Las promesas.

Los abrazos.

Todo había ocurrido apenas cuatro días después del diagnóstico.

Continuó leyendo.

“Intenté decirte la verdad. Tres veces.”

Detrás de la carta había copias de mensajes.

El primero.

“Gabriel, necesitamos hablar de tus resultados médicos.”

Nunca respondido.

El segundo.

“Es importante. No tiene que ver conmigo.”

Sin respuesta.

El tercero.

“Por favor, antes de tomar cualquier decisión.”

El estado decía simplemente:

Leído.

Nada más.

Gabriel dejó escapar un suspiro tembloroso.

No recordaba ninguno de aquellos mensajes.

Seguramente los había ignorado mientras pasaba la noche con Clara.

La siguiente hoja era todavía peor.

Una fotografía.

Él aparecía abrazando a Clara en una fiesta de la empresa.

Elena estaba al fondo.

Sola.

Sonriendo con educación.

En la parte trasera había una única frase.

“Ese día ya sabía que los niños no podían ser tuyos.”

Gabriel se dejó caer sobre el sofá.

La cabeza le daba vueltas.

Cinco años.

Cinco años culpándola de no darle hijos.

Cinco años permitiendo que su madre la humillara.

Cinco años creyéndose un hombre afortunado por haber encontrado otra familia.

Y durante todo ese tiempo…

La única persona que conocía la verdad había sido precisamente la mujer a la que destruyó.

En ese momento sonó su teléfono.

Era Margaret.

—Gabriel, ¿dónde estás? Los niños preguntan por ti. Clara está preocupadísima.

Él permaneció en silencio.

—¿Gabriel?

—Mamá…

Su voz era irreconocible.

—¿Alguna vez viste un solo análisis de ADN?

Al otro lado hubo unos segundos de silencio.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—Respóndeme.

—No hacía falta. Son iguales a ti.

Gabriel soltó una risa amarga.

—No, mamá.

Respiró profundamente.

—No se parecen a mí.

Margaret comenzó a ponerse nerviosa.

—¿Qué está pasando?

Él respondió con una calma que daba miedo.

—Acabo de descubrir que nunca pude tener hijos.

El silencio fue absoluto.

Después escuchó cómo el vaso que ella sostenía caía al suelo.

—Eso… eso no puede ser.

—Sí puede.

Colgó.

No tenía fuerzas para seguir hablando.

Miró otra vez la carpeta.

En el fondo había un último sobre.

Mucho más grueso.

Llevaba escrita una sola frase.

“Ábrelo únicamente cuando estés preparado para conocer quién es realmente Clara Bennett.”

Gabriel sintió un nudo en el estómago.

Abrió lentamente el sobre.

La primera fotografía hizo que la sangre se le helara.

Clara aparecía abrazando a un hombre desconocido… apenas dos semanas antes de anunciarle su primer embarazo.

Pero lo que realmente lo dejó sin respiración no fue el abrazo.

Fue reconocer el rostro del hombre.

Era alguien en quien él había confiado durante más de quince años.

Su mejor amigo.

Y también el director financiero de Morrison Corporation.

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