Parte 2: Ya Era Demasiado Tarde

El silencio que siguió al golpe fue absoluto.

El guardia retrocedió dos pasos, llevándose una mano al rostro.

Nadie en la habitación parecía capaz de creer lo que acababa de ocurrir.

Adrian Hayes.

El hijo perfecto.

El heredero obediente.

Acababa de levantar la mano contra un hombre de seguridad contratado por su propia familia.

Victoria Hayes fue la primera en reaccionar.

Su voz salió fría, afilada.

—¿Te has vuelto loco?

Adrian no apartó los ojos de mí.

—Nadie la toca.

—Es la madre de tus hijos.

—Precisamente por eso.

Victoria dio un paso al frente.

—Esos niños pertenecen a la familia Hayes.

No pude evitar soltar una carcajada amarga.

Todos giraron hacia mí.

—¿Pertenecen?

Miré directamente a mi exsuegra.

—Curioso.

Cuando firmamos el divorcio hace dieciséis días, usted dijo que yo ya no tenía ningún vínculo con esta familia.

Ahora resulta que mi vientre sí les pertenece.

Victoria endureció la mandíbula.

—No confundas las cosas.

—No las estoy confundiendo.

Respiré despacio antes de continuar.

—Simplemente estoy recordando.

La miré fijamente.

—El día que abandoné la mansión, usted me entregó una caja con todas mis cosas.

Mis fotografías.

Mi ropa.

Hasta el juego de té que mi madre me regaló cuando me casé.

Y me dijo…

Hice una breve pausa.

—”A partir de hoy, los Hayes no volverán a necesitarte.”

La expresión de Victoria cambió apenas un instante.

Pero fue suficiente.

Adrian volvió lentamente la cabeza hacia su madre.

—¿Le dijiste eso?

Ella respondió sin el menor remordimiento.

—Porque era cierto.

Olivia aprovechó el silencio para acercarse.

Su voz volvió a sonar suave.

—Victoria solo estaba intentando proteger a la familia…

—Cállate.

La palabra salió de la boca de Adrian con una dureza que hizo que Olivia retrocediera.

Ella abrió mucho los ojos.

—Adrian…

—Te he dicho que te calles.

Era la primera vez, desde que la conocía, que la veía quedarse sin respuesta.

La doctora intervino entonces.

—Señores, esto sigue siendo un hospital.

Si continúan alterando a la paciente, llamaré a la policía.

Adrian respiró profundamente.

Después se volvió hacia mí.

Su voz cambió por completo.

—Claire…

No te estoy pidiendo que vuelvas conmigo.

Solo…

Bajó la vista hacia el ultrasonido que seguía entre mis manos.

—Déjame cuidar de los bebés.

Sentí un peso inmenso en el pecho.

Cinco años.

Cinco años esperando escuchar que quería construir una familia conmigo.

Y aquellas palabras llegaban únicamente cuando ya no quedaba matrimonio que salvar.

Negué despacio.

—Llegas demasiado tarde.

Él dio un paso.

—Puedo arreglar esto.

—¿Cómo?

Lo interrumpí con calma.

—¿Vas a borrar las noches en las que dormías junto a Olivia mientras yo firmaba el divorcio sola?

No respondió.

—¿Vas a borrar las fotografías?

¿Los viajes?

¿Las mentiras?

Su silencio volvió a responder por él.

Miré el monitor de la ecografía.

Tres pequeños latidos seguían apareciendo uno junto al otro.

Sentí que las lágrimas amenazaban con salir.

Pero esta vez no eran solo de dolor.

También eran de miedo.

Tres vidas.

Tres corazones.

Tres futuros que dependían únicamente de mí.

La doctora apoyó una mano sobre mi hombro.

—Claire.

Si necesitas unos minutos para pensar, podemos detenernos.

Asentí lentamente.

Necesitaba respirar.

Necesitaba salir de aquel quirófano.

Necesitaba alejarme de todos ellos.

Bajé de la camilla.

Tomé mi bolso.

Y caminé hacia la puerta.

Cuando pasé junto a Adrian, él volvió a hablar.

Muy despacio.

—¿Hay alguna posibilidad… aunque sea mínima… de que cambies de opinión?

Me detuve unos segundos.

Sin girarme.

—La única oportunidad que tenías terminó el día que elegiste proteger a otra mujer mientras yo firmaba nuestro divorcio.

Seguí caminando.

Pero antes de llegar al pasillo, una enfermera apareció corriendo con una carpeta en las manos.

—¡Doctora!

La doctora se volvió.

—¿Qué ocurre?

—Acaban de llegar los resultados completos de laboratorio de la señora Bennett.

La doctora abrió el informe.

Lo leyó rápidamente.

Su expresión cambió de inmediato.

Levantó la vista hacia mí.

—Claire…

Necesito que vuelvas al consultorio.

Ahora mismo.

Fruncí el ceño.

—¿Ha pasado algo con los bebés?

Ella negó lentamente.

—No.

Es contigo.

Hay un resultado en tus análisis… que cambia por completo el riesgo de este embarazo.

Y también explica por qué has estado sintiéndote tan mal estas últimas semanas.

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