Daniel dejó el abrigo sobre la silla y caminó hacia la cocina.
—¿No me escuchaste? Mateo quiere sopa de costillas con ñame.
Elena permaneció sentada en el borde de la cama.
—No voy a cocinar.
Daniel se detuvo.
Parecía realmente sorprendido.
—¿Qué dijiste?
—Que no voy a cocinar para Mateo.
—Es solo un niño.
Elena levantó lentamente la mirada.
—Lo sé.
—Entonces deja de comportarte así.
Ella respiró profundamente.
—Daniel, ayer perdí a mi hijo.
El rostro de Daniel cambió.
Durante unos segundos no entendió.
—¿Qué?
—Estaba embarazada.
El silencio cayó entre los dos.
—Cinco semanas.
Daniel palideció.
—Elena…
—Y lo perdí ayer.
Él dio un paso hacia ella.
—¿Por qué no me dijiste?
Elena soltó una risa amarga.
—Porque estabas ocupado cuidando al hijo de Marta.
Daniel abrió la boca.
No encontró palabras.
—Yo no sabía…
—Exactamente.
Elena se levantó.
—No sabías que tu esposa estaba embarazada.
—No sabías que estaba sangrando.
—No sabías que estaba en el hospital.
—Pero sabías perfectamente que Mateo tenía un rasguño.
Daniel bajó la mirada.
—Elena, yo…
—No quiero explicaciones.
Ella sacó un documento de su bolso.
Lo colocó sobre la mesa.
—Solicité oficialmente el traslado al destacamento de la frontera sur.
Daniel levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Me voy en tres días.
—No puedes decidir algo así sin hablar conmigo.
—Ya lo hice.
—Elena, ese lugar es peligroso.
Ella lo miró fijamente.
—Ahora mismo no hay ningún lugar más peligroso para mí que esta casa.
Daniel se quedó inmóvil.
Por primera vez pareció comprender que algo había cambiado definitivamente.
—¿Y nuestro matrimonio?
Elena tardó unos segundos en responder.
—Nuestro matrimonio terminó cuando decidiste que la vida de otra mujer y su hijo era más importante que la mía.
Daniel negó con la cabeza.
—No digas eso.
—No tengo nada más que decir.
Tomó su pequeña maleta.
Daniel intentó detenerla.
—Espera.
Elena apartó su mano.
—No vuelvas a tocarme.
Él se quedó congelado.
Aquella misma tarde, Elena acudió al despacho del capitán Ramírez.
—Quiero adelantar mi incorporación.
El capitán la miró con preocupación.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Puedes tomarte unos días.
—No.
Elena dejó sobre el escritorio una carpeta.
—Quiero empezar cuanto antes.
El capitán la abrió.
Dentro estaban sus certificados médicos, sus evaluaciones profesionales y la documentación de su traslado.
—Tienes una oportunidad extraordinaria allí.
Elena asintió.
—Eso es lo único que me importa ahora.
Mientras tanto, en el hospital, Daniel estaba sentado junto a Mateo.
Marta le llevaba café.
—Daniel, deberías descansar.
—Estoy bien.
Mateo sonrió.
—Papá, ¿cuándo volveremos a casa?
Daniel se quedó callado.
Marta le acarició el cabello al niño.
—No te preocupes. Papá va a cuidarnos.
Daniel levantó la mirada.
Por primera vez, aquella frase no le produjo satisfacción.
Le produjo culpa.
Sacó el teléfono.
Había intentado llamar a Elena cinco veces.
Ninguna llamada fue contestada.
Entonces recibió un mensaje del capitán Ramírez.
“Tu esposa ya tiene autorización para trasladarse al destacamento de frontera.”
Daniel sintió un vacío en el pecho.
—¿Qué ocurre? —preguntó Marta.
—Elena se va.
Marta bajó la mirada.
—Quizá necesita tiempo.
Daniel no respondió.
En ese momento recordó algo.
La noche anterior, Elena le había dicho que le dolía el vientre.
Y él la había dejado sola.
Su rostro cambió.
—Necesito verla.
Salió del hospital.
Cuando llegó al dormitorio, la habitación estaba casi vacía.
Elena había guardado sus cosas.
Sobre la mesa encontró una pequeña caja.
Dentro había un par de calcetines diminutos.
Un gorrito blanco.
Y una fotografía de una ecografía.
Daniel se quedó sin respiración.
Debajo había una nota.
“Era nuestro hijo.”
Sus manos comenzaron a temblar.
Entonces comprendió que durante semanas había estado hablando de formar una familia con otra mujer mientras la suya ya existía.
Se sentó lentamente en la cama.
Por primera vez en seis años, Daniel lloró.
Pero Elena ya estaba en camino hacia la estación.
No sabía que él había descubierto la verdad.
Y tampoco sabía que, tres días después, cuando llegara a la frontera, recibiría una llamada que cambiaría nuevamente su vida.
Una llamada del hospital.
—Doctora Vargas, necesitamos que regrese.
—¿Qué ocurrió?
Hubo un silencio.
—Encontramos algo en sus análisis.
Elena se quedó inmóvil.
—¿Qué cosa?
La voz del médico tembló.
—Creemos que el diagnóstico anterior pudo estar equivocado.
Elena sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—¿Qué quiere decir?

—Doctora… necesitamos hablar con usted personalmente.
Y entonces escuchó las palabras que jamás había imaginado volver a oír:
—Hay indicios de que su embarazo podría no haber terminado como todos creíamos.