PARTE 2: VEINTE MINUTOS PARA DESTRUIRLO

Cuando Marcus y yo cruzamos las puertas del salón, la música perdió importancia.

Adrian dejó su copa sobre una mesa.

—Elena.

No respondí.

Vivian se acercó y entrelazó su brazo con el suyo.

—Qué sorpresa. Pensé que estarías camino a Viena.

Miré el collar de esmeraldas que llevaba.

—Yo también cambié de planes.

Eleanor Grant apareció inmediatamente.

—¿Quién permitió que esta mujer entrara?

Marcus sacó su invitación.

—Yo.

Eleanor reconoció su nombre.

Su expresión cambió.

Adrian también entendió entonces quién era mi acompañante.

—Señor Shen —dijo, forzando una sonrisa—. No sabía que conocía a Elena.

Marcus miró el salón.

—Conozco sus asuntos bastante bien.

Antes de que Adrian pudiera preguntar qué significaba aquello, las puertas volvieron a abrirse.

Entró una funcionaria judicial acompañada por dos personas.

Llevaba un expediente.

Y una caja vacía.

Vivian palideció.

—¿Qué ocurre?

La funcionaria se acercó.

—¿Vivian Jiang?

—Sí.

—Existe una orden de restitución sobre determinados bienes pertenecientes a la señorita Elena Lin.

Abrió el documento.

El primer objeto descrito era el collar que Vivian llevaba puesto.

Su mano voló hacia las esmeraldas.

—¡Esto me lo regaló Adrian!

Lo miré.

—Adrian no podía regalarte algo que nunca fue suyo.

La funcionaria pidió también el Cartier.

Vivian empezó a temblar.

Cientos de invitados observaban.

Pero aquello apenas comenzaba.

Adrian se acercó a mí.

—¿Viniste a arruinar mi boda por unas joyas?

—No.

Saqué la sentencia sucesoria.

—Vine por todo lo demás.

Su expresión cambió.

Durante años, la familia Lin había dicho que yo era una huérfana recogida por caridad.

Cuando murió mi madre biológica, ellos administraron temporalmente ciertos bienes que me correspondían.

Después hicieron algo mucho más conveniente.

Me convencieron de que no existían.

La sentencia demostraba lo contrario.

Mi madre me había dejado activos, propiedades y, sobre todo, participaciones empresariales que habían permanecido en disputa hasta aquella semana.

Entre ellas había acciones vinculadas a Jiang Holdings.

La empresa de la familia de Vivian.

Su padre se levantó bruscamente.

—Eso es imposible.

Marcus intervino.

—No lo es.

Entonces entraron tres representantes de Shen Capital.

Uno llevaba una carpeta negra.

Marcus continuó:

—Mi fondo posee deuda relevante de Grant Group y derechos financieros sujetos a determinadas condiciones.

Adrian perdió la paciencia.

—¿Qué tiene eso que ver con Elena?

Marcus lo miró directamente.

—Mucho.

—La financiación que su empresa esperaba renovar el lunes dependía de nuestra aprobación.

Silencio.

—Dependía —repitió Adrian.

—Correcto.

Marcus recibió un documento de su abogado.

—Después de revisar ciertos riesgos legales y de gobierno corporativo, hemos decidido no proceder en los términos previstos.

La madre de Adrian se levantó.

—¡No puede destruir una compañía por un conflicto sentimental!

—No lo haría.

Marcus miró hacia la entrada.

—Por eso esperé a escuchar al señor Zhao.

Todas las miradas se volvieron.

Thomas estaba allí.

Adrian quedó blanco.

—Thomas.

Su antiguo asistente caminó hacia nosotros.

No parecía valiente.

Parecía aterrorizado.

Pero continuó.

—He entregado una declaración sobre varias instrucciones que recibí del señor Grant.

Adrian avanzó.

—Cállate.

Thomas retrocedió.

—También conservé mensajes.

El salón entero pareció contener la respiración.

Yo sabía que Adrian había querido impedir que compitiera.

Sabía que había utilizado contactos para favorecer a Vivian.

Lo que no sabía era cuánto más lejos había estado dispuesto a llegar.

Thomas abrió su teléfono.

—Tres días atrás recibí una orden relacionada con la señorita Lin.

Adrian se lanzó hacia él.

Dos hombres de seguridad de Marcus se interpusieron.

—¡Está mintiendo!

Thomas levantó la voz.

—Me ordenó conseguir personas que lesionaran a Elena para impedirle volver a competir contra Vivian.

Vivian giró hacia Adrian.

—¿Qué?

Por primera vez parecía realmente sorprendida.

Adrian me miró.

—Elena, escucha…

—No.

Aquella palabra lo detuvo.

—Durante años te escuché explicar por qué Vivian necesitaba ganar.

Por qué yo debía retirarme.

Por qué su carrera era más importante.

Me acerqué.

—Pero cuando decidiste que incluso mi cuerpo podía romperse para abrirle camino, dejaste de ser alguien con quien tuviera algo que hablar.

Entonces saqué el informe del comité internacional.

La competición había abierto una investigación sobre manipulación, presión indebida y posible acceso irregular a información de otros participantes.

Vivian arrancó el documento de mis manos.

Leyó.

Su rostro se descompuso.

—¿Me van a descalificar?

—Eso lo decidirá el comité.

—¡Tú hiciste esto!

Negué.

—No, Vivian.

—Por primera vez tendrás que descubrir cuánto vales sin que Adrian destruya a otra persona para ayudarte.

Ella miró a su prometido.

Y entonces sucedió algo casi cómico.

Se quitó el anillo.

—La boda se cancela.

Adrian la miró incrédulo.

—¿Qué?

—Si Grant Group pierde la financiación, mi padre jamás permitirá este matrimonio.

Adrian soltó una risa vacía.

—¿Eso era todo?

Vivian no respondió.

Él había destruido su compromiso conmigo para elegirla.

Y ella tardó menos de un minuto en abandonarlo cuando su apellido dejó de parecer invencible.

Pero yo todavía guardaba el último documento.

Lo coloqué sobre la mesa de regalos.

Adrian lo reconoció.

Era la certificación accionarial.

—¿De dónde sacaste eso?

—De mi madre.

Marcus terminó la explicación:

—La señorita Lin controla ahora una participación que será determinante en la próxima votación relacionada con la reestructuración que Grant Group necesita.

Adrian me miró como si acabara de conocerme.

—Entonces por eso estás con Shen.

Comprendí inmediatamente lo que insinuaba.

Marcus también.

Pero antes de que respondiera, levanté una mano.

—No necesito acostarme con un hombre poderoso para derrotarte, Adrian.

—Solo necesitaba dejar de confiar en ti.

Tomé mi bolso.

Había terminado.

Adrian me siguió hasta la salida.

—¡Elena!

Continué caminando.

—¡Podemos arreglarlo!

Me detuve.

—Hace tres días ordenaste que me rompieran las piernas.

Su rostro se tensó.

—Estaba furioso. Nunca habría permitido que realmente…

Me reí.

Aquello fue peor que cualquier confesión.

—Thomas te detuvo.

—Tú no te detuviste.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Marcus esperaba dentro.

Adrian dio un último paso.

—¿Vas a destruir mi empresa?

Lo miré por última vez.

—No.

Entré al ascensor.

—Voy a votar pensando en lo que le conviene a la empresa.

Las puertas comenzaron a cerrarse.

—Exactamente como tú siempre decías que debía hacerse.

Esa noche Adrian perdió una boda.

Días después perdió el control de su compañía.

Vivian perdió su lugar en el concurso mientras se investigaban las irregularidades.

Y Thomas entregó todas las pruebas que había conservado.

Yo sí terminé viajando a Viena.

Solo que una semana más tarde.

No escapando.

No escondiéndome.

Subí al escenario de un concurso internacional con mis propias piernas.

Antes de tocar la primera nota miré hacia el público.

Marcus estaba sentado discretamente en la última fila.

No había venido a salvarme.

Ya no necesitaba que nadie lo hiciera.

Había venido a verme ganar algo que, por primera vez en muchos años, nadie había podido quitarme.

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