Alexander tardó unos segundos en responder.
—Hace tres semanas recibí una fotografía.
Sacó el teléfono.
En la pantalla aparecía Mia saliendo conmigo de una guardería.
Debajo había un mensaje anónimo:
“Si quieres saber qué ocurrió en la habitación 1806, hazte una prueba de ADN.”
Sentí frío.
—¿Y la hiciste?
—Conseguí una muestra legalmente durante la investigación.
Me mostró el resultado.
99,99 %.
Miré a Mia.
Durante dos años había creído que Daniel era su padre.
Ahora un desconocido tenía un documento diciendo lo contrario.
—¿Quién envió la fotografía?
—Eso estoy intentando descubrir.
Alexander llamó a su abogado.
Aquella misma tarde conseguimos los registros antiguos del hotel.
La habitación 1806 estaba reservada a nombre de Daniel Miller.
Pero había algo extraño.
La noche de la fiesta se habían emitido tres tarjetas.
Una para Daniel.
Una para mí.
Y una tercera solicitada a las 11:42 p. m.
—¿Quién la pidió? —pregunté.
Alexander giró la computadora hacia mí.
La firma era ilegible.
Pero la cámara del mostrador todavía existía en los archivos de seguridad conservados por una investigación anterior del hotel.
La imagen mostraba a Daniel.
Sentí que me faltaba el aire.
Él había pedido aquella tercera tarjeta.
Y diecisiete minutos después, Alexander entró en nuestra habitación utilizándola.
—¿Por qué haría esto?
Alexander no respondió.
La explicación apareció en otro documento.
Tres meses antes de nuestra boda, Daniel había solicitado un análisis de fertilidad.
El resultado indicaba un problema severo.
Nunca me lo contó.
En cambio, durante nuestra luna de miel creó una situación en la que otro hombre podía convertirse en padre de un hijo que después él presentaría como suyo.
Pero algo seguía sin encajar.
—Si quería un hijo, ¿por qué pidió ahora una prueba de ADN?
Alexander me miró.
—Quizá nunca esperó que supieras el resultado verdadero.
Recordé algo.
Daniel había llevado personalmente las muestras al laboratorio.
Mi abogado pidió una revisión independiente.
El informe que Daniel había arrojado sobre nuestra mesa era auténtico.
Pero había sido solicitado por otra persona meses antes.
Daniel ya sabía que Mia no era biológicamente suya.
Entonces apareció el motivo.
El padre de Daniel había creado un fideicomiso familiar de doce millones de dólares.
Solo podía heredarlo un descendiente biológico de los Miller.
Durante dos años Daniel había presentado a Mia ante su familia como heredera.
Pero una auditoría del fideicomiso exigiría una prueba genética.
Su mentira estaba a punto de descubrirse.
Así que necesitaba convertir el fraude en una infidelidad mía.
El divorcio era su salida.
Alexander apretó los puños.
—Nos utilizó a los dos.
—Sí.
Lo miré.
—Pero Mia no será utilizada por nadie.
Dos días después Daniel recibió la demanda para revisar las circunstancias del divorcio y los documentos relacionados con el fideicomiso.
Me llamó inmediatamente.
No contesté.
Entonces llegó un mensaje.
“Claire, no sabes toda la historia de Cancún.”
Adjuntó una fotografía.
Alexander estaba junto a Daniel en el hotel.
Ambos miraban directamente a la cámara.
La fecha era de una semana antes de nuestra luna de miel.
Le enseñé la imagen a Alexander.
Su rostro perdió el color.
—¿Qué pasa?
Amplió la fotografía.
—Ese hombre que está junto a Daniel…
Señaló una figura al fondo.
—Es mi padre.
Alexander me miró.
—Y él fue quien me regaló aquel viaje a Cancún.

En ese instante comprendimos que Daniel quizá no había inventado el plan solo.
Alguien había elegido a Alexander específicamente.
Y había empezado a preparar aquella noche mucho antes de que yo llegara a la habitación 1806.