PARTE 2: TRES DÍAS PARA DESPEDIRME

—Señorita Jiang, quiero hacer un trato con usted.

Abrí los ojos.

El hombre que tenía delante era alto, vestía un abrigo oscuro y llevaba una expresión tan serena que parecía completamente fuera de lugar en aquella habitación.

Lo reconocí después de unos segundos.

Gu Yanchuan.

El rival más temido de Fu Sihan en el mundo empresarial.

Habían competido durante años.

—¿Qué trato?

Mi voz apenas salió.

Gu Yanchuan cerró la ventana y después colocó una carpeta sobre la mesa.

—El médico dice que le quedan muy pocos días.

Lo miré fijamente.

—¿También sabe eso?

—Sé más de lo que imagina.

Abrió la carpeta.

Dentro había fotografías, transferencias bancarias y registros de mensajes.

En varias imágenes aparecían Fu Sihan y Jiang Zhixue juntos.

Las fechas eran anteriores a mi accidente.

Sentí que algo dentro de mí terminaba de romperse.

Gu Yanchuan habló con calma.

—Su hermana y Fu Sihan ya mantenían una relación antes de que usted quedara inconsciente.

—Eso ya lo sé.

—Pero no sabe lo demás.

Pasó otra página.

Mi mirada se congeló.

Había documentos relacionados con el proyecto de inversión que yo había desarrollado antes del accidente.

Ese proyecto estaba ahora registrado bajo el nombre de Jiang Zhixue.

—¿Qué significa esto?

—Mientras usted estaba inconsciente, su familia transfirió sus derechos sobre varias participaciones alegando que necesitaban administrar sus bienes temporalmente.

Mis dedos comenzaron a temblar.

—¿Firmaron por mí?

—No exactamente.

Gu Yanchuan me miró.

—Utilizaron una autorización que usted había firmado años atrás para asuntos médicos y patrimoniales urgentes.

Sentí náuseas.

No solo habían ocupado mi lugar en la familia.

También habían ocupado mi vida.

—¿Qué quiere de mí?

Gu Yanchuan respondió sin rodeos:

—Su firma.

—¿Para qué?

—Para recuperar lo que todavía está legalmente a su nombre y evitar que termine en manos de ellos.

Solté una risa amarga.

—¿Y qué gana usted?

Por primera vez apareció una pequeña sonrisa en su rostro.

—Que Fu Sihan pierda algo que lleva años intentando conseguir.

Al menos era sincero.

Asentí.

—De acuerdo.

Durante las siguientes horas trabajamos con abogados.

Firmé documentos.

Revocamos autorizaciones.

Transferí una parte de mis bienes a un fondo destinado a investigación médica.

El resto quedó reservado para una organización de asistencia a víctimas de accidentes.

No dejé nada a mi familia.

Ni una acción.

Ni una propiedad.

Ni siquiera una joya.

Cuando terminamos, Gu Yanchuan me preguntó:

—¿Está segura?

Miré los papeles.

—Durante años pensé que debía agradecerles que fueran mi familia.

Sonreí débilmente.

—Ahora quiero darme las gracias a mí misma por haber despertado a tiempo.

Aquella misma noche, la boda terminó.

Fu Sihan apareció en el hospital.

Todavía llevaba el traje de novio.

Entró con el rostro tenso.

—¿Qué hiciste?

No necesité preguntar a qué se refería.

Seguramente sus abogados ya habían recibido las notificaciones.

—Recuperé mis cosas.

—Xiaomian, podemos hablar.

—Entonces habla.

Él miró a Gu Yanchuan, que permanecía junto a la ventana.

—Quiero hablar contigo a solas.

—No hace falta.

Fu Sihan apretó los dientes.

—Lo de Zhixue no ocurrió como piensas.

Me reí.

—¿Entonces cómo ocurrió?

Guardó silencio.

—¿Ella tropezó accidentalmente y terminó siendo tu novia?

Su rostro palideció.

—Yo iba a terminar contigo antes del accidente.

Aquellas palabras, extrañamente, ya no dolieron.

Quizá porque ya no quedaba nada que pudiera romperse.

—Entonces debiste hacerlo.

Lo miré directamente.

—Pero cuando me accidenté, seguiste fingiendo ser el hombre que me amaba.

—Estabas inconsciente.

—Precisamente.

Mi voz se volvió fría.

—No podía descubrir tus mentiras.

Fu Sihan dio un paso hacia mí.

—Durante esos meses también sufrí.

—No tanto como para impedirte casarte hoy.

Se quedó inmóvil.

En ese momento aparecieron mis padres.

Detrás venían mi hermano y Jiang Zhixue.

Mi madre fue la primera en hablar.

—Mianmian, ¿por qué revocaste las autorizaciones?

Mi padre frunció el ceño.

—¿Sabes cuánto daño puede causar esto a la empresa familiar?

Los observé.

Ni siquiera habían venido a preguntarme cómo estaba.

Habían venido por el dinero.

—Lo sé.

—Entonces corrígelo.

Mi hermano habló con impaciencia.

—No seas infantil. Ya tienes bastante con tus problemas de salud. ¿Para qué quieres controlar esas acciones?

Sonreí.

—Tienes razón.

—No las necesito.

Sus expresiones se relajaron.

Entonces añadí:

—Por eso las doné.

El silencio fue absoluto.

Mi madre palideció.

—¿Qué dijiste?

—Las doné.

Mi padre golpeó la mesa con la palma.

—¡Estás loca!

Gu Yanchuan se adelantó.

—Los documentos ya fueron protocolizados.

Mi hermano perdió el color del rostro.

—¡Ese dinero pertenecía a nuestra familia!

Lo miré.

—No.

—Me pertenecía a mí.

Jiang Zhixue comenzó a llorar.

—Xiaomian, ¿de verdad nos odias tanto?

Por primera vez la miré sin sentir que estaba observando a mi hermana mayor.

Solo veía a una desconocida con mi antiguo prometido, mis proyectos y el apoyo de mis padres.

—No tengo suficiente tiempo para odiarlos.

Su expresión cambió.

Fu Sihan levantó la cabeza bruscamente.

—¿Qué significa eso?

Nadie respondió.

Mi madre me miró fijamente.

—Mianmian…

Me senté lentamente en la cama.

—El médico dijo que mi estado no ha mejorado.

La habitación quedó inmóvil.

—Estos días son una despedida.

Mi padre retrocedió.

Mi hermano abrió la boca, pero no salió ningún sonido.

Jiang Zhixue dejó de llorar.

Y Fu Sihan simplemente me miró como si no entendiera el idioma que acababa de escuchar.

—No.

Su voz salió ronca.

—No puede ser.

Sonreí.

—Qué extraño.

—Hace unas horas todos estaban deseando que no complicara sus vidas.

Ahora nadie sabía qué decir.

Mi madre comenzó a llorar.

—¿Por qué no nos lo dijiste?

—Porque estaban ocupados con una boda.

Aquella frase hizo que toda la habitación quedara todavía más silenciosa.

Fu Sihan se acercó.

—Xiaomian, cancelaré todo.

—Ya te casaste.

—Puedo arreglarlo.

Negué con la cabeza.

—No quiero que arregles nada.

—¿Entonces qué quieres?

Miré hacia la ventana.

—Quiero pasar el tiempo que me queda sin ustedes.

Mi madre sollozó.

Mi hermano intentó disculparse.

Mi padre dijo mi nombre varias veces.

Pero ya no quise escuchar.

Gu Yanchuan llamó al personal médico y mi familia tuvo que marcharse.

Fu Sihan fue el último.

Antes de salir preguntó:

—¿Alguna vez podrás perdonarme?

Pensé durante unos segundos.

—No necesito hacerlo.

—Simplemente ya no quiero llevarte conmigo en mis últimos recuerdos.

Él bajó la cabeza.

Y salió.

Al día siguiente, Gu Yanchuan regresó.

Traía café para él y un pequeño ramo de flores para mí.

—¿Qué quiere hacer hoy?

Miré el cielo.

—Salir.

—¿A dónde?

Pensé en todo lo que había perdido mientras dormía.

Después sonreí.

—A cualquier lugar donde nadie me conozca como la hija de la familia Jiang ni como la prometida de Fu Sihan.

Así que fuimos al mar.

Me senté frente al agua durante horas.

Comí helado.

Escuché a niños riendo.

Vi caer la tarde.

Y por primera vez desde que desperté, el mundo no me pareció cruel.

Aquella noche pregunté:

—Gu Yanchuan, ¿por qué me ayudaste realmente?

Él permaneció callado durante mucho tiempo.

—Hace años presentaste un proyecto en una conferencia universitaria.

Lo miré sorprendida.

—¿Estabas allí?

—Sí.

—Ni siquiera te conocía.

—Yo sí recordaba tu nombre.

Sonrió.

—Fuiste la única persona de aquella sala que discutió conmigo durante veinte minutos y consiguió demostrar que estaba equivocado.

Reí por primera vez.

—Eso sí parece algo que haría.

El tercer día amaneció despejado.

Mis padres pidieron verme.

Acepté.

Esta vez nadie habló de dinero.

Mi madre me sujetó la mano.

—Lo siento.

Mi padre tenía los ojos rojos.

Mi hermano ni siquiera se atrevía a mirarme.

Jiang Zhixue permaneció lejos.

Fu Sihan no vino.

Quizá finalmente había comprendido que su presencia ya no era un regalo.

Antes de que se marcharan, mi madre preguntó:

—¿Hay algo que podamos hacer por ti?

Pensé un momento.

—Sí.

Todos levantaron la cabeza.

—Cuando hablen de mí en el futuro, no digan que fui una pobre mujer abandonada por su prometido.

Respiré lentamente.

—Digan que fui Jiang Mian.

—Que tuve mis propios proyectos.

—Mis propias ideas.

—Y que durante mis últimos días elegí mi propia vida.

Mi madre comenzó a llorar de nuevo.

Esta vez no aparté la mano.

Pero tampoco retiré mi decisión.

Esa tarde regresé junto al mar.

Gu Yanchuan permaneció conmigo en silencio.

No necesitábamos hablar.

El sol descendía lentamente y el horizonte parecía cubrirse de oro.

Pensé en el accidente.

En mi familia.

En Fu Sihan.

En todo aquello que había creído imprescindible.

Y comprendí algo.

Despertar no había sido un castigo.

Había sido mi última oportunidad para conocer la verdad.

Una oportunidad para recuperar mi nombre.

Para decidir qué hacer con lo que me pertenecía.

Y, sobre todo, para no despedirme de este mundo creyendo una mentira.

Miré el mar y sonreí.

Durante aquellos tres días perdí una familia que ya me había perdido mucho antes.

Pero recuperé algo que creía desaparecido para siempre.

A mí misma.

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