—¿A qué hora llegará el equipo de enfermería?
Fang Zhinou sonrió.
—A las nueve.
Wen Wanning asintió.
—Entendido.
Aquella respuesta desconcertó a Fang.
Esperaba lágrimas.
Súplicas.
Quizá una escena.
No recibió nada.
Wanning incluso tomó la caja con la ropa rosa y la colocó cuidadosamente junto a la puerta.
—Gracias por el regalo.
Fang Zhinou salió sintiéndose vencedora.
No sabía que acababa de darle a Wanning la información exacta que necesitaba.
A las siete de la mañana siguiente, Lu Yanzhou salió para una reunión.
A las ocho y veinte, Wanning bajó tranquilamente.
No llevaba maleta.
Solo un bolso pequeño y una carpeta con sus controles prenatales.
El chófer se acercó.
—Señora Lu, ¿adónde va?
—A la farmacia.
—La acompaño.
Wanning sonrió.
—Entonces ven.
Aquello lo sorprendió.
No estaba intentando escapar.
Todavía.
En la farmacia compró vitaminas y pidió usar el baño.
Había elegido aquel establecimiento por una razón.
Dos semanas antes había descubierto que tenía una salida trasera hacia un callejón comercial.
Entró.
Se quitó el abrigo.
Se puso una chaqueta holgada que llevaba doblada dentro del bolso.
Gorra.
Mascarilla.
Salió por detrás.
Un taxi esperaba a cincuenta metros.
A las nueve, el equipo médico llamó a la puerta de la mansión.
A las nueve y siete, el chófer descubrió que Wanning había desaparecido.
A las nueve y doce, Lu Yanzhou recibió la llamada.
—¿Cómo que desapareció?
Fue la primera vez que su secretario lo oyó perder el control.
En menos de una hora bloquearon estaciones y revisaron aeropuertos.
Pero Wanning nunca intentó abandonar la ciudad por ninguno de ellos.
Cambió dos veces de vehículo.
Después subió a un autobús interprovincial utilizando el nombre que había preparado.
Su Man.
Cuando Lu Yanzhou regresó a casa aquella noche, encontró su habitación vacía.
Sobre el suelo había pedazos de papel.
Los controles prenatales.
Habían sido destrozados durante la discusión de la noche anterior.
Wanning había recogido casi todos.
Había dejado uno.
En aquel fragmento todavía podía leerse:
Edad gestacional: 29 semanas.
Lu Yanzhou permaneció observándolo mucho tiempo.
Fang Zhinou llamó.
No respondió.
Por primera vez, los ocho mil millones de la fusión, las acciones de la familia Fang y todo aquello que había considerado imprescindible parecieron absurdamente pequeños.
Pero ya era tarde.
Wen Wanning había desaparecido.
Durante tres años no encontró nada.
Ni hospital.
Ni registro escolar.
Ni una fotografía.
Finalmente, Lu Yanzhou dejó de buscar activamente.
No porque hubiera olvidado.
Sino porque había empezado a sospechar algo peor.
Quizá ella realmente había conseguido construir una vida donde él ya no tenía ningún derecho a entrar.
Tres años después, un viaje de negocios lo llevó a una pequeña ciudad del sur.
Su coche se detuvo frente a una escuela infantil porque la carretera estaba bloqueada.
Lu Yanzhou miraba unos documentos cuando escuchó un golpe suave contra la puerta.
Un balón había rodado hasta el coche.
Un niño pequeño corrió detrás.
—¡Mi pelota!
Lu Yanzhou levantó la vista.
Y se quedó inmóvil.
El niño tendría unos tres años.
Cabello negro.
Piel clara.
Pero fueron los ojos.
Esos ojos.
Incluso la pequeña forma de fruncir el ceño cuando intentaba alcanzar el balón bajo el vehículo.
Lu Yanzhou abrió la puerta.
El niño retrocedió.
—¿Cómo te llamas?
—Su Chen.
El apellido le atravesó el pecho.
Su.
Entonces escuchó una voz.
—Chenchen.
Lu Yanzhou dejó de respirar.
Wen Wanning estaba al otro lado de la calle.
Tres años habían cambiado muchas cosas.
Llevaba el cabello más corto.
Ropa sencilla.
Ninguna joya.
Pero era ella.
Wanning vio a Lu Yanzhou.
No huyó.
Solo cruzó la calle y tomó la mano del niño.
—Mamá, este señor encontró mi pelota.
—Dale las gracias.
—Gracias, señor.
Lu Yanzhou miró al pequeño.
Después a ella.
—¿Es mío?
Wanning respondió con absoluta tranquilidad:
—No hagas preguntas cuya respuesta ya conoces.
Aquella noche hablaron en una cafetería.
El niño estaba con una amiga de Wanning.
Lu Yanzhou llevaba diez minutos sentado sin tocar el café.
—¿Por qué no me dijiste que nació?
Ella casi sonrió.
—¿De verdad quieres hacerme esa pregunta?
Él bajó los ojos.
—No.
Tres años atrás le había dado una elección:
renunciar al bebé o marcharse.
Ella simplemente había respetado sus condiciones.
—Busqué por todas partes.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Tus hombres llegaron hasta dos ciudades donde estuve.
—Entonces ¿por qué…?
—Porque no quería que me encontraras.
Aquello dolió.
Se notó.
—Wanning, cometí un error.
—No.
Ella negó.
—Un error es olvidar un aniversario. Confundir una fecha. Decir algo cruel durante una discusión.
Lo miró directamente.
—Tú tomaste una decisión.
Lu Yanzhou permaneció en silencio.
—¿Qué pasó con Fang Zhinou? —preguntó ella finalmente.
—La fusión se canceló.
Wanning levantó ligeramente las cejas.
—¿Por mí?
—No exactamente.
Después de su desaparición, Lu Yanzhou había descubierto que la familia Fang utilizaba la operación para ocultar pasivos importantes.
El matrimonio que debía salvar su imperio habría terminado arrastrándolo con ellos.
Fang Zhinou se marchó al extranjero poco después.
Wanning soltó una pequeña risa.
—Así que incluso como pieza de ajedrez salió defectuosa.
Él no respondió.
—Quiero conocer a mi hijo.
La sonrisa desapareció del rostro de Wanning.
—No.
—Soy su padre.
—Biológicamente.
Lu Yanzhou tensó la mandíbula.
—Puedo darle todo.
—Ya tiene todo.
—¿Qué puede tener aquí?
Wanning lo miró.
Él supo inmediatamente que había vuelto a equivocarse.
—Una madre que nunca quiso deshacerse de él.
Lu Yanzhou cerró los ojos.
Aquella frase destruyó la última defensa que le quedaba.
Pasaron varios segundos.
—¿Qué tengo que hacer?
Wanning lo observó sorprendida.
—¿Para qué?
—Para demostrarte que no quiero quitártelo.
Sacó lentamente una carpeta.
Había llegado preparado.
Dentro había documentos relacionados con el reconocimiento legal del niño, pero también una declaración redactada por sus abogados.
Wanning la leyó.
Él no estaba exigiendo custodia inmediata.
No estaba intentando obligarla a regresar.
Pedía la posibilidad de construir una relación con su hijo de manera gradual y respetando la estabilidad del pequeño.
—¿Por qué? —preguntó ella.
—Porque tres años atrás creía que tener poder significaba decidir por todos.
Lu Yanzhou miró hacia la ventana.
—Perderlos me enseñó que poder obligar a alguien a quedarse no significa tener derecho a hacerlo.
Wanning no lo perdonó aquella noche.
Tampoco volvió con él.
Pero meses después permitió el primer encuentro.
Fue en un parque.
Chenchen llevaba un avión de juguete.
Lu Yanzhou se agachó frente a él.
El hombre que hacía temblar salas enteras de ejecutivos parecía incapaz de pronunciar una frase.
Finalmente dijo:
—Hola.
Chenchen lo estudió seriamente.
—Mamá dice que eres mi papá.
Lu Yanzhou tragó saliva.
—Sí.
—¿Dónde estabas?
Wanning, sentada a varios metros, levantó la mirada.
Lu Yanzhou podría haber mentido.
Podría haber dicho trabajo.
Distancia.
Circunstancias.
No lo hizo.
—Cometí una decisión muy mala antes de que nacieras.
El pequeño pensó.
Después le ofreció su avión.
—Puedes jugar conmigo ahora.
Lu Yanzhou tomó aquel juguete como si pesara una tonelada.
Un año después, las cosas seguían sin convertirse en un cuento de hadas.
Wanning no regresó a la mansión Lu.
Conservó su trabajo.
Su casa.
Su apellido.
Su independencia.
Lu Yanzhou viajaba regularmente para ver a Chenchen.

Aprendió horarios escolares.
Aprendió qué alimentos no le gustaban.
Aprendió que ser padre no consistía en aparecer con dinero y decidir.
Una tarde, mientras él y Chenchen construían una pista de madera en el suelo, Wanning encontró una vieja carpeta en un cajón.
Dentro estaban las copias de sus controles prenatales.
Los originales que una vez había recogido del suelo, pedazo por pedazo.
Los sostuvo durante unos segundos.
Después los guardó otra vez.
Ya no le dolían.
Tres años atrás, Lu Yanzhou había pensado que estaba dándole a una mujer embarazada dos opciones:
renunciar a su hijo
o perderlo todo.
Wen Wanning eligió la tercera.
Se llevó a su bebé.
Reconstruyó su vida.
Y cuando él finalmente los encontró, comprendió que el castigo nunca había sido perder a Wanning.
Fue descubrir que ambos habían aprendido a vivir perfectamente sin él.
Y que, si quería formar parte de sus vidas, esta vez tendría que ganarse un lugar en ellas.