PARTE 2: TREINTA DÍAS PARA PERDERME

Los siguientes días fueron una obra de teatro.

Ethan seguía cuidándome como el esposo perfecto.

Me ayudaba a caminar.

Preguntaba a los médicos por cada medicamento.

Por las noches, cuando creía que dormía, cruzaba la cortina para acariciar el vientre de Diana.

Yo veía todo.

Y guardaba silencio.

Hasta que una tarde escuché a Diana decir:

—Cuando Vivian se recupere, tendrás que elegir.

Ethan tardó en responder.

—No puedo abandonarla después del accidente.

—¿Y nosotros?

—Tú y el bebé estarán protegidos.

Diana soltó una risa amarga.

—No quiero dinero. Quiero que te divorcies.

Entonces Ethan pronunció la frase que terminó de destruir cualquier duda que todavía pudiera quedarme.

—Vivian dejó a toda su familia por mí. Si la abandono ahora, no tendrá a nadie.

Cerré los ojos.

Así que era eso.

No permanecía conmigo porque me eligiera.

Permanecía porque me consideraba demasiado débil para marcharme.

Dos semanas después recibí el alta.

Ethan insistió en llevarme a casa.

Preparó mi comida, organizó mis medicinas y hasta pidió vacaciones para cuidarme.

Yo aprovechaba cada momento en que salía para preparar mi partida.

Pasaporte.

Documentos.

Divorcio.

Transferí mis ahorros personales.

Cancelé poderes que había firmado años atrás.

Y envié a Canadá las pocas pertenencias que realmente me importaban.

Ethan no sospechó nada.

Para él, mi silencio era tristeza.

Nunca imaginó que era despedida.

Faltaban tres días cuando Diana apareció en nuestra casa.

Ethan había salido.

Ella entró sosteniendo una ecografía.

—Ya no puedo esperar.

Dejó la fotografía delante de mí.

—Es niño.

No respondí.

—Ethan siempre quiso un hijo.

Sonreí.

—Entonces felicidades.

Su expresión cambió.

Había venido buscando lágrimas.

Encontró indiferencia.

—¿No vas a luchar por él?

—No.

—¿Después de tantos años?

La miré directamente.

—Diana, tú crees que ganaste porque él duerme contigo.

Me levanté despacio.

—Yo descubrí que perdí el día que tuve que compartirlo.

Su rostro se endureció.

—Él nunca te dejará.

—Lo sé.

Sonreí.

—Por eso lo dejaré yo.

La puerta se abrió.

Ethan estaba allí.

Había escuchado la última frase.

La bolsa que llevaba cayó al suelo.

—¿Qué acabas de decir?

Diana palideció.

Yo caminé hasta el escritorio y saqué un sobre.

Se lo entregué.

Ethan leyó la primera página.

DEMANDA DE DIVORCIO.

Levantó la cabeza violentamente.

—Vivian, podemos hablar.

—No queda nada que hablar.

—¿Desde cuándo sabes lo de Diana?

—Desde el hospital.

El rostro de Ethan perdió todo color.

—Entonces… ¿todo este tiempo…?

—Estaba esperando mi vuelo.

Se acercó.

—¡Entré en un automóvil en llamas por ti!

Por primera vez levanté la voz.

—¡Y después saliste de mi habitación para hablarle a tu hijo a través del vientre de otra mujer!

Ethan quedó inmóvil.

Diana bajó los ojos.

—¿Sabes qué fue lo peor? —continué—. Durante años pensé que no querías hijos porque me amabas demasiado para verme sufrir.

Mi voz se quebró apenas.

—Resultó que simplemente querías tenerlos con alguien más.

Ethan intentó tomarme la mano.

Retrocedí.

—Vivian, salvarte no fue mentira.

—Lo sé.

Eso pareció sorprenderlo.

—Sé que me amabas, Ethan.

Respiré profundamente.

—Pero amar a alguien no convierte automáticamente en aceptable todo lo demás que le haces.

Aquella noche se marchó.

No sé si fue con Diana.

Ya no pregunté.

Tres días después llegué al aeropuerto.

Mi padre me esperaba al otro lado del control migratorio en Canadá.

Cuando lo vi, corrí hacia él.

Me abrazó durante tanto tiempo que por primera vez comprendí cuánto había perdido intentando construir mi vida alrededor de Ethan.

Mi teléfono comenzó a vibrar.

Ethan.

Una vez.

Cinco.

Doce.

Después llegó un mensaje:

“Estoy en el aeropuerto. Por favor, dime que todavía no te has ido.”

Miré por los enormes ventanales.

El avión que me había traído acababa de detenerse.

Escribí una última respuesta:

“Llegaste un mes tarde.”

Bloqueé el número.

Meses después, el divorcio quedó finalizado.

Supe por conocidos que Diana había tenido al bebé.

También supe que Ethan nunca dejó de preguntar por mí.

Pero nunca regresé.

Porque durante mucho tiempo creí que aquella explosión había sido el momento en que Ethan me salvó la vida.

Me equivocaba.

Ethan me salvó del automóvil.

Pero fui yo quien, treinta días después, me salvé de nuestro matrimonio.

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