Miré a Song Yulan.
Por un instante pensé que había escuchado mal.
—¿Me he quedado atrás respecto a la sociedad?
Ella cruzó los brazos.
—¿No es verdad?
Señaló alrededor con desprecio.
—Jianing puede acompañar a Nianchu a cenas, conocer clientes, hablar de negocios. ¿Y tú? Solo sabes quedarte en casa cuidando a una niña.
Sentí algo frío extenderse por mi pecho.
Cuatro años.
Había renunciado a convertirme en socia de un prestigioso bufete para cuidar a nuestra hija y sostener aquella familia.
Cuando la empresa de Zhou Nianchu estuvo al borde del colapso, incluso hipotecé la casa que mi madre me había dejado para ayudarlo.
Y ahora su madre utilizaba precisamente ese sacrificio para decirme que yo ya no era suficiente para su hijo.
—Entiendo.
Guardé la factura del Club Lanwan en mi bolso.
Song Yulan pareció sorprendida.
—¿Eso es todo?
—¿Qué esperaba? ¿Que llorara?
—Xu Nian, eres una mujer inteligente. Mientras no armes un escándalo, seguirás siendo la señora Zhou.
Solté una pequeña carcajada.
—Qué generosos.
Tomé mi teléfono y fotografié la chaqueta, las camisas y las dos copas.
—¿Qué haces?
—Nada importante.
—¡Borra esas fotos!
Song Yulan intentó acercarse.
Guardé el teléfono.
—Mamá, tengo una última pregunta.
—¿Qué?
—¿Desde cuándo lo sabe?
Desvió la mirada.
—Eso no importa.
—Para mí sí.
Finalmente respondió:
—Desde hace aproximadamente un año.
Un año.
Sentí como si alguien hubiera cerrado lentamente una puerta dentro de mí.
Durante un año, aquella mujer había entrado en mi casa.
Había comido conmigo.
Había abrazado a mi hija.
Había aceptado los regalos que yo le compraba.
Y todo aquel tiempo sabía que su hijo estaba con mi mejor amiga.
—Gracias.
Song Yulan frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque acaba de ahorrarme cualquier duda que todavía pudiera tener.
Salí del apartamento.
No llamé a Zhou Nianchu.
Tampoco llamé a Shen Jianing.
Llamé a mi antiguo jefe.
El socio principal del bufete donde había trabajado antes de casarme.
—¿Xu Nian?
Su sorpresa era evidente.
—Hace años que no llamas.
—Lo sé.
Respiré profundamente.
—Quiero volver.
Hubo silencio.
—¿A trabajar?
—Sí.
—¿Y Zhou Nianchu?
Miré la alianza en mi dedo.
Me la quité.
—Pronto dejará de ser relevante.
Dos días después, Zhou Nianchu regresó.
Shen Jianing también.
Tal como habían prometido.
La misma fecha.
La misma ciudad.
La misma mentira.
Aquella noche reservé un restaurante privado.
Shen Jianing llegó primero.
Llevaba el bolso auténtico.
El mío.
El que Zhou Nianchu había encargado y enviado al Club Lanwan.
—Nian Nian.
Me abrazó como siempre.
Yo también la abracé.
—Feliz cumpleaños atrasado.
—Sabía que no te olvidarías.
Cinco minutos después llegó Zhou Nianchu.
En cuanto vio a Jianing, sus pasos se detuvieron.
Solo durante medio segundo.
Pero yo lo vi.
—Qué coincidencia —dijo.
Shen Jianing rio.
—Sí. Nian Nian insistió en invitarnos.
Me senté.
—Somos las tres personas más cercanas. ¿Qué tiene de extraño?
Zhou Nianchu me miró.
Por primera vez apareció inquietud en sus ojos.
La cena comenzó.
Hablamos del clima.
Del viaje.
De negocios.
De nuestra hija.
Todo era tan normal que resultaba casi absurdo.
Hasta que llegó el postre.
Entonces puse mi bolso falso sobre la mesa.
Shen Jianing dejó caer la cuchara.
Zhou Nianchu palideció.
—Cariño —dije—, quería preguntarte algo.
—¿Qué?
Señalé el bolso.
—¿Cuánto te costó?
—¿Por qué preguntas eso?
—Curiosidad.
—No recuerdo exactamente.
Miré a Shen Jianing.
—¿Y el tuyo?
Ella agarró instintivamente su bolso.
—Fue un regalo.
—Lo sé.
Sonreí.
—¿De quién?
Silencio.
Zhou Nianchu dejó la copa.
—Xu Nian.
—¿Sí?
—¿Qué estás intentando hacer?
Saqué mi teléfono.
Abrí el historial de compra del bolso auténtico.
Lo puse sobre la mesa.
Después saqué la factura del Club Lanwan.
Luego mostré una captura de la videollamada.
La habitación junto al río.
El cojín gris.
La lámpara dorada.
Finalmente, la fotografía de su chaqueta sobre la cama de Shen Jianing.
Nadie habló.
Shen Jianing estaba completamente pálida.
Zhou Nianchu apretó la mandíbula.
—Entraste en su casa.
—Sí.
—Eso es una invasión de privacidad.
Casi me reí.
—Mi esposo lleva una doble vida con mi mejor amiga y tu preocupación es mi educación al entrar por una puerta cuya contraseña conocía.
Shen Jianing comenzó a llorar.
—Nian Nian, escúchame.
—No me llames así.
Se quedó inmóvil.
—Xu Nian…
—Mejor.
La miré.
—¿Desde cuándo?
Ella miró a Zhou Nianchu.
—No lo mires.
Mi voz fue tranquila.
—Te estoy preguntando a ti.
Finalmente susurró:
—Casi dos años.
Dos años.
Sentí el golpe.
Pero no dejé que lo vieran.
—¿Y tú?
Miré a mi esposo.
—¿Qué quieres que diga?
—La verdad, por una vez.
Zhou Nianchu guardó silencio.
Eso bastaba.
Me puse de pie.
—Perfecto.
Él también se levantó.
—Xu Nian, podemos hablar en casa.
—No.
—Tenemos una hija.
Aquellas palabras me hicieron detenerme.
Me giré.
—Precisamente por ella no pienso enseñarle que una mujer debe aceptar cualquier humillación con tal de conservar un matrimonio.
Su expresión cambió.
—¿Quieres divorciarte?
—Sí.
Shen Jianing levantó la cabeza bruscamente.
Y vi algo en sus ojos.
No miedo.
Esperanza.
Sonreí.
—No te emociones todavía.
Ella palideció.
—¿Qué quieres decir?
—Que yo salga del matrimonio no significa que tú hayas ganado.
Tomé mi bolso.
—Significa que ahora tendrás al hombre por el que decidiste perder a tu mejor amiga.
Me acerqué a ella.
—Espero que algún día puedas confiar en él tanto como yo confiaba en ti.
Su rostro se quedó completamente blanco.
Me marché.
A la mañana siguiente entré en mi antiguo bufete.
Mi antiguo despacho ya pertenecía a otra persona.
Mi nombre había desaparecido de la puerta.
Pero no sentí tristeza.
El socio principal dejó un expediente frente a mí.
—No puedo devolverte cuatro años.
—No quiero que lo haga.
—Tampoco puedo devolverte directamente el puesto que dejaste.
Asentí.
—Lo recuperaré.
Él sonrió.
—Esa sí es la Xu Nian que recuerdo.
Los siguientes meses fueron los más difíciles de mi vida.
Divorcio.
Custodia.
Finanzas.
Trabajo.
Y una niña pequeña que algunas noches preguntaba:
—Mamá, ¿por qué papá ya no duerme aquí?
Nunca hablé mal de su padre delante de ella.
Solo la abrazaba.
—Porque mamá y papá vivirán en casas diferentes.
Mientras tanto, mis abogados revisaron todo.
La casa hipotecada.
Mis aportaciones a la empresa.
Los bienes adquiridos durante el matrimonio.
Las promesas verbales no servían como documentos.
Pero las transferencias, contratos y registros sí contaban una historia.
Y yo había sido abogada.
Sabía perfectamente que una traición podía negarse.
Un movimiento bancario era mucho más difícil de borrar.
Zhou Nianchu intentó negociar.
—Xu Nian, no conviertas esto en una guerra.
Lo miré al otro lado de la mesa.
—No estoy haciendo una guerra.
—Entonces ¿por qué revisas cada centavo?
—Porque hace cuatro años cometí un error.
—¿Cuál?
—Dije que, como éramos familia, no necesitábamos hacer cuentas.
Abrí la carpeta.
—Ya no somos familia.
Meses después, el divorcio quedó resuelto.
No obtuve mágicamente todo.
Él tampoco.
Cada cuestión tuvo que discutirse y resolverse conforme correspondía.
Pero recuperé algo que para mí valía mucho más.
Mi profesión.
Mi independencia.
Y la certeza de que nunca volvería a entregar mi vida entera a alguien esperando que la gratitud sustituyera a la lealtad.
Sobre Shen Jianing supe poco.
Solo que la fantasía no duró demasiado.
Cuando dejó de ser la aventura escondida y comenzó a exigirle a Zhou Nianchu una vida real, aparecieron las discusiones.
Resultó que un hombre capaz de mentir durante dos años a su esposa también podía mentirle a su amante.
Qué sorpresa.
Un año después recibí una llamada.
Era Shen Jianing.
No contesté.
Después llegó un mensaje:
“Sé que no tengo derecho a pedirte perdón. Solo quería decirte que ahora entiendo.”
Lo leí.
No respondí.
La bloqueé.
Aquella tarde recogí a An’an de la guardería.
Corrió hacia mí con una hoja de papel.
—¡Mamá!
—¿Qué dibujaste?
Me enseñó tres figuras.
Ella.
Yo.
Y un edificio enorme.
—Esta eres tú trabajando.
Sonreí.
—¿Y por qué soy tan alta?
—Porque eres la jefa.
Me eché a reír.
La levanté en brazos.
—Todavía no, pequeña.
—Pues lo serás.
La abracé.
Quizá algún día.
Quizá no.
Pero ya no necesitaba convertirme en nada para demostrar mi valor.
Esa noche, mientras An’an dormía, encontré una fotografía antigua.
Zhou Nianchu.
Shen Jianing.
Y yo.
Los tres sonriendo.

Durante mucho tiempo había pensado que el peor descubrimiento de aquel aniversario había sido saber que mi esposo amaba a otra mujer.
No.
Lo peor había sido descubrir quién era esa mujer.
Mi mejor amiga.
La persona que conocía mis inseguridades.
Mis sacrificios.
Mis problemas matrimoniales.
La mujer que había entrado en mi casa cientos de veces y había jugado con mi hija mientras escondía aquella relación.
Miré la fotografía una última vez.
Después la guardé en una caja.
No necesitaba destruirla.
Ya no podía hacerme daño.
Sobre la mesa estaba aquel bolso falso.
Nunca lo tiré.
Lo conservé.
No porque me recordara a Zhou Nianchu.
Ni a Shen Jianing.
Sino porque representaba perfectamente aquellos últimos años.
Hermoso por fuera.
Convincente a primera vista.
Pero falso en cuanto alguien sabía dónde mirar.
Y quizá esa había sido la lección más dolorosa de todas:
El bolso auténtico terminó en manos de otra mujer.
Pero la falsificación que realmente había aceptado durante cuatro años…
había sido mi matrimonio.