PARTE 2: TODO TENÍA UN PRECIO

Alejandro apretó el teléfono.

—¿Qué documentos?

—Facturas falsas, transferencias y contratos inflados —respondió el abogado—. Mauricio encontró más de treinta millones de pesos desviados durante los últimos dos años.

Alejandro se quedó helado.

—Eso es imposible.

—Algunas operaciones llevan tu autorización.

—Yo no autoricé treinta millones.

Entonces recordó las carpetas que firmaba sin leer cuando Renata aparecía en su oficina.

Y algo peor.

Varias veces ella había insistido:

—Firma rápido. Mauricio ya revisó todo.

Alejandro colgó y llamó a Mauricio.

—¿Qué hiciste?

Su antiguo amigo respondió con frialdad.

—Lo que tú debiste hacer hace mucho: revisar tus propias cuentas.

—¿Dónde está Valeria?

—Con Emiliano.

—Necesito verla.

—No. Necesitas entender lo que provocaste.

Mauricio hizo una pausa.

—Valeria encontró los primeros movimientos mientras estaba en el hospital. Los cuatro millones de Renata la llevaron a otras transferencias.

—¿Qué otras transferencias?

—Pregúntale a tu amante.

La llamada terminó.


Alejandro condujo directamente al departamento de Renata.

Ella abrió usando una bata de seda.

—Amor, pensé que descansarías…

Alejandro arrojó varios estados de cuenta sobre la mesa.

—¿Qué es esto?

Renata palideció.

—No sé.

—Treinta millones.

—Alejandro…

—¡Treinta millones, Renata!

Ella retrocedió.

—Yo solo recibí lo que tú me dabas.

—Entonces explícame estas empresas.

Señaló tres nombres.

Renata guardó silencio.

Eso bastó.

Alejandro tomó su teléfono.

—Voy a llamar a mi abogado.

Ella se abalanzó sobre él.

—¡Espera!

Alejandro la apartó.

—¿Qué hiciste?

Renata comenzó a llorar.

—Mauricio dijo que nadie lo descubriría.

El mundo pareció detenerse.

—¿Mauricio?

Renata comprendió demasiado tarde lo que había confesado.

—Él manejaba las empresas —susurró—. Yo solo presté algunas cuentas.

Alejandro sintió náuseas.

Su amante y su mejor amigo.

Mientras él destruía su matrimonio creyéndose intocable, ellos utilizaban su firma para vaciar su propia compañía.


Esa tarde consiguió localizar el hospital donde Emiliano había sido atendido.

Pero Valeria ya no estaba allí.

Una enfermera únicamente le entregó un sobre que ella había autorizado dejar en caso de que apareciera.

Dentro había una copia del informe médico y una fotografía.

Emiliano dormía en brazos de Valeria.

Detrás había una frase:

“Nuestro hijo está fuera de peligro. Eso es todo lo que tienes derecho a saber por ahora.”

Alejandro cerró los ojos.

El alivio duró apenas unos segundos.

Su teléfono sonó.

Era el presidente del consejo.

—Reunión extraordinaria. Mañana, ocho de la mañana.

—Puedo explicar las transferencias.

—Será mejor que puedas.

—Mauricio está involucrado.

Hubo un extraño silencio.

—Mauricio desapareció esta tarde.

Alejandro abrió los ojos.

—¿Qué?

—Y antes de marcharse transfirió sus participaciones.

—¿A quién?

—Todavía estamos verificándolo.

Alejandro miró nuevamente la fotografía de Emiliano.

Había perdido a su esposa.

Casi había perdido a su hijo.

Su amante lo había utilizado.

Su mejor amigo lo había traicionado.

Pero cuando volvió a casa esa noche encontró algo todavía peor.

Sobre su escritorio había una copia de un contrato firmado seis meses antes.

Su firma aparecía al final.

Debajo estaba la de Mauricio.

Y como beneficiaria de una de las empresas utilizadas para mover el dinero aparecía una mujer:

Renata Salcedo.

Alejandro pasó a la última página.

Allí encontró una cláusula que jamás recordaba haber leído.

Si la auditoría demostraba fraude cometido bajo su autorización, podía perder el control de toda la compañía.

Entonces comprendió por qué Valeria había reunido tantas pruebas.

No solo estaba preparando un divorcio.

Estaba intentando descubrir quién había construido una trampa alrededor de su marido mientras él estaba demasiado ocupado traicionándola para darse cuenta.

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