—¿Qué? —repetí.
Adrián se pasó una mano por el rostro.
—Mi primo quería terminar con su novia. Me pidió consejo. Yo le dije que no encajaban y que el tema de los hijos debía hablarlo más adelante.
Lo miré en silencio.
—¿Tu primo?
—Sí.
—¿Y yo escapé ocho meses por una conversación que ni siquiera era sobre mí?
—Eso parece.
Me tapé la cara con ambas manos.
—Quiero desaparecer otra vez.
Adrián soltó una risa sin humor.
—No.
—Era una figura retórica.
—Contigo nunca se sabe.
Lo fulminé con la mirada.
Entonces su expresión se volvió seria.
—Maya, yo te busqué.
Bajé las manos.
—¿Qué?
—Durante meses.
Sacó su teléfono.
Fotos de estaciones.
Hoteles.
Registros de llamadas.
Mensajes sin respuesta.
—Pensé que te habían hecho daño.
Mi pecho se apretó.
—Cambié de número.
—Tres veces.
Parpadeé.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque intenté encontrarte las tres.
Se inclinó hacia mí.
—No estaba enojado porque estuvieras embarazada.
Su voz bajó.
—Estaba aterrorizado porque desapareciste.
Miré a nuestra hija dormida.
Todo aquel tiempo yo había creído que huía de un hombre que no me quería.
Y él había creído que me había perdido sin explicación.
—Entonces… ¿no querías terminar conmigo?
Adrián me miró como si acabara de preguntarle si el cielo era verde.
—Compré un anillo dos días antes de que desaparecieras.
Mi corazón se detuvo.
—¿Un qué?
Sacó una pequeña caja del bolsillo.
La puso sobre la mesa.
—Llevo ocho meses cargándolo.
No la abrió.
Solo me miró.
—Pero no voy a pedírtelo ahora.
—¿Por qué?
—Porque primero tienes que decidir si todavía quieres estar conmigo.
Eso me sorprendió más que el anillo.
Adrián se levantó y se inclinó sobre la cuna.
Nuestra hija abrió una mano diminuta.
Él dejó que sus dedos rodearan uno de los suyos.
—Y esta vez —dijo— no vas a huir antes de escuchar la conversación completa.
Me hundí en la almohada.
—No prometo nada.
Adrián sonrió.
—Entonces guardaré tu identificación.
Abrí los ojos.
—¡Adrián!
La bebé empezó a llorar.

Él la tomó con una facilidad que me dejó sin palabras.
—Perfecto —murmuró—. Una ya intenta escapar y la otra grita.
Lo miré sosteniendo a nuestra hija.
Y por primera vez entendí que quizá aquellos ocho meses no habían sido el final de nuestra historia.
Solo habían sido el malentendido más largo de nuestras vidas.