PARTE 2: LA MONTAÑA NO QUERÍA UNA NOVIA

Martha perdió la sensibilidad en los dedos mucho antes de ver la cabaña.

Era una construcción baja, encajada entre pinos negros y roca, con humo escapando de una chimenea torcida.

Magnus aceleró.

—Entramos antes de que oscurezca.

No llegaron.

Un ruido seco atravesó el bosque.

No fue un trueno.

Magnus se volvió de inmediato.

—¡Abajo!

Algo silbó junto a Martha.

La mula se encabritó.

Martha cayó contra las piedras y sintió un dolor ardiente abrirse bajo sus costillas.

Cuando levantó la mano, estaba cubierta de sangre.

Magnus disparó hacia los árboles.

Después corrió hacia ella.

—¿Puedes caminar?

—¿Eso importa?

—Mucho.

La levantó prácticamente del suelo y la arrastró hasta la cabaña.

Solo cuando cerró la pesada puerta de madera, Martha comprendió que no había sido un accidente.

—Alguien nos disparó.

Magnus rasgó la tela ensangrentada de su vestido.

—A mí.

Examinó la herida.

—Pero te encontraron a ti.

La bala había atravesado superficialmente su costado.

No moriría.

Siempre que Magnus pudiera detener la hemorragia.

Lo vio calentar un cuchillo.

Después tomó un trapo impregnado de una sustancia negra y pegajosa.

Brea.

Martha retrocedió hasta chocar contra la pared.

—Espera…

Magnus se acercó.

—Necesito cerrar la herida.

—¿Estás poniendo eso dentro de mí?

—No dentro.

Sus ojos pálidos permanecieron firmes.

—Sobre la herida.

—Eso no mejora mucho las cosas.

—Te mantendrá viva hasta mañana.

Martha apretó los dientes.

—Hazlo.

El dolor llegó como fuego.

Gritó una sola vez.

Después mordió una tira de cuero mientras Magnus trabajaba con una precisión que no correspondía a un simple montañés.

Cuando terminó, Martha estaba empapada en sudor.

—¿Dónde aprendiste eso?

Magnus limpió el cuchillo.

—Ejército.

Aquello explicaba sus manos.

No explicaba quién quería matarlo.

Horas después, mientras Magnus vigilaba las ventanas, Martha abrió su baúl buscando una camisa limpia.

Encontró algo que ella no había guardado.

Un sobre.

Su nombre estaba escrito encima.

MARTHA BELL.

Dentro había una fotografía de su padre.

Muerto hacía nueve años.

Estaba junto a Magnus.

Ambos vestían uniforme.

Martha levantó lentamente la vista.

—¿Conocías a mi padre?

Magnus se quedó inmóvil.

Ese silencio fue respuesta suficiente.

—¿Por eso respondiste mi anuncio?

—Yo nunca puse ningún anuncio.

Martha sintió frío pese al fuego.

—Entonces ¿quién escribió las cartas?

Magnus sacó de su abrigo las dos que había recibido.

La letra no coincidía con la mía.

Alguien había organizado aquel matrimonio.

Alguien quería que Martha llegara exactamente a esa montaña.

Entonces Magnus tomó la fotografía.

En el reverso había un mapa dibujado.

Marcaba un punto debajo de la cabaña.

—Maldita sea.

—¿Qué?

Magnus apartó una alfombra y levantó una tabla del suelo.

Debajo apareció una caja militar oxidada.

Dentro había documentos de concesiones mineras, nombres de compañías ferroviarias y una escritura.

Martha reconoció inmediatamente la firma de su padre.

La propiedad completa —la cabaña, el valle y miles de acres de montaña— no pertenecía a Magnus.

Pertenecía a Martha.

—¿Por qué nunca supe esto?

Magnus abrió el último documento.

Su expresión cambió.

—Porque tu padre encontró plata aquí.

Martha casi se rio.

—¿Plata?

—Muchísima.

Entonces Magnus le mostró otra hoja.

Había una lista de seis hombres.

Cinco estaban tachados.

Su padre era uno.

Magnus era el último nombre sin tachar.

Debajo alguien había añadido uno nuevo recientemente.

MARTHA BELL.

Un golpe sonó contra la puerta.

Ambos se congelaron.

Luego una voz masculina gritó desde afuera:

—¡Magnus! Sabemos que la muchacha llegó.

Magnus apagó la lámpara.

Martha agarró el rifle.

Él la miró sorprendido.

—¿Sabes usar eso?

—Mi padre no crió una dama.

La comisura de su boca casi sonrió.

Entonces llegó una segunda voz.

Una que Martha reconoció.

Se le aflojaron las manos.

Era Hyram.

El agente de la diligencia.

—Martha —gritó desde la oscuridad—, Magnus te está mintiendo.

Ella apuntó hacia la puerta.

—¿Sobre qué?

La respuesta llegó acompañada por el sonido de varios rifles cargándose.

—Sobre por qué tu padre murió.

Martha miró a Magnus.

Él no lo negó.

Hyram gritó nuevamente:

—Pregúntale quién estaba con tu padre la noche que cayó por aquel barranco.

Magnus bajó lentamente su arma.

Sus ojos encontraron los de Martha.

—Yo estaba allí.

—¿Lo mataste?

El silencio duró demasiado.

Finalmente Magnus respondió:

—No.

Se acercó al fuego y abrió la mano.

En su palma estaba la mitad de una medalla militar.

—Intenté salvarlo.

Martha reconoció inmediatamente la otra mitad.

La llevaba colgada del cuello desde que tenía trece años.

Entonces Magnus pronunció las palabras que cambiaron por completo la razón de su llegada a Colorado.

—Tu padre no murió aquella noche, Martha.

Afuera, Hyram empezó a reír.

Magnus volvió a cargar el rifle.

—Y los hombres que rodean esta cabaña trabajan para él.

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