PARTE 2: TODO ESTABA A MI NOMBRE

Sebastián dejó de mirar a los guardias.

Sus ojos quedaron clavados en el informe.

—Eso es falso.

El tío Robert cerró tranquilamente el maletín.

—Entonces será sencillo demostrarlo.

Camila retrocedió.

—Yo no tengo nada que ver con su empresa.

Pasé otra página.

—Camila Fuentes. Consultora externa. Diecisiete transferencias en catorce meses.

Su rostro perdió el color.

Sebastián reaccionó inmediatamente.

—Ella no sabía nada.

Lo miré.

Qué curioso.

Ocho años conmigo y acababa de traerla a mi dormitorio.

Pero bastaron diez segundos de peligro para que intentara protegerla.

—Perfecto —respondí—. Entonces podrá explicarlo durante la investigación.

Los guardias comenzaron a acompañarlos hacia el ascensor.

Sebastián se volvió.

—Elena, podemos hablar.

—Llevamos ocho años hablando.

—No tires todo por una infidelidad.

Casi sonreí.

—La infidelidad terminó nuestro matrimonio.

Levanté el informe.

—Esto puede terminar algo mucho más grande.

Las puertas del ascensor se cerraron frente a él.


Aquella noche dormí sola en el dormitorio principal.

Primero cambié las sábanas.

Después retiré cualquier cosa que Camila hubiera tocado.

Finalmente levanté nuestra fotografía de boda.

La observé unos segundos.

No la rompí.

La guardé en una caja.

No quería destruir mi pasado.

Solo dejar de vivir dentro de él.

A la mañana siguiente comenzó el verdadero desastre para Sebastián.

La auditoría descubrió empresas fantasma, facturas infladas y contratos adjudicados a compañías vinculadas con Camila.

Parte del dinero que había financiado sus viajes, joyas y apartamento secreto procedía de fondos empresariales.

Pero Sebastián había olvidado un detalle.

Cuando fundamos la compañía, yo había aportado el capital inicial.

Y todavía conservaba suficientes derechos y documentación para exigir una investigación completa.

La junta suspendió temporalmente sus funciones.

Varias cuentas quedaron bajo revisión.

Los socios exigieron explicaciones.

Entonces Sebastián comenzó a llamarme.

Primero con amenazas.

Después con negociación.

Finalmente con súplicas.

No contesté ninguna.


Tres días después apareció frente al edificio.

Esta vez llegó solo.

—Elena, necesito cinco minutos.

—Tienes dos.

Parecía haber envejecido años.

—Retira la auditoría.

—No.

—Podemos divorciarnos. Puedes quedarte con el apartamento.

Lo miré sorprendida.

—¿Quedarme con mi propio apartamento?

Sebastián cerró los ojos.

—Sabes lo que quiero decir.

—Sí.

—También puedo transferirte acciones.

—Tampoco necesito que me regales lo que ayudé a construir.

Su voz bajó.

—Camila me engañó.

Aquello sí consiguió hacerme reír.

—¿Ahora?

—Ella manejaba algunas cuentas. Me dijo que eran movimientos fiscales.

—Tu firma aparece en los documentos.

Sebastián guardó silencio.

—Además —continué—, cuando entré aquella tarde, no vi a un hombre engañado.

—Vi a un hombre que había decidido convertir a su esposa en criada de su amante.

Su rostro se endureció.

—Estaba confundido.

—No.

Negué lentamente.

—Estabas cómodo.

Y cerré la puerta.


Camila tampoco tardó en cambiar de estrategia.

Su abogado aseguró que Sebastián había controlado todas las operaciones y que ella simplemente había seguido instrucciones.

El gran amor que justificaba destruir ocho años de matrimonio duró exactamente hasta que apareció la posibilidad de perder dinero y libertad.

Empezaron a culparse mutuamente.

Cada documento que entregaba uno perjudicaba al otro.

Yo no tuve que vengarme.

Solo tuve que dejar de protegerlos.

Meses después, el divorcio quedó formalizado mientras la investigación financiera seguía su curso.

Sebastián perdió su posición ejecutiva.

Camila desapareció de mi vida.

Y la empresa que alguna vez ayudé a levantar fue reorganizada bajo una nueva administración.

Una tarde regresé al apartamento.

El sol entraba por las ventanas del dormitorio que Camila había intentado reclamar como suyo.

El tío Robert dejó sobre la mesa los últimos documentos del divorcio.

—¿Te arrepientes?

Miré alrededor.

—De haberlo amado, no.

Tomé los papeles.

—De haber tardado tanto en recordar cuánto valía, quizá.

Aquella tarde Sebastián creyó que estaba expulsando a su esposa del dormitorio principal.

Diez minutos después, era él quien estaba fuera de mi casa.

Y poco después comprendió algo todavía peor:

el apartamento nunca había sido suyo.

La empresa tampoco había sido únicamente suya.

Y la mujer a la que quiso convertir en sirvienta era precisamente la persona que llevaba años evitando que todo su mundo se derrumbara.

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