Adrian no se movió.
—¿Qué ocurrió la semana pasada?
—Te dije que no importa.
Intenté pasar junto a él.
Me sujetó suavemente del brazo.
—Claire, mírame.
Lo hice.
—¿Estabas embarazada?
Sentí que el aire desaparecía de la habitación.
Adrian palideció al ver mi expresión.
—Dios mío…
Lo soltó inmediatamente.
—¿Era mío?
Aquella pregunta me dolió más de lo esperado.
—Después de cinco años, ¿de verdad necesitas preguntarlo?
—No. Claire, no quise decir…
—Sí. Era tuyo.
Su respiración se quebró.
—¿Era?
Asentí.
—Lo perdí la semana pasada.
Adrian retrocedió como si lo hubiera golpeado.
—¿Por qué no me llamaste?
Solté una risa amarga.
—Lo hice.
Saqué mi teléfono.
Siete llamadas.
Tres mensajes.
Todos sin respuesta.
—Estabas en Londres con Sophie.
Adrian miró la pantalla.
—Nunca vi esto.
—Ya no importa.
—¡Claro que importa!
—No cuando tuve que salir sola de una clínica mientras todo el mundo en la empresa comentaba lo romántico que era que hubieras llevado a tu asistente a Londres.
Se pasó ambas manos por el cabello.
—Ese viaje no fue lo que piensas.
—Ya no me interesa lo que fue.
Entonces alguien llamó a la puerta.
Era Sophie.
—Adrian, necesito hablar contigo.
Él abrió.
Sophie vio mi rostro y se quedó inmóvil.
Luego sus ojos bajaron hasta mi teléfono.
—¿Ya se lo dijiste?
La miré.
—¿Tú lo sabías?
Silencio.
Adrian giró hacia ella.
—¿Sabías qué?
Sophie palideció.
Y entonces comprendí.
—Mis mensajes.
Me acerqué.
—Tú los viste.
—Claire…
—¿Qué hiciste?
Adrian sacó su teléfono.
Sophie comenzó a llorar.
—Pensé que solo intentaba llamar tu atención.
—¿Qué hiciste? —repitió Adrian.
—Bloqueé temporalmente su número.
El rostro de Adrian se volvió irreconocible.
Sophie retrocedió.
—Estabas negociando el acuerdo más importante de tu carrera. Yo quería protegerte.
—¿Protegerme de la mujer con la que vivo?
Sophie guardó silencio.
Entonces Adrian señaló su collar.
—Quítatelo.
Ella se quedó helada.
—¿Qué?
—Ese collar no era para ti.
Ahora fui yo quien frunció el ceño.
Adrian me miró.
—Lo compré en Londres para ti.
Sophie empezó a negar con la cabeza.
—Adrian…
—Lo dejé en la caja fuerte del hotel.
Su voz se endureció.
—¿Cómo terminaste llevándolo?
Sophie comenzó a llorar.
Pero ya nadie necesitaba su respuesta.
A la mañana siguiente, Adrian informó al consejo de administración.
Sophie fue suspendida mientras investigaban el acceso no autorizado a sus comunicaciones y otros incidentes anteriores.
Pero nada de aquello cambió mi decisión.
Dos semanas después me mudé.
También presenté mi renuncia.
Adrian apareció frente a mi nuevo apartamento aquella noche.
—Puedo arreglar lo de Sophie.
—Nunca se trató solamente de Sophie.
Bajó la mirada.
—Lo sé.
—Me escondiste durante cinco años, Adrian.
—Quería proteger nuestra privacidad.
—No.
Negué lentamente.
—Querías una relación cuando te resultaba cómoda.
Sus ojos se humedecieron.
—Dame otra oportunidad.
Por primera vez, no sentí rabia.
Solo cansancio.
—Perder al bebé me hizo comprender algo.
Él cerró los ojos.
—No digas eso.
—Yo estaba construyendo una familia contigo mientras tú todavía estabas decidiendo cuándo reconocer que existía.
Dejé las llaves de nuestro antiguo apartamento en su mano.
—Se acabó.
Seis meses después acepté un puesto en otra empresa.
El día de mi presentación, alguien dejó flores sobre mi escritorio.
Pensé que eran de Adrian.
No lo eran.
Solo había una tarjeta del equipo dándome la bienvenida.
Sonreí.
Aquella noche recibí un último mensaje suyo.
“No te pediré que vuelvas. Solo quería decirte que finalmente entendí lo que perdí.”
Lo leí.
Y lo borré.
Porque Adrian había pasado cinco años creyendo que mantener nuestro amor en secreto era una forma de protegerlo.
Solo comprendió la verdad cuando ya era demasiado tarde.
El amor que siempre se esconde termina enseñándole a la otra persona a vivir como si estuviera sola.
Y yo ya había aprendido demasiado bien a hacerlo.