PARTE 2: Territorio Quinn

Victoria dejó el teléfono sobre la mesa.

Ni siquiera respondió al mensaje.

Henry la observó en silencio.

—¿Qué hacemos?

Ella giró lentamente la silla hacia el enorme ventanal.

Desde el piso veintinueve, Londres parecía diminuta.

—Nada.

Henry parpadeó.

—¿Nada?

—Si Adrian cree que puede intimidarme usando el sistema legal, significa que todavía piensa que soy la mujer que abandonó hace doce horas.

Se levantó.

—Y eso me da ventaja.

En ese mismo instante, a pocos kilómetros de allí, Adrian bajaba de un Mercedes negro frente al edificio de Quinn Global.

Llevaba más de diez años negociando contratos internacionales.

Había entrado en bancos, fondos de inversión y multinacionales.

Nunca lo habían detenido en una recepción.

La recepcionista sonrió profesionalmente.

—Buenos días.

—Busco a Victoria Quinn.

La mujer escribió algo en el ordenador.

Levantó la vista.

—¿Tiene cita con la señorita Quinn?

Adrian frunció el ceño.

—Soy su esposo.

La recepcionista no cambió la expresión.

—Lo siento. Sin autorización no puedo permitir el acceso.

Adrian dejó una tarjeta sobre el mostrador.

—Adrian Shaw. Socio del despacho Shaw & Collins.

Ella la observó apenas un segundo.

—Entiendo.

Marcó un número interno.

—Señorita Quinn, el señor Adrian Shaw solicita verla.

Adrian cruzó los brazos.

Cinco segundos después, la respuesta llegó por el auricular.

La recepcionista colgó.

—La señorita Quinn dice que no lo conoce.

El abogado quedó inmóvil.

—¿Cómo?

—También pidió que, si insiste, lo acompañemos amablemente a la salida.

Dos agentes de seguridad aparecieron casi al mismo tiempo.

Adrian sintió cómo varias personas en el vestíbulo comenzaban a observar la escena.

Jamás lo habían rechazado así.

—Dígale que esto tiene consecuencias legales.

La recepcionista sonrió con cortesía.

—Dice que su equipo jurídico ya está preparado.

Mientras tanto, en el piso veintinueve, Victoria seguía revisando documentos.

Ni siquiera había mirado las cámaras de seguridad.

Sabía exactamente cómo reaccionaría Adrian.

Margaret Wells entró en la oficina con una carpeta azul.

Era una de las abogadas de divorcio más temidas de Europa.

—He revisado toda la documentación.

Victoria levantó la vista.

—¿Conclusión?

—Si demostramos la agresión física y el ambiente hostil, las posibilidades de obtener la custodia principal de Lily son muy altas.

Victoria asintió.

—Él ya inició el ataque.

—Lo sé.

Margaret abrió otra carpeta.

—Pero hay algo mucho más interesante.

Deslizó un contrato sobre la mesa.

—Durante los últimos tres años, el despacho de Adrian representó legalmente a Langford Group en ocho operaciones internacionales.

Victoria leyó las fechas.

Coincidían exactamente con los años en que su carrera había sido destruida.

—¿Casualidad?

Margaret negó lentamente.

—No lo creo.

Henry entró apresuradamente.

—Victoria… tenemos una novedad.

Ella levantó la cabeza.

—¿Qué ocurrió ahora?

—Acaba de filtrarse una reunión privada entre Adrian Shaw y el presidente de Langford Group… celebrada cuarenta y ocho horas antes de que empezara la campaña para destruir tu reputación hace tres años.

Victoria dejó de pasar las páginas.

Por primera vez desde que regresó, sintió un verdadero escalofrío.

Porque aquello significaba que la bofetada del restaurante nunca había sido el origen de su tragedia.

Solo había sido la última consecuencia.

La traición había comenzado tres años antes.

Y alguien llevaba todo ese tiempo esperando que ella jamás descubriera la verdad.

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