PARTE 2: TE ESTABAN BUSCANDO

—Mariana… alguien lleva meses buscándote.

Ella se quedó inmóvil.

—¿Qué?

Daniel miró alrededor antes de acercarse.

—No puedo explicarlo aquí.

—Entonces explícalo cuando bajemos.

Él asintió, pero seguía pálido.

Cuando el avión aterrizó, no salieron por la fila normal.

Daniel hizo una llamada.

Cinco minutos después, un empleado del aeropuerto los condujo por un pasillo lateral.

Mariana apretó a Camila contra su pecho.

—¿Quién eres realmente?

Daniel tardó un momento.

—Daniel Arriaga.

—Eso ya lo sé.

—Mi familia controla varias empresas en México.

Mariana soltó una risa seca.

—¿Varias?

—Bastantes.

Ahora entendía el reloj.

El traje.

Las mujeres intentando fotografiarlo.

—¿Y qué tiene eso que ver conmigo?

Daniel le mostró la pantalla de su teléfono.

Había una fotografía.

Mariana saliendo de una clínica en Oaxaca.

Otra en un supermercado.

Otra cargando a Camila frente a su antiguo departamento.

Las fechas cubrían casi seis meses.

Mariana sintió que se le helaban las manos.

—¿Quién tomó estas fotos?

—No lo sé todavía.

—¿Y por qué las tienes tú?

Daniel respiró hondo.

—Porque alguien intentó comprárselas a uno de mis equipos de seguridad.

Ella retrocedió.

—No entiendo.

—El hombre que te busca ofreció dinero por cualquier información sobre ti y sobre tu hija.

Mariana miró inmediatamente a Camila.

—¿Ricardo?

Daniel negó.

—No.

—Entonces ¿quién?

Antes de responder, una camioneta negra se detuvo frente a la salida privada.

Daniel abrió la puerta.

—Primero tenemos que salir de aquí.

—No voy a subir contigo sin respuestas.

Él la miró directamente.

—El nombre del hombre que aparece pagando por esas fotografías es Esteban Salvatierra.

Mariana dejó de respirar.

Conocía ese apellido.

Su madre lo había mencionado una sola vez.

Muchos años atrás.

Y después le prohibió volver a preguntar.

—Eso es imposible.

—¿Lo conoces?

Mariana negó lentamente.

—No a él.

Miró a Camila.

—Pero mi madre trabajó para la familia Salvatierra antes de que yo naciera.

Daniel quedó inmóvil.

—Entonces esto es peor de lo que pensaba.


Dentro de la camioneta, Daniel abrió una carpeta digital.

—Esteban Salvatierra tiene setenta y dos años. No tiene hijos reconocidos.

—¿Y?

Daniel le mostró otro documento.

—Hace ocho meses comenzó a buscar a una mujer llamada Mariana Torres.

Ella se quedó helada.

Ese era su apellido de soltera.

—¿Por qué?

—Porque encontró una carta.

—¿Qué carta?

Daniel dudó.

—Una escrita por tu madre.

Mariana sintió que algo le golpeaba el pecho.

—Mi madre murió hace seis años.

—La carta apareció después.

En ella mencionaba una hija.

Una niña que debía mantenerse lejos de los Salvatierra.

Mariana apretó los labios.

—¿Qué tenía que ver conmigo?

Daniel la miró.

—Eso todavía no lo sé.

Pero entonces Camila comenzó a moverse.

Un pequeño dije cayó de debajo de su manta.

Daniel lo vio.

Su expresión cambió por completo.

—¿De dónde salió eso?

Mariana tomó el dije.

Era una pequeña medalla antigua.

—Era de mi madre.

Daniel se la pidió.

En la parte trasera había un símbolo grabado.

Una “S” atravesada por una rama de olivo.

Daniel palideció.

—Mariana…

—¿Qué?

—Ese es el sello de la familia Salvatierra.

Ella dejó de respirar.


La camioneta se detuvo en un edificio privado de Polanco.

Daniel la llevó directamente a una oficina.

Sobre la mesa había una fotografía vieja.

Una mujer joven.

Su madre.

Y al lado de ella, Esteban Salvatierra.

Mucho más joven.

Mariana tomó la foto con manos temblorosas.

—No puede ser.

Daniel señaló la fecha.

Treinta y un años atrás.

Exactamente el año en que Mariana nació.

Ella levantó lentamente la mirada.

—¿Estás diciendo que…?

Daniel negó.

—Todavía no quiero concluir nada.

Pero entonces alguien tocó la puerta.

Entró un hombre de cabello gris.

Llevaba un sobre.

—Señor Arriaga, conseguimos el expediente.

Daniel lo abrió.

Leyó la primera página.

Después la segunda.

Y finalmente miró a Mariana.

—Creo que ya sabemos por qué te buscaban.

—Dímelo.

Él colocó el documento frente a ella.

Era una copia de un testamento antiguo.

En una cláusula aparecía su nombre completo.

Mariana Torres Salvatierra.

Debajo había una línea todavía peor.

Única heredera biológica reconocida.

Mariana sintió que el suelo desaparecía.

Durante meses había pensado que Ricardo la había dejado sin nada.

Ahora descubría que alguien llevaba toda su vida ocultándole que pertenecía a una de las familias más poderosas del país.

Pero Daniel aún no había terminado.

—Hay otra cosa.

—¿Qué?

Su rostro se endureció.

—El abogado que intentó borrar tu nombre de este testamento…

Hizo una pausa.

—Trabaja actualmente para tu exmarido.

Mariana levantó la cabeza.

Y entonces comprendió que Ricardo quizá nunca la había abandonado simplemente por otra mujer.

Tal vez había descubierto quién era ella mucho antes.

Y la había dejado justo cuando creyó que ya no podría reclamar nada.

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