La puerta se abrió.
Victoria entró sonriendo.
La sonrisa desapareció al ver a Dominic en el suelo.
—¡¿Qué le hiciste a mi hijo?!
Solté a Dominic y retrocedí inmediatamente.
—Me defendí.
Dominic se levantó, furioso.
—¡Está loca! ¡Me atacó!
Señalé el sofá.
—Entonces revisemos tu teléfono.
Su rostro cambió.
La cámara seguía grabando.
Había registrado sus reglas sobre controlar mi salario.
Sus amenazas.
Y el momento en que él había intentado usar la fusta primero.
Victoria miró a su hijo.
—Dominic… ¿qué estabas haciendo?
Él intentó agarrar el teléfono.
Yo no se lo impedí.
Ya había enviado una copia de la grabación a mi abogada.
Dominic me miró fijamente.
—¿Planeaste esto?
—Planeé protegerme.
Los papeles de anulación seguían en el suelo.
—Mi abogada me advirtió sobre varias cosas que descubrimos antes de la boda. Pensaba darte una última oportunidad para demostrar que estábamos equivocados.
Miré el cuaderno.
—Gracias por responder tan rápido.
Victoria abrió algunas páginas.
Su expresión fue cambiando.
Había reglas sobre mi dinero.
Mis amistades.
Mi trabajo.
Incluso sobre cuándo podía visitar a mi familia.
—¿Tú escribiste esto? —preguntó.
Dominic no respondió.
Yo recogí mis tacones.
—No necesito que firme esta noche. El procedimiento seguirá legalmente.
Me dirigí hacia la puerta.
Dominic dio un paso detrás de mí.
Victoria se interpuso.
Por primera vez aquella noche, fue ella quien le dijo:
—No la toques.
Me marché todavía con el vestido de novia.
Semanas después, aquel matrimonio terminó casi antes de haber comenzado.
Nunca volví a ver a Dominic.
Pero conservé una fotografía del cuaderno.

No porque tuviera miedo.
Sino para recordar algo.
Dominic entró aquella noche creyendo que iba a enseñarme cómo debía vivir una esposa; terminó descubriendo que la primera regla de mi nueva vida sería no volver a vivir bajo las reglas de nadie.