Rowan se quedó petrificado.
Mi padre acomodó cuidadosamente a Leo entre sus brazos.
—Gideon Sterling es mi padre —dije.
Rowan me miró como si acabara de hablar otro idioma.
—¿Tu padre?
—El “vendedor jubilado” del que tu madre se burlaba.
Su rostro perdió todavía más color.
Entonces miró al bebé.
—Phoebe, podemos hablar de esto después. Dame a mi hijo.
Me interpuse.
—No.
—¡Soy su padre!
—Y tu hijo nació hace tres días. ¿Quieres saber qué estabas haciendo exactamente a las 4:17 cuando nació?
Le mostré su mensaje sobre el reloj de Selina.
Rowan bajó la mirada.
—Cometí un error.
—No. Elegiste.
Mi padre permaneció callado.
No necesitaba amenazarlo con dinero ni conexiones.
Yo tampoco.
Durante aquellas tres noches había revisado nuestras finanzas.
Y encontré algo que terminó de convencerme.
Rowan llevaba meses utilizando dinero de nuestra cuenta conjunta para pagar gastos de Selina que nunca me había mencionado.
El reloj de cumpleaños había sido solamente el último.
—Ya guardé los registros —dije—. Mi abogada los revisará dentro del proceso correspondiente.
Rowan abrió mucho los ojos.
—¿Abogada?
Coloqué una carpeta sobre la mesa.
—Quiero separarme.
Por primera vez, su arrogancia desapareció.
—Phoebe, acabamos de tener un hijo.
—Exactamente.
Miré a Leo.
—Y el día que nació aprendí qué clase de familia quiero que vea crecer.
Rowan intentó disculparse.
Prometió cambiar.
Incluso culpó a Selina.
No acepté ninguna excusa.
Mi padre finalmente se levantó y colocó cuidadosamente a Leo en mis brazos.
Después miró a Rowan.
—No necesitas temerme a mí.
Rowan tragó saliva.
Papá señaló la carpeta.
—Deberías preocuparte por haber pasado años subestimando a tu propia esposa.
Sonreí por primera vez en días.

Porque Rowan creyó que descubrir que yo era hija de Gideon Sterling sería su peor sorpresa.
No lo fue.
Su verdadero problema era que la mujer a la que ordenó “manejar sola” el nacimiento de su hijo finalmente había decidido que también podía manejar sola una vida sin él.