PARTE 2: Sin Oxígeno

El café seguía caliente cuando sonó mi teléfono.

No era Clara.

Era Adrian.

Lo dejé sonar.

Volvió a llamar.

Y otra vez.

A la quinta llamada envió un mensaje.

“¿Qué hiciste?”

Sonreí.

No respondí.

Cinco minutos después llegó otro.

“Mi padre quiere hablar contigo.”

Lo borré sin abrir la conversación.

Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, el vuelo privado que debía llevar a Adrian y Bella a Aspen acababa de cancelar el despegue.

No por el clima.

Porque la empresa de aviación exigía el pago inmediato del servicio.

La línea de crédito corporativa había sido suspendida hacía veinte minutos.

Richard Stone golpeó la mesa del salón VIP.

—¡Esto es un error!

El gerente respiró con incomodidad.

—Lo siento, señor Stone. Su banco revocó la garantía.

Bella miró a Adrian.

—¿Qué significa eso?

Él intentó sonreír.

—Nada importante.

Sacó otra tarjeta.

Fue rechazada.

Probó una tercera.

También.

La sonrisa desapareció lentamente de su rostro.

En ese instante sonó su teléfono.

Era el director financiero.

Contestó molesto.

—¿Qué pasa ahora?

Del otro lado solo se escuchaban voces alteradas.

—¿Cómo que los bancos congelaron las líneas?

Silencio.

—¿Qué quieres decir con que Lantana retiró toda la inversión?

Miré el reloj.

Habían pasado exactamente doce minutos desde mi llamada a mamá.

Doce.

El director financiero seguía hablando.

—No es solo Lantana.

Tres fondos más activaron cláusulas de salida automática.

Los proveedores dejaron de entregar materiales.

Y la calificadora acaba de rebajar nuestra deuda.

Richard arrebató el teléfono.

—¡Ponme con el presidente del banco!

Esperó unos segundos.

Su expresión cambió.

—¿Qué tiene que ver mi nuera con esto?

Escuchó la respuesta.

Después bajó lentamente el teléfono.

Parecía veinte años más viejo.

Adrian dio un paso hacia él.

—Papá…

Richard levantó la vista.

—¿Quién demonios era Elena?

Nadie respondió.

Bella intentó intervenir.

—Solo es su exesposa…

Richard la fulminó con la mirada.

—¡Cállate!

Nunca antes le había hablado así.

El silencio fue absoluto.

En ese momento recibí una videollamada de Clara.

Contesté.

Detrás de ella podía verse la sala principal de Grant Capital.

Mi madre estaba sentada al fondo de una mesa de más de veinte metros.

A su alrededor había abogados, analistas y directores financieros.

No levantó la vista.

Solo preguntó:

—¿Cómo está él?

Miré por la ventana de la cafetería.

—Confundido.

Ella asintió.

—Bien.

Firmó un documento.

Clara me mostró la pantalla.

Cancelación definitiva del paquete de rescate financiero.

Valor.

Sesenta millones de dólares.

Mi madre dejó la pluma sobre la mesa.

—Ahora pueden ejecutar la segunda fase.

La llamada terminó.

No pregunté cuál era la segunda fase.

Conocía demasiado bien a mi madre.

Nunca daba un solo golpe.

Siempre dos.

Mi teléfono volvió a vibrar.

Esta vez era un número desconocido.

Contesté.

—¿Elena?

Era Richard Stone.

Su voz ya no tenía la arrogancia de siempre.

—Necesito hablar contigo.

—Ya no soy parte de su familia.

Respiró profundamente.

—Por favor.

Miré la espuma del café.

—¿Sobre qué?

Hubo un largo silencio.

Finalmente respondió:

—Sobre tu madre.

No dije nada.

Él continuó.

—¿Ella… es realmente Victoria Grant?

Cerré los ojos.

Durante tres años jamás se molestaron en preguntar mi apellido completo.

Nunca les importó.

Para ellos yo solo era “la esposa de Adrian”.

“La chica sin contactos.”

“La mujer común.”

Abrí los ojos lentamente.

—Sí.

Al otro lado solo se escuchó una respiración temblorosa.

—Entonces… nosotros…

No terminó la frase.

No hacía falta.

Porque por primera vez comprendía que la mujer a la que habían humillado durante años…

No había entrado en la familia Stone buscando un apellido.

Había sido la familia Stone la que había vivido tres años… gracias al apellido Grant.

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